35 Daylight
Noah
La habitación de Emma parecía más pequeña de lo que imaginaba.
No por el tamaño, sino por la sensación. Como si el tiempo se hubiera quedado concentrado allí dentro, ocupando espacio. Las paredes estaban cubiertas de fotos antiguas, algunas torcidas, otras enmarcadas con cuidado. Había una estantería con libros juveniles, trofeos pequeños, una caja de música en forma de bailarina.
Emma estaba de pie en medio de la habitación, con las manos en los bolsillos del jersey, mirando alrededor con una media sonrisa rara. No triste. Tampoco nostálgica del todo. Algo intermedio.
—No me juzgues —dijo sin mirarme.
—Jamás.
Cogí uno de los marcos de la cómoda. Una foto suya con unos ocho años, el pelo más claro, dos coletas torcidas y una sonrisa enorme, desdentada. —Eras muy mona de pequeña.
—Era un desastre.
—Eras adorable.
—Tenía aparato y gafas enormes.
—Sigo sin ver el problema.
Me miró de reojo.
—Te estás riendo.
—Estoy siendo objetivo.
Se acercó y me quitó la foto de las manos, aunque la volvió a dejar exactamente en el mismo sitio.
—Ahí fue cuando me caí al lago por primera vez —dijo señalando otra imagen, esta vez más pequeña.
En la foto aparecía ella, empapada hasta las rodillas, envuelta en una manta, con expresión de enfado monumental.
—¿Te caíste al lago?
—Intenté patinar cuando todavía no sabía. Mi padre me dijo que no saliera tan lejos. Salí igual. Sonreí.
—Tiene sentido.
—¿Qué?
—Que no hicieras caso.
—No soy tan así.
La miré.
—Eres exactamente así.
Resopló, pero no lo negó.
Abrió uno de los cajones de la cómoda y empezó a rebuscar.
—Creo que todavía están aquí…
Sacó un par de patines de hielo blancos, un poco desgastados pero bien cuidados.
—¿En serio? —pregunté.
—¿Qué?
—¿Vas a obligarme a hacer algo peligroso?
—No es peligroso. —Has dicho que te caíste al lago.
—Tenía ocho años.
Se agachó y dejó los patines en el suelo.
—Vamos.
—¿Vamos dónde?
—Al lago.
La miré.
—¿Ahora?
—Sí.
—Hace un frío que pela.
—Te dije que la chaqueta no era suficiente.
Sonreí.
—No sé patinar.
—Yo te enseño.
Eso, dicho así, sonó mucho más sencillo de lo que probablemente sería.
El lago parecía todavía más grande desde abajo. La superficie estaba completamente blanca, dura, con algunas líneas finas marcando grietas antiguas.
El aire cortaba la cara. Emma llevaba un gorro de lana que apenas contenía su pelo. Yo llevaba los patines de su padre, ligeramente grandes pero ajustados lo suficiente como para no salir volando.
—Vale —dijo ella, ya de pie sobre el hielo con una seguridad insultante—. Lo primero: no te pongas rígido.
—Estoy sobre una superficie congelada. La rigidez es razonable.
—Confía en mí.
—Esa frase nunca termina bien.
Me agarró de las manos antes de que pudiera protestar más.
Sus dedos estaban fríos, pero firmes.
—Dobla un poco las rodillas.
—¿Así?
—Más. —Voy a caerme.
—No.
—Sí.
Di el primer paso y sentí cómo el equilibrio desaparecía de inmediato.
—Emma.
—Estoy aquí.
Me sujetó con más fuerza, riéndose.
—No te rías.
—Es que pareces un ciervo recién nacido.
—Qué amable.
Intenté deslizar un pie hacia delante. El hielo respondió con una traición inmediata y me balanceé peligrosamente.
Ella se acercó más, casi pegada a mí ahora, sosteniéndome por los antebrazos.
—Mírame —dijo.
—Estoy intentando no morir. —No vas a morir.
—No lo sabes.
Se rió otra vez, y el sonido quedó suspendido en el aire helado.
Y fue ahí.
La estaba mirando otra vez.
Pero no porque estuviera a punto de caerme.
La estaba mirando porque el viento le había teñido las mejillas de rojo, porque sus ojos brillaban bajo la luz blanca del lago, porque estaba sonriendo sin reservas, porque parecía completamente en su elemento.
Era jodidamente preciosa, joder.
Y no era algo nuevo. No era una revelación dramática. Era más bien una constatación. Algo que llevaba semanas creciendo en silencio y que ahora, en medio del hielo y el frío, ya no tenía mucho sentido negar.
—¿Qué? —preguntó, notando que no apartaba la vista.
—Nada. —Me estás mirando raro.
—Estoy concentrado.
—No estás concentrado.
—Puede que no.
Ella entrecerró los ojos, divertida.
—Noah…
Y no pensé demasiado.
Solté una de sus manos, la que necesitaba menos para no caerme, y la acerqué un poco más hacia mí. Lo justo.
—Si me caigo es culpa tuya —murmuré.
—Eso no tiene ningún…
No terminé de escucharla.
La besé.
No fue un beso perfecto. No fue cinematográfico. Fue torpe al principio porque estaba intentando no perder el equilibrio, porque el frío hacía que todo fuera más lento, porque mi cerebro iba un segundo por detrás de lo que estaba haciendo.
Pero cuando sus labios respondieron, cuando dejó de hablar y simplemente se quedó ahí, devolviéndome el beso con la misma calma con la que había decidido enseñarme a patinar, todo lo demás dejó de importar.
El mundo se redujo a ese punto exacto.
Al hielo crujendo levemente bajo nuestros pies.
Al frío que ya no notaba.
A su mano agarrándose a mi chaqueta.
Cuando nos separamos, fue solo lo suficiente para mirarnos.
Nadie dijo nada.
Su respiración salía en pequeñas nubes blancas entre nosotros.
—Has elegido un momento complicado —murmuró.
—Nunca he sido bueno con el timing.
Sonrió apenas.
Y entonces, por supuesto, perdí el equilibrio. —Emma.
Intenté corregir el peso hacia atrás, pero seguíamos agarrados y la arrastré conmigo.
Caímos los dos sobre el hielo con un golpe sordo, más escandaloso que doloroso.
Hubo un segundo de silencio.
Luego empezó a reír.
Esa risa suya abierta, sin filtro. Era maravillosa, era increible cuando se reia, no lo hacia muy a menudo, pero cuando lo hacia sentia coso si se me cayese el puto mundo encima.
Yo también empecé a reírme.
Nos quedamos tumbados boca arriba, mirando el cielo completamente despejado, respirando rápido, sintiendo el frío traspasar la ropa poco a poco.
—Eres un desastre —dijo.
—Te dije que no sabía patinar.
Giré la cabeza hacia ella. El gorro se le había movido, el pelo desordenado alrededor de su cara. Tenía los ojos cerrados todavía por la risa.
Y ahí, tumbado en el hielo congelado del lago de su infancia, entendí algo muy sencillo.
Que quizá todavía no estaba enamorado.
Pero estaba peligrosamente cerca.
Y que si seguir aprendiendo a patinar significaba caerme así con ella, no me importaba demasiado repetirlo.