Amor de pelicula 23
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you´´re somebody else

Emma

Me desperté antes de que sonara ninguna alarma, lo cual ya me pareció sospechoso. Durante unos segundos me quedé quieta, boca arriba, mirando el techo de madera clara de la casa del lago, intentando recordar exactamente dónde estaba. No era mi habitación. No era la casa de Blanca en la ciudad. Tampoco un hotel. Había algo en el silencio que era distinto: no un silencio vacío, sino uno lleno de cosas pequeñas. Pájaros. El agua moviéndose muy despacio. Algún ruido lejano que no supe identificar.

Giré la cabeza hacia la ventana. La cortina estaba mal corrida y dejaba pasar una franja de luz que caía justo sobre el suelo. El día ya estaba despierto. Yo todavía no.

Me incorporé despacio, intentando no marearme, y me senté en el borde de la cama. Llevaba puesta una camiseta enorme —no mía— y unos pantalones cortos que había encontrado en la mochila la noche anterior. El suelo estaba frío. Eso me terminó de despertar.

La casa del lago tenía ese tipo de calma que no es espectacular, pero se te mete en el cuerpo sin pedir permiso. Nada parecía urgente. Nadie parecía tener prisa. Me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Salí al pasillo descalza, con cuidado de no hacer ruido, aunque no sabía muy bien por qué. Las puertas estaban entreabiertas. Desde una de las habitaciones llegaba un murmullo de voces bajas. Desde la cocina, el sonido inequívoco de una cafetera.

Ese sonido fue suficiente para convencerme de seguir andando.

La cocina estaba llena de luz. Demasiada para esa hora, en mi opinión. Blanca estaba sentada en la encimera, con las piernas cruzadas, bebiendo café como si fuese agua bendita. Llevaba gafas de sol dentro de casa, lo cual me pareció completamente coherente tratándose de ella.

—Buenos días, bella durmiente —dijo Blanca sin mirarme, con una sonrisa que se notaba incluso detrás de las gafas.

—No son buenos si hay tanta luz —murmuré, arrastrando los pies hasta la mesa.

Noah estaba de espaldas, apoyado en la encimera, removiendo algo en una taza. Llevaba una camiseta blanca sencilla y el pelo todavía un poco desordenado, como si no hubiera decidido del todo qué hacer con él. Se giró al oírme.

—Buenos días —dijo, con voz tranquila, como si despertarse así fuera lo más normal del mundo.

Asentí, todavía medio dormida, y fui directa a la cafetera. Me serví una taza generosa, sin pensar, y abrí el cajón buscando azúcar.

Ahí fue cuando lo vi.

Noah estaba bebiendo café. Negro. Sin azúcar. Sin nada.

Me quedé mirándolo unos segundos más de los socialmente aceptables.

—¿Tú… bebes eso así? —pregunté, señalando su taza.

Él bajó la mirada, luego volvió a mirarme, como si no entendiera el problema.

—Sí.

—¿Así tal cual?

—Así tal cual.

Negué con la cabeza, decepcionada, mientras echaba dos cucharadas colmadas de azúcar en mi café.

—Eso es un pecado —dije—. Un crimen contra la humanidad. Y contra mi..

Noah sonrió de lado.

—Es café.

—Es veneno.

Blanca se rió desde la encimera.

—Emma necesita que el café sea básicamente un postre —dijo—. Si no, no cuenta.

—Exacto —confirmé—. El café tiene que darte ganas de vivir, no quitártelas.

Noah dio un sorbo más a su taza, sin dejar de mirarme.

—A mí me gusta así.

—Claro que te gusta así —respondí—. Eres ese tipo de persona.

—¿Qué tipo?

Me encogí de hombros.

—El rarito.

Noah soltó una risa corta, sin sonido, y volvió a apoyar la taza en la encimera.

—Te acostumbras.

—No pienso acostumbrarme jamás —dije—. Es una línea que no cruzaré.

No era una conversación importante. Lo sabía. Y aun así, había algo en ese intercambio absurdo que me hizo sentir… cómoda. Demasiado cómoda, quizá.

Me senté a la mesa con mi taza y di el primer sorbo. Perfecto. Miré alrededor. La casa empezaba a llenarse poco a poco. Alguno de los chicos apareció medio dormido, saludando con un gesto vago. Alguien abrió una ventana. El aire de la mañana entró sin pedir permiso.

