34 Happier
Emma
El frío allí era distinto.
No era el frío húmedo de la ciudad ni ese viento incómodo que se cuela entre edificios. Era un frío limpio, seco, que hacía que el aire pareciera más transparente. Desde la ventanilla del coche, el paisaje iba cambiando poco a poco: menos tráfico, más árboles desnudos, campos cubiertos con una capa fina de escarcha que brillaba bajo el sol de invierno.
—Hace mucho más frío de lo que dijiste —murmuró Noah, frotándose las manos frente a la calefacción.
—Te dije que trajeras abrigo _ le recordé.
—He traído abrigo.
—Eso es una chaqueta.
—Es una buena chaqueta.
—No es suficiente. Me miró de reojo.
—Me estás juzgando mucho para alguien que me ha traído a conocer a sus padres en pleno invierno.
—No dramatices. Es solo un fin de semana.
—Ah, perdona. Solo un fin de semana.
Intenté no sonreír demasiado. Lo intente.
No estábamos lejos de donde rodábamos, apenas una hora y poco en coche, pero parecía otro mundo. La casa de mis padres estaba a las afueras de un pueblo pequeño, junto a un lago que en verano se llenaba de kayaks y niños corriendo por la orilla. En invierno, en cambio, se quedaba en silencio. Quieto. Blanco.
Cuando giré por el camino de grava que llevaba a la casa, Noah silbó bajo.
—Vale. Esto es precioso.
La casa era de madera clara, con un porche amplio y chimenea encendida casi siempre. Detrás, entre los árboles, se alcanzaba a ver el lago.
—En verano es mejor —dije, aunque sabía que no era verdad del todo.
En invierno tenía algo especial.
Aparqué. Antes de que pudiera decir nada, la puerta principal se abrió.
Mi madre salió primero, con un abrigo largo y esa sonrisa suya que parece empezar en los ojos. Detrás, mi padre, Cameron, más tranquilo, manos en los bolsillos, observando la escena con aire divertido.
—¡Emma! —mi madre bajó los escalones casi corriendo.
Nos abrazamos fuerte, como si no hubiéramos hablado por videollamada hacía dos días.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. —Luego miró a Noah—. Y tú debes de ser Noah.
Él cerró la puerta del coche y se acercó con una sonrisa educada, pero natural.
—Encantado, Annie. _ extendiendo una mano.
—Nada de encantado, aquí nos abrazamos. Lo abrazó sin darle opción a reaccionar. Noah me miró por encima de su hombro con una expresión que decía no estaba preparado para esto.
Mi padre se acercó después, más pausado.
—Así que tú eres el famoso compañero de trabajo—dijo, estrechándole la mano.
—El mismo.
—Bienvenido. Espero que tengas hambre.
—Siempre.__ dijo demasiado encantador, normalmente no era así.
—Eso me gusta.
Todo era fácil. Demasiado fácil.
Entramos en casa. El calor de la chimenea me golpeó en la cara, junto con ese olor a comida casera que automáticamente me hizo sentir de dieciséis años otra vez.
Noah se quitó la chaqueta mirando alrededor.
—Esto parece una postal.
—Es más bonito cuando nieva —dijo mi madre desde la cocina.
—No la animes —le advertí.
Mi padre se acercó a la ventana del salón.
—El lago está completamente congelado —comentó—. Esta mañana había un par de críos intentando tirarse piedras para romper el hielo.
Noah se acercó a mirar.
Desde allí se veía perfectamente la superficie blanca, lisa, extendiéndose como una lámina infinita entre los árboles.
—¿Se puede caminar por encima? —preguntó.
—Si, claro —respondió mi padre—. Pero no sin saber dónde pisas.
Noté cómo Noah asentía, observándolo con atención.
Mi madre apareció con una bandeja.
—Dejad el lago en paz y venid a saludar como personas normales.
