27 You are the reason
Noah
El primer día de rodaje después de una pausa siempre es diferente.
No sé explicarlo bien.
Es como si el set tuviera memoria.
Las luces están donde estaban. Las marcas en el suelo siguen ahí. El equipo se mueve con la misma coreografía aprendida a base de repeticiones.
Pero algo ha cambiado.
Yo he cambiado. Puedo sonar muy pesimista pero esta semana no ha sido la mejor que he tenido, en la casa del lago me lo pase muy bien, pero luego al volver a casa no se, me sentía raro.
Y lo sé en cuanto bajo del coche y escucho el murmullo familiar de producción organizando horarios.
Una semana. Solo ha sido una semana. Una semana sin hablar con Emma y no debería resultarme raro, solo somos compañeros de trabajo, amigos como mucho, ah y también teníamos una relación falsa, pero solo delante de cámara.
Me digo eso mientras camino hacia maquillaje. Mientras saludo con la cabeza. Mientras intento recuperar el ritmo profesional que siempre me ha protegido.
Una semana no es nada.
Pero lo es todo cuando te acostumbras a alguien.
No la he llamado.
No quería parecer dependiente.
No quería cruzar esa línea invisible que siempre temo cruzar.
El miedo es absurdo. Lo sé.
Pero está ahí.
Entro en maquillaje y el espejo me devuelve una versión de mí mismo que ya conozco demasiado bien: controlado, correcto, suficiente.
—¿Listo para volver a sufrir frente a la cámara? —bromea una de las chicas del equipo.
Sonrío lo justo.
—Siempre listo.
Mentira.
Nunca estoy listo.
Solo lo disimulo bien.
Salgo al set principal y la veo.
Emma está de espaldas, hablando con el director. Lleva el pelo recogido, suelto por detrás de la nuca, como siempre cuando no quiere que le moleste en la cara. Está gesticulando mientras explica algo. Se ríe. Me encanta cuando se ríe y ahí estaba mirándola como un estupido, o más bien la estaba admirando, era jodidamente preciosa, nunca me había fijado,
la verdad pero ese día como he dicho antes todo era diferente´.
No me ha visto todavía.
Y durante un segundo, solo la observo. El ruido alrededor se atenúa.
Recuerdo la playa.
Recuerdo el consejo.
Recuerdo cómo me miró cuando lo dijo.
No para que te quieran. Sino para que se quieran.
Me trago algo que no sé definir.
Ella se gira.
Nuestros ojos se cruzan.
No hay gesto exagerado. No hay carrera dramática.
Solo una pausa.
Luego una sonrisa pequeña.
—Hey —dice cuando me acerco.
—Hey.
Nos quedamos a medio metro. Esa distancia extraña que no existía antes.
—¿Qué tal la semana? —pregunta. —Bien._ Digo quizás demasiado borde como para que hace un segundo estuviera pensando en lo guapa que estaba.
Es automático. Respuesta corta. Neutra.
Ella me mira un segundo más de lo necesario.
—¿Seguro?
Asiento.
—¿Y tú?
—Blanca decidió que necesitábamos salir el viernes.
Imagino la escena sin querer hacerlo. Música alta. Gente alrededor. Ella riendo con la cabeza echada hacia atrás.
Algo incómodo se mueve en mi pecho.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Hay un silencio breve.
El director nos llama para ensayar la primera escena.
Profesional.
Volvemos a ser personajes.
Pero el cuerpo no entiende de guiones.
La escena es sencilla. Una conversación íntima entre nuestros personajes. Miradas largas. Cercanía.
Cuando nos colocamos frente a frente y la cámara se acerca, siento algo distinto.
La tensión ya no es actuación.
Es real.
—Acción.
Emma empieza su línea. Su voz está perfectamente modulada, pero yo sé cuándo está respirando de más. Sé cuándo traga saliva antes de terminar una frase.
Estoy demasiado pendiente.
—Corte.
El director asiente satisfecho.
—Bien. Vamos otra. Nos movemos ligeramente.
Cuando nadie mira directamente, nuestras manos casi se rozan.
No la toco.
No debería.
