22 To build a home
Noah
El parón lo anunciaron como si fuera una nota al pie.
Eso es lo curioso de los rodajes: las cosas importantes casi nunca llegan envueltas en solemnidad. El director lo dijo entre dos indicaciones técnicas, con la tablet bajo el brazo y cara de haber dormido poco.
—Vamos a parar dos semanas —dijo—. Ajustes de producción. Volvemos con más calma.
Hubo un segundo de silencio. Y luego, ruido.
No gritos, no celebración exagerada, pero sí ese murmullo inmediato que se extiende como una ola: mensajes que empiezan a escribirse, planes que nacen sin terminar de formarse, gente sonriendo sin darse cuenta.
Yo me quedé quieto, procesándolo. Dos semanas no es poco cuando llevas semanas viviendo en el mismo ritmo, con los mismos horarios, las mismas caras, el mismo café que nunca sabe igual dos días seguidos.
Emma estaba a unos metros, hablando con Clara, la actriz secundaria que se había incorporado hacía poco. La vi levantar las cejas, sonreír y decir algo que no escuché, pero que claramente significaba “esto nos viene bien”.
Blanca tardó exactamente cinco segundos en reaccionar.
—Vale —dijo en voz alta, juntando las manos—. Tengo una propuesta.
Eso fue suficiente para que varias cabezas se giraran.
Blanca no propone cosas pequeñas. Blanca propone planes que acaban con gente durmiendo en sofás que no conoce y contando anécdotas que luego no recuerda del todo bien.
—Tengo una casa en un lago —continuó, como si estuviera diciendo que tenía leche en la nevera—. Con piscina. Grande. A dos horas. No preguntéis. Nos vamos.
Hubo risas. Alguien dijo “¿cómo que no preguntemos?”. Otro preguntó si hablaba en serio.
—Muy en serio —respondió ella—. Cuatro días. Nada raro. Comer, beber, piscina, dormir mal. Volvemos vivos. Lo prometo.
Emma la miró con esa expresión que mezcla diversión y resignación.
—Blanca…
—No —la cortó—. No me mires así. Ya está decidido.
Yo me apoyé en una mesa cercana, observando la escena con calma. No tenía una opinión formada todavía, pero algo dentro de mí se relajó con la idea. Salir del set. Cambiar de escenario. Ver a la gente en otro contexto.
Lucas apareció a mi lado, como si hubiera olido el plan desde lejos.
—¿Casa en un lago? —preguntó—. Esto suena a que alguien va a perder el móvil.
—Mínimo uno —respondí.
—Cuenten conmigo. Así empezó.
No hubo lista formal. No hubo votación. Simplemente, poco a poco, se fue formando un grupo. Gente que decía “yo puedo”, otros que preguntaban detalles logísticos, algunos que dudaban pero acababan cediendo.
Blanca iba anotando mentalmente, señalando con el dedo como si ya estuviera repartiendo habitaciones.
—Tú sí. Tú también. Tú no, porque desapareces siempre. Tú vienes porque necesito a alguien sensato.
—Eso no suena a mí —dijo Dani, uno de los técnicos de sonido.
—Precisamente —respondió ella.
Dani era de esos tipos que hacen que los sitios funcionen sin llamar la atención. Siempre con auriculares colgando del cuello, camiseta básica y una sonrisa fácil. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, solía acertar.
Clara confirmó también. Dijo que le apetecía “ver a la gente sin focos”. Irene, amiga de Blanca, se sumó casi por inercia. No trabajaba en el rodaje, no tenía nada que demostrar. Eso la hacía interesante.
Emma se me acercó mientras Blanca seguía reclutando.
—¿Te apetece? —me preguntó, en voz baja.
La miré un segundo antes de responder. No estaba nerviosa. Tampoco especialmente ilusionada. Simplemente curiosa.
—Sí —dije—. Creo que me vendrá bien.
Asintió, satisfecha.
—A mí también.
No hubo más que decir.
El viaje empezó dos días después.
Nos repartimos en coches como se pudo. Blanca conduciendo el suyo, música alta, ventanas bajadas. Lucas conmigo, Dani atrás, Irene en el asiento del copiloto comentando el paisaje como si no hubiera visto nunca árboles.
