Amor de pelicula 24 hold on
62%

24 hold on

Noah

La cena terminó sin que nadie anunciara oficialmente que había terminado. Simplemente, en algún punto, los platos empezaron a vaciarse, las conversaciones se fueron apagando y alguien dejó una botella en el centro de la mesa como quien deja una invitación sin palabras.

La casa del lago, de noche, tenía otra cara. Durante el día parecía un sitio tranquilo, casi inocente. De noche, con las luces bajas y las ventanas abiertas, se sentía más… real. Como si ya no estuviera intentando impresionarnos.

Me apoyé en el respaldo de la silla, estirando un poco la espalda. Había comido más de lo necesario. Siempre me pasaba cuando no tenía nada que hacer después.

—¿Voy a por más vino? —dijo alguien desde la cocina.

—Eso no es una pregunta —respondió Blanca desde el sofá.

Emma estaba sentada en el suelo, apoyada contra la mesa baja, con una copa entre las manos. Tenía las piernas recogidas y la sudadera medio subida, como si no hubiera terminado de decidir si tenía frío o no. Estaba escuchando más de lo que hablaba, algo que había empezado a notar que hacía bastante.

No me estaba mirando. Tampoco parecía consciente de que yo la estaba mirando a ella.

Eso me tranquilizó más de lo que debería.

Me levanté y fui a la nevera a por una cerveza. El sonido al abrirla fue demasiado fuerte en comparación con el murmullo general de la casa. Cerré con cuidado, como si eso pudiera arreglarlo.

Cuando volví al salón, alguien había puesto música. Nada concreto. Algo de fondo. Suficiente para llenar los huecos.

—Vale —dijo Blanca, sentándose en el suelo—. Hora de juegos.

Hubo un murmullo general de aprobación y protesta al mismo tiempo.

—No —dijo uno de los chicos—. Nada de juegos que arruinen amistades.

—Si se arruinan, no eran amistades —respondió Blanca, encogiéndose de hombros.

Emma levantó la vista.

—¿Qué tipo de juegos?

—Los de siempre —contestó Blanca—. Verdad o reto. Yo nunca. Cosas que no deberían grabarse.

—Genial —dije—. Justo lo que necesitábamos.

—No seas aguafiestas, Noah —dijo Blanca—. Tú bebes y ya vemos qué pasa.

Me senté en el suelo, apoyando la espalda en el sofá. La cerveza estaba fría. Demasiado. Me gustó.

Empezamos con el yo nunca. Al principio, nada serio. Cosas inofensivas. Viajes. Llamadas a exs. Mentiras piadosas. Risas fáciles.

Emma bebía poco. Observaba mucho. Cada vez que alguien decía algo mínimamente vergonzoso, levantaba las cejas o sonreía como si estuviera viendo una serie.

—Yo nunca me he quedado a dormir en un rodaje —dijo alguien.

Varias personas bebieron. Yo incluido.

Emma me miró.

—¿En serio?

—Sí —respondí—. Muchas veces.

—Eso suena incómodo.

—Lo es.

—¿Por qué lo haces entonces?

Me encogí de hombros.

—Es más fácil que volver a casa a las tres de la mañana.

—Eso no lo hace mejor.

—Nunca he dicho que lo hiciera.

Bebió un sorbo de su copa, mirándome por encima del borde.

—Apuntas alto, Noah. —No tanto como crees.

Seguimos jugando. La conversación fue subiendo de tono sin ponerse rara. Historias contadas a medias. Anécdotas sin detalles. Nadie parecía querer cruzar ninguna línea.

En algún punto, pasamos a verdad o reto.

—Verdad —dijo Emma cuando le tocó.

—Aburrida —le dijo Blanca.

— Llámalo prudencia —respondió Emma.

—Vale —dijo Blanca—. ¿Qué es lo que más te molesta de la gente?

Emma se lo pensó.

—Cuando hablan solo para escucharse a sí mismos.

Asentí sin darme cuenta.

—Buenísima respuesta —dije.

Ella me miró, divertida.

—Gracias. Me tocó a mí después.

—Verdad o reto —preguntó uno de los chicos.

—Verdad.

—¿Qué es lo que más te da miedo?

La pregunta cayó con más peso del esperado. Noté cómo algo se tensaba, muy dentro, pero no dejé que se notara.

—Las promesas —respondí, después de un segundo.

Hubo un silencio breve. No incómodo. Solo inesperado.

—Qué profundo —dijo Blanca—. Vale, bebemos todos.

Lo agradecí.

Di un trago largo a la cerveza. El alcohol ayudó a que el pensamiento no se quedara demasiado tiempo.

Las promesas.

No sabía muy bien por qué lo había dicho. No era una mentira. Tampoco toda la verdad.

Miré alrededor. Emma estaba apoyada en la mesa, con la barbilla sobre la mano. Me estaba mirando sin expresión concreta. No curiosa. No preocupada. Simplemente atenta.

Aparté la mirada antes de que pudiera interpretar nada.

La noche avanzó despacio. Demasiado despacio para alguien que estaba intentando no pensar. Demasiado rápido para alguien que sabía que, en algún momento, todo iba a terminar.

Me levanté y salí un momento al porche. El aire estaba fresco. Se escuchaba el lago a lo lejos. Me apoyé en la barandilla, respirando hondo.

Pensé en mi padre sin querer.

En cómo siempre se iba antes de que la noche terminara. En cómo nunca se quedaba lo suficiente como para que las cosas se volvieran incómodas.

Sacudí la cabeza.

No ahora.

—¿Te has escapado? —dijo una voz detrás de mí.

Emma. —Un poco —respondí—. Necesitaba aire.

—Aquí hay aire de sobra.

Se apoyó a mi lado, sin tocarme. Miramos el lago en silencio.

—Blanca se está pasando con el vino —dijo.

—Blanca siempre se pasa.

—Es parte de su encanto.

Asentí.

—¿Te lo estás pasando bien? —preguntó.

—Sí.

—Respuesta corta.

—Respuesta correcta.

Sonrió.

—Me alegro.

Nos quedamos ahí unos segundos más. No sentí la necesidad de llenarlos.

—Oye —dije—. Mañana podríamos… no sé. Hacer algo tranquilo. Sin juegos.

—¿Estás sugiriendo escaparnos?

—Puede ser.

Se rió.

—Lo pensaré.

Volvimos dentro. La música había cambiado. Alguien estaba tumbado en el suelo. Blanca contaba algo exagerando cada gesto.

Me senté otra vez. Bebí un poco más despacio.

Miré a Emma una vez más. Ella estaba riéndose, con la cabeza hacia atrás, sin darse cuenta de nada más.

Y por primera vez en mucho tiempo, pensé que quizá… quedarme no siempre tenía que acabar mal.

La idea me asustó más que cualquier promesa