—Hoy podríamos ir a la playa —dijo Blanca de pronto—. Dar una caminata, ver el agua, fingir que somos personas normales.

Hice una mueca.

—¿Caminar?

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo normal.

—Define “lo normal”.

Blanca me miró por encima de las gafas.

—No exageres.

—Yo no exagero —dije—. Yo describo la realidad desde un punto de vista honesto.

Noah apoyó el codo en la mesa, mirándome con una expresión divertida.

—No es para tanto. —Eso decís siempre los que no se quejan —respondí—. Luego una está andando veinte minutos y de repente es “solo un poco más”.

—Es solo un poco más —repitió él, imitando mi tono.

Le lancé una mirada.

—No te metas.

—No me estoy metiendo.

—Te estás metiendo.

—Un poco.

Blanca aplaudió una vez.

—Perfecto. Decidido. Caminata.

Suspiré de manera exagerada, aunque en el fondo no me molestaba tanto. Había algo en la idea de salir, de moverse sin un objetivo concreto, que no me resultaba desagradable.

Terminamos el café con calma. Nadie parecía tener prisa. Me puse unas zapatillas, una sudadera ligera, y salimos todos juntos de la casa.

El camino hacia la playa era sencillo, pero más largo de lo que yo habría elegido voluntariamente. La vegetación se abría poco a poco, dejando ver el agua a lo lejos. El lago quedaba atrás. El aire olía distinto. Más salado.

—Esto es innecesario —comenté después de unos minutos—. El mar no se va a mover de sitio.

—Estás andando perfectamente —dijo Noah, caminando a mi lado.

—Porque me quejo mientras lo hago —respondí—. Es mi método.

Él sonrió.

—Funciona.

Seguimos caminando. El grupo se fue estirando, algunos delante, otros detrás. Blanca iba unos metros más adelante, hablando con uno de los chicos, gesticulando como si estuviera contando algo importantísimo.

Me di cuenta de que, sin decidirlo, Noah y yo habíamos quedado a la misma altura. No demasiado cerca. No demasiado lejos.

—¿Siempre te quejas tanto? —preguntó. —Solo cuando tengo razones legítimas.

—¿Y ahora las tienes?

—Estoy andando.

—Buen punto.

El sonido del mar empezó a ser más claro. Las olas rompían con calma, sin dramatismo. Me gustó eso. No era una playa espectacular. Era normal. Tranquila.

—No sabía que te gustaban estas cosas —dije.

—¿Caminar?

—No. Esto.

Hizo un gesto amplio con la mano, señalando el paisaje.

—Me gusta cuando no tengo que hacer nada más.

Asentí despacio.

—Eso está bien.

No dijimos nada durante unos segundos. No fue incómodo. Solo… silencioso.

Llegamos a la arena. Me quité las zapatillas y las llevé en la mano. La arena estaba fría. El agua, a unos metros, se movía despacio.

—Vale —dije—. Esto lo compensa un poco.

—¿Ves? —respondió Noah—. No era tan terrible.

—No te emociones —le advertí—. Sigo pensando que caminar tanto es horrible.

Nos acercamos al agua. El mar estaba tranquilo. Me quedé mirando las olas romper una y otra vez, siempre igual, siempre distintas.

Sentí la presencia de Noah a mi lado, sin invadirme el espacio. Solo ahí.

—Oye —dijo—. ¿Estás bien?

Lo miré. La pregunta me sorprendió, no lo había pensado mucho últimamente, ¿Estaba bien?, si yo creo que si, normal.

—Sí. ¿Por?

—Nada. Pregunto.

—Estoy bien —repetí—. ¿Tú?

Asintió. —Sí.

Nos quedamos allí un rato más. Blanca gritó algo desde más lejos, riéndose. Alguien le respondió. El día seguía avanzando, sin pedirnos opinión.

No había pasado nada extraordinario. No había ninguna escena digna de ser recordada como “el momento”. Y, aun así, mientras miraba el mar y sentía la arena bajo los pies, tuve la sensación de que algo se estaba colocando en su sitio. No encajando del todo. Solo… colocándose.

Y eso, pensé, podía ser peligroso. O podía ser simplemente parte del verano.

Todavía no lo sabía