Amor de pelicula 26
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The luckiest

Emma

Las despedidas de los sitios nunca son tan dramáticas como creemos.

No hay música de fondo.

No hay cámara lenta.

No hay frases perfectas.

Solo maletas abiertas encima de la cama, ropa doblada a medias y esa sensación pequeña, casi invisible, de que algo que estaba en pausa vuelve a ponerse en marcha.

La casa del lago amaneció distinta el último día.

No porque hubiera cambiado nada. El lago seguía ahí, inmóvil. Los árboles seguían igual de altos. La madera seguía crujendo al pisarla.

Pero el aire era diferente. Era el aire de “esto se acaba”.

Me desperté temprano, antes que el resto. Me quedé tumbada mirando el techo unos minutos, intentando retener la sensación del lugar. El olor. La luz filtrándose por las cortinas. El silencio previo al movimiento.

Sabía que cuando volviera a casa, todo eso se diluiría rápido.

Bajé con la maleta a medio cerrar y encontré la cocina llena de tazas, bolsas y restos de vida acumulada en cuatro días intensos.

Blanca estaba sentada en el suelo, rodeada de ropa.

—No entiendo cómo he traído tanto —dijo sin saludar.

—Porque sobreestimaste tu vida social en el lago.

—No esperaba repetir outfit.

Me apoyé en la encimera y miré alrededor. Noah estaba en la terraza, hablando por teléfono. No parecía una conversación ligera. Tenía la espalda recta. Una mano en el bolsillo. Miraba al agua sin verla.

No quise escuchar. Tampoco quise apartar la mirada de inmediato.

Solo observé un segundo más.

Luego me moví.

El desayuno fue raro. No incómodo, pero raro. Más callado. Más consciente. Como si todos supiéramos que, al subirnos a los coches, la burbuja se iba a romper.

No hablé mucho con Noah esa mañana.

No porque evitáramos hacerlo. Simplemente no se dio el momento. Cuando me acerqué a despedirme, él ya estaba cargando maletas.

—Nos vemos en una semana —dijo burlón.

—Sí.—dije yo con una sonrisilla.

Fue una frase sencilla. Demasiado sencilla para todo lo que flotaba alrededor.

Nos abrazamos rápido. Sin presión. Sin pausa.

Y eso fue todo. El viaje de vuelta siempre parece más corto.

Blanca condujo. Yo miraba por la ventana, viendo cómo el verde se convertía en gris poco a poco. Árboles. Carreteras. Señales. Edificios.

Ciudad.

Volver a casa después de unos días así siempre me produce una sensación contradictoria. Me gusta mi espacio. Me gusta mi cama. Mi orden. Mi rutina.

Pero también sé que la rutina es donde todo se complica.

Cuando entré en mi apartamento, el silencio fue más fuerte de lo que esperaba. Dejé la maleta en el pasillo y caminé despacio hasta el salón.

Todo estaba exactamente igual que antes.

Y sin embargo yo no me sentía exactamente igual.

Dejé el bolso sobre la mesa y me quité los zapatos. Fui directa a la ventana. Desde allí se veía parte de la ciudad extendiéndose en bloques grises y terrazas.

Pensé en el lago.

Pensé en el atardecer. Pensé en la pregunta.

Si me tuvieras que dar un consejo…

Y en mi respuesta.

Siempre hay que recordar a los demás lo bonito que ves en ellos. No para que te quieran. Sino para que se quieran.

Me pregunté si él lo habría tomado en serio.

Me pregunté si yo misma lo hacía lo suficiente.

La semana de parón antes del rodaje parecía una pausa amable, pero no lo era del todo. Era una cuenta atrás suave. Sabíamos que en siete días volveríamos al set, a las cámaras, a las entrevistas, a la ficción que se mezclaba peligrosamente con la realidad.

Blanca me escribió esa misma tarde.

Esta noche salimos. Necesito música alta y gente desconocida.

Sonreí.

Estoy cansada. Pero sí.

No necesitábamos excusas. Salir era una forma de resetear.

Me duché con calma. Dejé que el agua caliente me bajara la tensión acumulada en los hombros. Me miré al espejo después, con el pelo todavía húmedo.

Me vi diferente.

No más guapa. No más triste. Solo… más consciente.

Elegí un vestido negro sencillo. Nada llamativo. Maquillaje ligero. Pendientes pequeños. No quería impresionar a nadie. Solo quería sentirme cómoda.

Blanca pasó a recogerme con música demasiado alta para la hora que era.

—Esta noche no se habla de rodajes —anunció.

—Perfecto.

—Ni de hombres complicados.

La miré de reojo.

—No estaba pensando en ninguno. —Ajá.

No insistió.

El club estaba lleno, pero no imposible. Luces bajas. Gente bailando sin mucha coordinación. La barra llena de vasos brillando bajo los focos.

Pedimos algo ligero. No quería emborracharme. Solo quería moverme.

La música entró en el cuerpo antes que el pensamiento. Bailar tiene algo terapéutico cuando no estás intentando ser atractiva para nadie.

Blanca se perdió en la pista con una energía absurda. Yo me dejé llevar.

En algún momento, mientras giraba sobre mí misma al ritmo de una canción que no reconocí, pensé en Noah.

No en plan dramático.

No en plan “ojalá estuviera aquí”.

Solo pensé en si él estaría en casa. Si estaría solo. Si estaría pensando también en el lago.

Y en el consejo. Había algo en la manera en que me dio las gracias que se me había quedado clavado.

No fue ligero. No fue automático.

Fue real.

Me apoyé en la barra para beber agua y respirar un poco.

Blanca apareció a mi lado, sudando y feliz.

—¿En qué piensas?

—En nada.

—Eso nunca es verdad.

La miré.

—¿Tú crees que la gente puede cambiar de verdad?

Blanca parpadeó. —Vaya giro.

—Responde.

—Sí. Pero no porque alguien se lo pida. Solo cuando se cansa de repetirse.

Asentí despacio. —¿Esto va por alguien con N? —preguntó con una sonrisa torcida.

Le di un codazo suave. —No empieces.

—Solo digo.

No añadí nada más.

Volvimos a la pista.

Pero incluso mientras bailaba, incluso mientras reía, incluso mientras alguien intentaba hablarme demasiado cerca del oído, había una parte de mí que seguía en aquella playa.

En esa frase.

En la forma en que él lo dijo

Quizá ese consejo también era para mí.

Quizá yo también tenía miedo de cosas que aún no habían ocurrido.

La noche avanzó tranquila. Nadie nos molestó. No hubo drama. No hubo encuentros incómodos.

Al salir, el aire fresco de la madrugada me despejó la cabeza.

Blanca caminaba descalza, sujetando sus tacones en la mano.

—Ha sido una buena noche —dijo.

—Sí.

—Te veo más tranquila.

Pensé en eso.

—Creo que estoy intentando no anticipar nada.

—Eso es muy adulto.

—No me acostumbro.

Nos reímos.

Cuando llegué a casa, el silencio ya no pesaba tanto como por la mañana.

Me desmaquillé despacio. Me quité el vestido. Me metí en la cama.

Apagué la luz.

Y en la oscuridad, sin música, sin ciudad, sin amigas, sin ruido…

Pensé en él otra vez. No con urgencia.

No con ansiedad.

Solo con esa sensación nueva, suave, que no necesita definirse todavía.

Quizá eso era lo diferente.

Que por primera vez no estaba intentando adelantarnos al futuro.

Solo estaba viviendo la pausa.

Y esperando, sin miedo, a ver qué pasaba cuando la cámara volviera a encenderse.