32 Liability
Emma
Las cosas siempre parecen más simples vistas desde fuera.
Desde dentro, en cambio, todo tiene matices, pliegues, zonas grises que no se pueden explicar en una frase. El problema es que la gente de fuera nunca acepta los matices. Prefiere una versión limpia, clara, definible.
Dos días después de la premier, internet seguía hablando. Clips ralentizados. Análisis absurdos de microexpresiones. Hilos interminables sobre el “medio segundo” después del beso. Como si ese instante hubiera sido un manifiesto político y no un gesto calculado.
O medio calculado.
Estaba en mi apartamento, sentada en el suelo del salón, con la espalda apoyada en el sofá y el portátil abierto frente a mí. Intentaba leer un guion nuevo que me habían enviado, pero mi mente volvía constantemente a esa noche. A la luz blanca. A su voz baja preguntando dónde. A su boca rozando mi piel.
El teléfono empezó a vibrar sobre la mesa.
Mamá.
Inspiré hondo antes de contestar.
—Hola, Annie —dije, usando su nombre como siempre que quería sacarla de sus casillas.
—No me llames Annie cuando sabes perfectamente que soy tu madre —respondió ella al otro lado, con esa voz cálida y ligeramente divertida que reconocería entre mil.
Sonreí sin querer.
—¿Qué tal estás?
—Yo bien. Tú dime, ¿qué tal estás tú, estrella de alfombra roja?
Cerré los ojos un segundo.
—Sabía que ibas por ahí.
—Claro que iba por ahí —contestó, sin ningún intento de disimulo—. Cariño, saliste en todos los programas de la mañana. Incluso tu tía me mandó un mensaje preguntando “¿quién es ese chico tan alto?”.
Solté una risa breve.
—Internet está aburrido, mamá. Necesitaban tema nuevo.
—Ajá.
Ese “ajá” fue largo. Significativo.
—¿Qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente qué.
—Ese tal Noah —dijo ella con una calma sospechosa—. ¿Quién es exactamente?
Me levanté del suelo y empecé a caminar por el salón, como si moverme me ayudara a ordenar las palabras.
—Mi compañero de trabajo. Ya lo sabes.
—Sí, eso lo sé. Pero también sé leer miradas.
Me detuve frente a la ventana.
—Mamá… —Emma, cariño —su voz se suavizó apenas—. En una estrategia no hay esas miradas.
Me quedé en silencio.
Miré el reflejo de mi propia expresión en el cristal. La ciudad se extendía abajo, indiferente.
—Es marketing —respondí finalmente—. Es parte de la promoción. La serie está funcionando y el estudio quiere aprovechar la química.
—Claro.
—De verdad.
—Claro.
Ese segundo “claro” fue peor que el primero.
—¿Por qué no me crees?
—Porque te conozco desde que naciste y fingías que no habías sido tú la que había roto el jarrón.
Suspiré.
—No es lo mismo.
—No. Ahora eres mejor actriz. Cerré los ojos.
—Mamá, no hay nada raro. Trabajamos juntos, nos llevamos bien, eso es todo. El beso fue parte del juego. La gente lo pidió, nosotros seguimos la broma. Fin.
Annie guardó silencio unos segundos. No un silencio incómodo. Un silencio de análisis.
—Emma —dijo al fin—, cuando una mujer besa a un hombre en público como parte de una estrategia, suele haber una distancia. Una rigidez. Una pequeña duda en el gesto. Lo vuestro no tenía nada de eso.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—Fue en la mejilla.
—No estoy hablando del lugar. Estoy hablando de cómo lo miraste después.
Me apoyé en el marco de la ventana.
—Estás exagerando.
—¿Estoy exagerando o tú estás minimizando? Siempre había tenido esa habilidad. No levantar la voz. No dramatizar. Solo colocar la pregunta exacta en el punto preciso.
—Solo somos amigos —dije, más firme esta vez—. Amigos y compañeros de trabajo. Nada más.
—Ya.
—Mamá.
—¿Qué?
—No empieces.
—No estoy empezando nada, Emma. Solo estoy preguntando. ¿Te gusta?
La pregunta fue directa. Sin rodeos.
