20 After Hours
Emma
Quedamos para tomar un café porque era lo más normal del mundo. Eso pensé yo. Un café no implica nada raro. Un café es neutro. Un café es seguro.
El sitio lo eligió Noah. Un local pequeño, de esos que parecen pensados para que la gente no se quede demasiado rato, pero acaba quedándose igual. Madera clara, mesas juntas, olor constante a café recién molido y gente con portátiles que claramente no estaba trabajando.
Llegué un poco antes. Me senté cerca de la pared, dejé el bolso en la silla de al lado y miré el móvil sin leer nada de verdad. Sabía que en algún momento Noah entraría por la puerta con esa manera suya de moverse como si nunca tuviera prisa, aunque llegara justo.
Y así fue. Lo vi antes de que me viera él. Entró, miró alrededor, frunció el ceño un segundo —como si el mundo siempre estuviera ligeramente mal organizado— y luego sonrió cuando me encontró. Se acercó con las manos en los bolsillos.
—Llegas puntual —dijo Noah con una sonrisa ladeada, dejando la chaqueta en el respaldo de la silla.
—No quería que pensaras que soy irresponsable —respondí yo, cerrando el móvil y levantando la vista hacia él.
—Ya tengo suficientes pruebas de que no lo eres.
Eso me hizo reír, aunque no supe muy bien por qué. Quizá porque lo dijo sin segundas. O quizá porque últimamente cualquier cosa normal se sentía como un pequeño descanso.
Pidió café solo. Yo pedí lo mismo que siempre. Nos sentamos uno frente al otro, la mesa demasiado pequeña para que no se notara la cercanía, pero no incómoda. Todavía.
Durante los primeros minutos hablamos de nada importante. Del rodaje, de una escena que habían movido de día, de Blanca que había aparecido con unas gafas imposibles esa mañana y había dicho que eran “conceptuales”.
—No eran conceptuales —dije yo.
—Lo eran para ella —respondió Noah—. Eso es lo que importa.
Bebimos café. El ruido del local llenaba los huecos. Todo iba bien. Demasiado bien, quizá.
Fue Noah quien cambió el tono. No de golpe. Lo hizo como hace todo: sin dramatismo, como si fuera una idea que acababa de surgirle en ese mismo momento, aunque se le notaba que llevaba tiempo dándole vueltas.
—Oye —dijo, apoyando el codo en la mesa—. He estado pensando en lo de la prensa.
Ahí estaba. Levanté la mirada despacio.
—Ya —dije—. Yo intento no hacerlo.
—Yo también —respondió—. Pero últimamente no es fácil.
Suspiré, apoyándome en el respaldo de la silla.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté—. ¿Otra foto? ¿Otro titular creativo?
—No exactamente —dijo Noah, mirándome con atención—. Es más bien una idea.
Eso no me gustó. Nada bueno empieza con “es una idea”.
—Noah —dije, marcando su nombre—. Cuando dices eso, siempre acabas diciendo alguna locura.
Sonrió. No se ofendió.
—Escúchame antes de decidir si estoy loco —pidió, tranquilo.
—No prometo nada.
Se inclinó un poco hacia delante, bajando la voz aunque nadie nos estaba prestando atención.
—¿Y si seguimos el juego? —dijo.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—La prensa —continuó—. El shippeo. Todo eso. ¿Y si lo confirmamos?
Me quedé mirándolo, intentando procesar la frase completa.
—¿Estás diciendo… —empecé— ¿que confirmemos algo que no existe?
—Exacto.
Solté una risa corta, incrédula.
—Estás loco —dije—. Absolutamente loco.
—Eso no es nuevo.
—Noah —repetí, más seria—. ¿Cómo vamos a hacer eso?
Se encogió de hombros, como si fuera lo más sencillo del mundo.
—Sabemos actuar bien, ¿no?
Lo dijo con media sonrisa, los ojos brillantes de ironía. Me llevé la mano a la frente.
—Esto es una pésima idea —dije—. Una idea horrible.
—Puede ser —admitió—. Pero también puede funcionar.
—¿Funcionar para qué? —pregunté. —Para que nos dejen en paz —respondió—. Si creen que ya tienen la historia completa, se aburren antes.
Lo miré fijamente. Él no apartó la mirada.
—O puede empeorar todo —repliqué—. ¿Y si se vuelven todavía más pesados?
—Eso también puede pasar —concedió—. Pero ahora mismo ya lo son.
Tenía razón. Eso era lo peor.
Me quedé en silencio unos segundos, escuchando el murmullo del local. Pensando. No en el qué dirán, sino en lo práctico. En lo cotidiano. En las consecuencias reales.
—¿Y qué implicaría exactamente? —pregunté al fin.
Noah pareció relajarse un poco, como si ese fuera el verdadero primer paso.
—Nada raro —dijo—. Alguna foto juntos, llegar juntos a algún sitio, no desmentir nada. Algún beso en algún evento, solo si queremos ,claro.Nada de declaraciones de declaraciones epicas ni nada de eso.
—Qué alivio.
—Relación falsa de bajo mantenimiento —añadió—. Muy funcional.
—Me estás vendiendo una suscripción —dije.
—La versión básica —respondió él—. Sin permanencia.
Eso me arrancó una sonrisa, a mi pesar.
—¿Y si alguien pregunta directamente? —dije—. ¿Qué decimos?
—Que nos estamos conociendo —contestó sin dudar—. Es ambiguo. Siempre funciona.
—Odio lo bien que tienes esto pensado.
—Llevo días escuchando podcasts de crisis de imagen —bromeó.
Lo miré. Vi en su expresión algo sincero. No nervios, no presión. Solo una propuesta práctica.
—No quiero que esto se nos vaya de las manos —dije, bajando un poco la voz.
—Yo tampoco —respondió Noah, serio por primera vez—. Si en algún momento te sientes incómoda, paramos. Sin explicaciones.
Eso pesó más que todo lo demás.
Bebí otro sorbo de café. Ya estaba frío.
—Eres consciente de que si acepto esto, Blanca va a decir “os lo dije” durante meses —comenté.
—Eso es inevitable —dijo—. Lo aceptes o no.
Suspiré.
—Odio admitirlo —dije—, pero… quizá tengas razón. Si lo hacemos nosotros, tenemos el control.
Noah levantó las cejas, sorprendido.
—¿Eso es un sí?
—Es un “no sé en qué momento de mi vida estoy aceptando esto” —respondí—. Pero sí.
Sonrió de verdad. No grande. No exagerado. Una sonrisa tranquila.
—Trato hecho, entonces —dijo, extendiendo la mano por encima de la mesa.
Lo miré un segundo antes de estrechársela.
—Trato hecho —repetí—. Pero si esto sale mal, te voy a recordar que fue idea tuya.
—Lo asumiré con dignidad.
Soltamos las manos. El gesto fue simple, pero noté algo extraño después. No incómodo. Solo distinto. Como si hubiéramos cruzado una línea invisible.
—¿Cuándo empezamos? —pregunté.
—Ya hemos empezado —respondió Noah con una sonrisa socarrona—. Estamos tomando café juntos.
—Genial —dije—. Primer acto de nuestra relación ficticia: cafeína compartida.
—Romántico —añadió él—. Muy nosotros.
Nos reímos. De verdad. Y por primera vez en días, el ruido exterior pareció un poco más lejano.
No sabía en qué nos estábamos metiendo. Pero, curiosamente, tampoco me asustaba tanto.