El trayecto fue largo pero fácil. Conversaciones que iban y venían, silencios cómodos, paradas improvisadas para comprar cosas que no eran estrictamente necesarias.
Cuando llegamos, entendí por qué Blanca había hablado de la casa como si fuera un as bajo la manga.
No era ostentosa. No era de revista. Pero era grande, luminosa, con un porche que daba directamente al lago y una piscina que parecía recién estrenada. Madera clara, ventanales amplios, ese olor a sitio que se usa poco pero se cuida bien.
—Vale —dijo Lucas, bajando del coche—. Esto mejora.
Blanca entró la primera, dejando las llaves en una bandeja como si aquello fuera suyo de verdad.
—Reglas —anunció—. No hay reglas.
—Eso es una regla —dijo Dani.
—Exacto.
Repartimos habitaciones entre risas y negociaciones absurdas. Al final, nadie quedó descontento. Emma compartía con Blanca. Yo con Lucas. Clara e Irene en la habitación del fondo. Dani dijo que le daba igual dónde dormir mientras hubiera enchufe cerca.
El primer día pasó sin grandes eventos. Comer, deshacer mochilas, probar la piscina aunque el agua estuviera fría. Nadie se quejó demasiado.
Yo me senté un rato en una tumbona, observando. Emma estaba en el borde de la piscina, con los pies en el agua, hablando con Clara. Blanca flotaba boca arriba, diciendo que así pensaba mejor. Lucas intentaba convencer a Dani de que se metiera.
—No —decía Dani—. Estoy bien aquí. Seco. Vivo.
—Cobarde.
Me reí solo.
Había algo distinto en verlos así. Sin roles marcados. Sin cámaras. Sin guion. La gente se vuelve más real cuando no tiene nada que demostrar.
Emma levantó la vista en un momento y nuestras miradas se cruzaron. Sonrió. Yo levanté la mano a modo de saludo. Nada más.
Normal.
Por la noche hicimos barbacoa. No salió perfecta, pero salió. Comimos demasiado, bebimos lo justo para que las conversaciones se alargaran sin volverse pesadas.
Irene se sentó frente a mí, apoyando los codos en la mesa.
—Vale —dijo—. Pregunta directa.
—Nunca son buena señal —respondí.
—¿Sois pareja o habláis raro?
Escupí la bebida. Literal.
—Irene —dijo Blanca—. Te dije que no empezaras tan fuerte.
—¿Qué? —respondió ella—. Es práctico.
Miré a Emma. Ella me miró a mí. Una fracción de segundo.
—Algo somos —dije, sin esfuerzo.
Irene asintió.
—Eso es hablar raro —concluyó—. Vale. Y siguió comiendo.
Emma se rió, negando con la cabeza. No hubo tensión. Nadie hizo un drama. El tema pasó como pasan las cosas cuando no se les da más importancia de la necesaria.
Esa noche, me quedé despierto un rato más, sentado en el porche. El lago estaba tranquilo, oscuro, reflejando luces que no parecían del todo reales.
Pensé en lo fácil que era estar allí. En lo poco que pesaban las cosas cuando nadie esperaba nada de ti.
No pensé en el beso. No todavía.
Al día siguiente, despertamos tarde. Piscina, desayuno improvisado, música de fondo. Blanca propuso una ruta alrededor del lago. Nadie se opuso.
Caminamos sin prisa. Conversaciones cruzadas. Yo acabé andando junto a Emma sin haberlo planeado.
—Este sitio está bien —dijo ella, mirando el agua.
—Sí —respondí—. No parece real del todo. —Como un decorado —añadió.
—Pero sin marcas en el suelo.
Sonrió.
Seguimos caminando.
No había necesidad de decir más.
Y así siguieron los días.
Sin grandes giros. Sin escenas forzadas. Con momentos pequeños que se acumulaban sin hacer ruido.
Sabía que en algún punto habría que volver. Al rodaje. Al beso. A todo lo que estaba esperando fuera de esa casa.
Pero todavía no. Y, por ahora, eso era suficiente.