Miré el techo, como si la respuesta pudiera estar escrita allí.
—No es tan sencillo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque no tiene una respuesta sencilla.
Ella soltó una pequeña risa suave. —Eso suele significar que sí.
—Significa que estamos trabajando juntos. Que hay presión. Que todo está amplificado. Que no puedes simplemente dejarte llevar cuando tienes cámaras en la cara y contratos de por medio.
—Eso sí suena a argumento razonable —admitió Annie—. Pero no me has dicho que no.
Me dejé caer en el sofá.
—Mamá…
—Emma.
Su tono se volvió más tierno.
—No tienes que protegerme de nada. Solo quiero saber si estás bien. Si estás haciendo algo porque quieres o porque sientes que debes.
Tragué saliva.
—No estoy obligada a nada.
—¿Seguro?
Pensé en la conversación con Noah antes de la premier. En el plan. En la palabra estrategia. En el “donde tú quieras”.
—Sí —respondí, aunque la palabra salió más baja de lo previsto.
Annie no insistió de inmediato. Cambió ligeramente el tono.
—Bueno —dijo, con una ligereza que no era casual—. Si es tan buen compañero de trabajo, ¿por qué no te lo traes un día a comer a casa?
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Pues eso. Que venga un día. Lo conocemos. Así cuando tu tía vuelva a preguntarme, puedo decir algo más que “es alto”.
No pude evitar reír.
—Mamá, no es necesario.
—¿Por qué no?
—Porque… porque no. Porque es raro.
—¿Raro por qué?
—Porque no es nada.
—Entonces no debería ser raro invitarlo. Me pasé una mano por el pelo.
—Es mi compañero de trabajo.
—Y tu amigo, ¿no?
—Sí.
—Entonces quiero conocer a ese amiguito tuyo.
El tono juguetón volvió, pero debajo había algo más serio.
—Mamá…
—Emma —replicó ella con suavidad—, no te estoy pidiendo que me anuncies boda. Solo que si alguien te importa lo suficiente como para que el mundo entero especule, quizá merece sentarse a nuestra mesa alguna vez.
El pecho me dio un pequeño vuelco.
—No le importo de esa manera.
La frase salió más rápido de lo que pensé.
—¿Y tú? —preguntó ella.
El silencio se alargó. Podía escuchar su respiración al otro lado de la línea. Paciente. Sin presión.
Miré mis manos.
Pensé en la noche de la tormenta. En la forma en que no dudó en decirme que no iba a dejarme conducir bajo aquella lluvia. En cómo siempre me daba espacio para elegir. En la forma en que, después del beso, sus ojos se quedaron en los míos medio segundo más.
—No lo sé —admití finalmente.
Annie suspiró, pero no con decepción. Con comprensión.
—Eso ya es algo.
—Mamá, de verdad, no hagas una historia de esto.
—No la estoy haciendo. Solo quiero que no te escondas detrás de la palabra estrategia si lo que hay es algo más.
Me quedé callada.
—Y, por cierto —añadió con suavidad—, me cayó bien.
—¿Cómo te va a caer bien si no lo conoces? —Porque en la forma en que te miraba había respeto. Y eso no se finge tan fácilmente.
Sentí calor en la cara.
—De verdad que eres imposible.
—Soy tu madre. Es mi trabajo.
Sonreí, derrotada.
—No prometo nada —dije al final.
—No te estoy pidiendo promesas. Solo que si algún día quieres traerlo, aquí hay sitio.
Miré alrededor de mi apartamento, tan silencioso de repente.
—Lo pensaré.
—Eso es suficiente por ahora.
Colgué unos minutos después, pero me quedé con el teléfono en la mano.
Solo somos amigos.
Solo compañeros de trabajo.
Solo estrategia. Las palabras seguían sonando ordenadas, razonables.
Y, aun así, mientras dejaba el móvil sobre la mesa y me quedaba mirando el reflejo de la ciudad en la ventana, no podía evitar pensar que quizá lo que más miedo me daba no era que el mundo creyera que estábamos juntos.
Era que mi madre hubiera visto algo que yo todavía no me atrevía a nombrar