La comida empezó entre risas fáciles. Mi madre preguntando por el rodaje. Mi padre escuchando más de lo que hablaba. Noah contando anécdotas del set con naturalidad, sin exagerar, sin intentar impresionar, bueno quizás intentaba impresionar un poco.
Yo lo observaba sin querer hacerlo demasiado evidente.
Se movía cómodo. Relajado. Como si no sintiera el peso de estar sentado en la mesa donde yo había hecho los deberes durante años.
En un momento dado, mi padre se levantó.
—Noah, ven a ayudarme a poner lo que falta.
Le lanzó una mirada breve, de esas que parecen casuales pero no lo son.
Noah me miró a mí.
—¿Es una prueba?
—Buena suerte —murmuré.
Desaparecieron en la cocina.
Intenté escuchar sin parecer obvia.
Mi madre me dio un pequeño codazo.
—Tranquila. —No estoy nerviosa.
—Ya.
En la cocina, el sonido de los platos moviéndose. Un cajón abriéndose.
Luego, la voz de mi padre, más baja.
—Y tú, chico… ¿qué intenciones tienes con mi hija?
Casi me atraganto con el agua.
Silencio.
Demasiado silencio.
Me levanté con la excusa más absurda.
—Voy a… ayudar.
Entré justo a tiempo de ver a Noah con dos platos en la mano y cara de absoluto bloqueo mental.
—Yo… —estaba diciendo—. Bueno…
Mi padre lo miraba con una media sonrisa que no era amenazante, pero tampoco inocente.
—Es broma —añadió Cameron—. Bueno. Más o menos.
Noah soltó una risa nerviosa.
—Intenciones… buenas, supongo.
—¿Buenas cómo?
—Buenas de… respetuosas.
Entré entre los dos.
—Vale, ya está. ¿Qué hacéis?
—Conversando —dijo mi padre.
—Si, algo así —añadio Noah.
—Ven —le agarré del brazo—. Mamá necesita ayuda con el postre.
—No necesito ayuda —gritó mi madre desde el salón.
—La necesitas.__ le grité de vuelta
Lo saqué de la cocina antes de que la conversación siguiera por caminos innecesarios. Cuando volvimos a la mesa, Noah se inclinó hacia mí.
—Tu padre da miedo.
—No da miedo.
—Me ha hecho una pregunta con un cuchillo en la mano.
—Te ha preguntado qué intenciones tienes.
—¡Eso no es una pregunta ligera!
Sonreí.
—¿Y qué has dicho?
—Que soy respetuoso.
—Bueno, al menos no has dicho que no tienes ninguna.
—Emma.
—¿Qué?
—Avísame la próxima vez.
—¿De qué? —De que hay entrevista sorpresa.
—No era sorpresa. Es mi padre.
Mi madre nos miraba con una sonrisa demasiado satisfecha.
La tarde se alargó entre café, historias antiguas y un paseo corto hasta el porche para ver el lago más de cerca. El aire era tan frío que dolía respirar.
Nos quedamos un momento los dos solos, apoyados en la barandilla.
El lago parecía una extensión infinita de hielo blanco, con pequeñas grietas dibujando líneas irregulares en la superficie.
—Es bonito —dijo Noah en voz baja.
El viento me despeinó el pelo y él, casi sin pensarlo, apartó un mechón de mi cara.
No hizo ningún comentario después.
No hizo falta.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
—¿De venir? Asentí.
Me miró con esa media sonrisa suya, tranquila.
—No.
Y no lo dijo como una broma.
Desde dentro, mi madre nos llamó para entrar antes de que nos congeláramos.
Mientras volvíamos hacia la puerta, pensé que aquello ya no parecía solo una estrategia. Ni una broma pública. Ni algo que estuviéramos “gestionando”.
No sabía exactamente qué era.
Pero sí sabía que mi padre no había hecho esa pregunta por nada.
Y que Noah, aunque se hubiera quedado en blanco un segundo, no había salido corriendo.