No aquí.
Pero pienso en la semana sin verla en persona, joder porque pensaba tanto en eso, solo habia sido una semana.
Me había acostumbrado demasiado rápido.
El día avanza entre tomas, ajustes, repeticiones.
La tensión se acumula en pequeñas cosas.
En miradas que duran medio segundo más.
En silencios que no existían antes.
En la forma en que evitamos hablar de la playa.
Hasta que, en un descanso largo entre escenas, nos quedamos solos en un rincón del set. Ella se sienta en una caja de utilería. Yo me apoyo contra la pared.
—El viernes fue divertido —dice de repente.
La miro.
—¿Sí?
—Sí. Blanca casi pierde un tacón. Yo casi pierdo la dignidad intentando bailar reggaetón.
Sonríe mientras lo cuenta.
Yo asiento.
Ella sigue hablando.
—Había un chico empeñado en explicarme por qué la música de los dos mil es superior a todo lo demás. Estuvo diez minutos analizando letras de canciones como si fuera un doctorado.
La veo gesticular. Sus manos dibujan en el aire lo que describe.
—Luego intentó enseñarme a hacer un paso que claramente no dominaba. Fue doloroso de ver.
Sigo mirándola. Escuchando su voz.
Pero no estoy procesando cada palabra.
Estoy mirando la forma en que sus labios se mueven.
La curva leve de su sonrisa.
La luz que se refleja en sus ojos cuando se ríe de algo que ya pasó.
Estoy pensando en la semana, otra vez.
En la sensación absurda de vacío los primeros días.
—Y entonces Blanca decidió que era buena idea pedir otra ronda y…
—¿Me estás escuchando? —dice de repente.
Parpadeo.
—¿Hm?
Ella entrecierra los ojos.
—¿Me estás escuchando?
Hay una pausa. Podría mentir mejor.
Podría improvisar algo sobre la música de los dos mil.
—Sí, claro. _ dije con una sonrisita.
Ella inclina la cabeza.
—Qué mentiroso.
Suelto el aire.
—Bueno… vale. No te estaba escuchando.
Cruza los brazos, indignada.
—Estaba pensando —añado.
—¿En qué estabas pensando?
La pregunta es directa.
Sin ironía.
Sin escudo.
La miro.
Podría esquivar esto también.
Podría decir cualquier cosa neutra. Pero la semana ha sido demasiado clara.
—En lo mucho que te he echado de menos.
Silencio.
El set sigue moviéndose alrededor, pero parece lejano.
Ella parpadea.
—Solo hemos estado una semana separados.
—Exacto.
No añado nada más.
Porque no sé explicarlo mejor.
No sé explicar que me acostumbré a su presencia demasiado rápido.
Que la casa del lago me desarmó más de lo que esperaba.
Que la idea de perderla no es teórica, es física.
Ella baja la mirada un segundo.
—Noah… Hoy estaba siendo un día incómodo.
Hay algo más ahí.
—Yo también te he echado de menos —dice finalmente.
No lo dice fuerte.
Lo dice como si fuera una verdad que no necesita dramatizarse.
Y eso lo hace peor.
Porque es real.
El asistente de dirección grita que volvemos en dos minutos.
La burbuja se rompe.
Pero algo ya ha cambiado.
Me acerco un paso más.
No lo suficiente para tocarla.
Lo suficiente para que la distancia deje de ser cómoda.
—Emma. —¿Qué?
Dudo.
El miedo vuelve.
Ese miedo antiguo que siempre me dice que tarde o temprano voy a arruinar lo que toco.
Que voy a convertirme en alguien que no quiero ser.
Que voy a repetir historias que odio.
Pero entonces recuerdo los consejos.
Nunca escondas tu verdadera forma de ser ante los demás para que te acepten.
Trago saliva.
—Nada.
Ella me observa.
Sabe que no es verdad.
Pero no insiste.
—Vamos —dice. Volvemos a nuestros lugares.
—Acción.
Esta vez, cuando la miro frente a la cámara, ya no estoy fingiendo la tensión.
Está ahí.
Y por primera vez en mucho tiempo, no quiero huir de ella.