Amor de pelicula 21 Sea of love
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21 Sea of love

Noah

El rodaje siempre empieza antes de que empiece.

Eso es algo que aprendes con el tiempo. No empieza cuando dicen acción, ni siquiera cuando llegas al set. Empieza en el trayecto, en el café demasiado temprano, en la forma en la que el cuerpo ya sabe dónde tiene que estar antes de que la cabeza lo confirme.

Ese día llegué con esa sensación exacta: la de estar entrando en una rutina que todavía no lo es del todo.

El set estaba más despierto que yo. Técnicos moviendo cosas, cables que parecían multiplicarse solos, alguien discutiendo por una luz que no era suficientemente cálida. El olor a café era mejor que otros días. Eso ya era una victoria.

Me saludaron con normalidad. Eso siempre me tranquiliza. Que nadie haga aspavientos, que nadie te mire como si fueras algo distinto a un tipo que viene a trabajar.

Dejé la mochila en el sitio de siempre, me puse la sudadera encima del vestuario mientras esperaba que nos llamaran para maquillaje y observé un poco alrededor. Me gusta hacerlo. Mirar sin intervenir. Es una forma de entrar en el día sin forzarlo.

Emma todavía no había llegado.

No pensé nada especial al respecto. Simplemente lo registré. A veces llega antes, a veces después. No significa nada.

O eso me dije.

Cuando apareció, unos minutos más tarde, el ambiente no cambió. O al menos eso parecía desde fuera. Ella entró hablando con alguien del equipo, riéndose por algo que no escuché, con el guion doblado bajo el brazo y el pelo recogido de cualquier manera.

Normal. Todo normal, pero qué guapa estaba.

La vi cruzar el set con esa forma suya de moverse que no llama la atención y, aun así, hace que la sigas con la mirada. No porque sea espectacular, sino porque es… clara. Como si no hubiera ruido alrededor de ella.

No pensé en el café del día anterior.

O sí, pero no como algo relevante.

Me limité a levantar la mano a modo de saludo cuando me vio. Ella hizo lo mismo, sonriendo. Nada más.

Perfecto.

Maquillaje fue rápido. Me senté en la silla mientras alguien me retocaba ojeras que no eran reales pero que, según ellos, la cámara inventa. Miré mi reflejo sin pensar demasiado en él. Vampiro sarcástico, enfadón. Personaje claro. Eso ayuda.

Escuché risas cerca. Blanca.

No necesitaba verla para saber que era ella. Blanca tiene una energía particular: entra en los sitios como si ya llevara rato ahí.

—Buenos días, criaturas. —dijo en voz alta.

—Buenos días, Blanca —respondieron varios a la vez.

Se acercó a Emma, la abrazó por los hombros y dijo algo que no escuché, pero que hizo que Emma pusiera los ojos en blanco y se riera. Después me vio a mí.

—Tú —dijo, señalándome—. Luego me tienes que contar cosas.

—No sé de qué hablas —respondí.

—Claro que no —dijo ella, sonriente—. Luego.

Ese “luego” tenía peso. Demasiado.

Seguimos con el rodaje. Primera escena del día: sin Emma, lo cual agradecí. Me permitía entrar en personaje sin distracciones innecesarias. Funcionó. El equipo estaba contento. Yo también.

Entre toma y toma, pensé en el plan. No de forma obsesiva, pero estaba ahí, como una pestaña abierta en el navegador mental. Relación falsa. Confirmar sin confirmar. Seguir el juego.

Lo había dicho con seguridad. Y lo sentía así. Era práctico. Era lógico.

No había emoción involucrada. O al menos, no la que la gente espera.

Había hecho esto antes. No exactamente igual, pero parecido. Fingir, proyectar, construir una imagen. Es parte del trabajo. Y cuando sabes dónde están los límites, no es tan complicado.

Eso me repetí.

El descanso llegó a media mañana. Nos juntamos cerca de una mesa improvisada con comida que nadie sabía muy bien quién había pedido. Emma estaba allí, hablando con una chica de vestuario. Blanca apareció a mi lado como si me hubiera invocado.

—Ahora —dijo—. Ya.

Me apoyé en la mesa, cogí una botella de agua y la miré.

—¿Qué ahora?

—No te hagas el interesante —respondió—. He visto titulares. He visto fotos. He visto vuestra cara de “no pasa nada” que claramente significa que algo pasa.

Emma levantó la vista justo en ese momento.

—No pasa nada —dijo ella, rápida.

—Ajá —respondió Blanca—. Me encanta cuando mentís coordinados.

Suspiré.

—No estamos mintiendo —dije—. Estamos… gestionando.

—Eso es peor —contestó.

Nos apartamos un poco, lo justo para que no pareciera una conspiración, aunque claramente lo era.

—Vale —dijo Blanca—. Soltadlo.

Emma me miró un segundo. Yo asentí apenas. Lo justo.

—Vamos a seguir el juego —dijo Emma—. Un poco.

Blanca abrió mucho los ojos.

—¿Cómo de un poco?

—Relación falsa —dije—. De bajo mantenimiento.

Hubo un silencio. Breve.

Y entonces Blanca sonrió. Sonrió de esa manera que significa que va a disfrutar muchísimo de esto. —Sabía que erais más interesantes de lo que aparentáis —dijo—. ¿Cuándo empezamos a fingir que os odio por haberme ocultado esto?

—Ahora mismo —respondí.

—Genial.

Se apoyó entre los dos, como si ya formáramos un bloque.

—Normas —dijo—. Quiero normas.

—Las tenemos —respondió Emma.

—Obvio que las tenemos —añadí.

—Perfecto —dijo Blanca—. Entonces esto va a ser divertidísimo.

No parecía preocupada. Eso ayudó. Blanca es un termómetro extraño: si ella no ve peligro, suele ser porque no lo hay. O porque decide ignorarlo con estilo.

El rodaje continuó. Más escenas. Más repeticiones. Emma y yo compartimos plano en una de ellas, sin demasiado contacto. Funcionó bien. Profesional. Fluido.

Entre toma y toma, nos cruzábamos miradas breves, comentarios rápidos. Nada fuera de lo normal. Nadie parecía notar nada distinto.

Hasta que el director pidió silencio.

—Antes de seguir —dijo—, una cosa de planificación.

Eso nunca es buena señal.

Miró una tablet, pasó páginas.

—En las próximas escenas —continuó—, avanzamos bastante la relación entre vuestros personajes.

Emma y yo nos miramos.

—Hay más cercanía —dijo—. Más contacto. un beso.

Lo dijo sin énfasis. Como si fuera una coma.

Sentí algo en el pecho. No grande. No dramático. Un ajuste interno. Como cuando el cuerpo se prepara para algo que sabe hacer, aunque no lo tenga delante todavía.

—Todo profesional —me dije—. Esto lo he hecho mil veces.

—Lo vemos mañana en ensayo —añadió el director—. Sin presión.

Sin presión.

Emma asintió. Yo también.

Nada más.

El resto del día siguió. Normal. Incluso tranquilo. Pero algo había cambiado. No el ambiente. No la actitud. Era más bien una información nueva que se había colocado en algún sitio y todavía no había sido procesada del todo.

Al terminar la jornada, recogí mis cosas despacio. Emma hablaba con Blanca unos metros más allá. Reían. Sonaba fácil.

Pensé, sin darle demasiadas vueltas, que todo estaba bajo control.

Porque lo estaba.

No sentía nada.

Éramos amigos.

Esto era trabajo.

Y yo sabía exactamente cómo manejarlo. O eso creía. El rodaje continuaría al día siguiente.