19 The Hills
Noah
Quedar con Lucas siempre empieza igual: un “salimos un rato” que no concreta nada y acaba siendo exactamente eso. Un rato. Sin plan maestro, sin expectativas, sin necesidad de que pase nada memorable. A veces es justo lo que necesito.
Nos vimos a última hora de la tarde, cuando la ciudad todavía no ha decidido si va a ser noche o no. Lucas llegó con dos colegas más, gente que conozco desde hace años, de esos que no te miran como si fueras algo que tienen que descifrar. Eso se agradece más de lo que parece.
Caminamos sin rumbo fijo durante un rato. Hablamos de tonterías: una serie que ninguno estaba viendo del todo, un proyecto que a Lucas le tenía quemado, un bar nuevo que juraban que era increíble. Nada importante. O quizá sí, pero de lo que no pesa.
Aun así, el tema estaba ahí. No hacía falta nombrarlo para que ocupase espacio.
Cada vez que alguien sacaba el móvil para mirar algo, mi cerebro hacía un pequeño salto automático. Cada vez que pasábamos cerca de una terraza llena, notaba miradas que se quedaban medio segundo más de la cuenta. No eran descaradas, pero tampoco inocentes. Ese punto intermedio que resulta incómodo porque no sabes si te lo estás imaginando.
—Tío —dijo Lucas al final, apoyándose en la barandilla de un puente—. ¿Te está afectando mucho todo esto?
Así, sin rodeos. Lucas nunca ha sido de rodeos.
Me encogí de hombros.
—No sé —dije—. No es que me quite el sueño. Pero cansa.
—Normal.
No hizo falta explicar a qué me refería. La prensa llevaba días especialmente intensa. Fotos, titulares creativos, teorías que se montaban solas. El pack completo. Y no ayudaba que el proyecto en el que estábamos trabajando fuera justo el tipo de cosa que invita a la gente a imaginar más de la cuenta. —Os tienen pillados —añadió uno de los chicos—. Da igual lo que hagáis.
—Eso es lo que me jode —respondí—. Que no hay opción buena. Si dices algo, alimentas el tema. Si no dices nada, también.
Lucas asintió, pensativo.
—¿Y tú qué quieres hacer?
Esa era la pregunta. Y lo sabía.
Me quedé mirando el agua un segundo, dejando que el silencio hiciera su parte.
—No lo sé —admití—. Supongo que… nada. Seguir. Ignorarlo.
—¿Porque no es verdad? —preguntó Lucas, sin malicia.
Le lancé una mirada ladeada.
—¿Y si no lo fuera? —respondí.
—Entonces nada —dijo—. Y si lo fuera… tampoco creo que tengas que explicarle nada a nadie.
Eso me arrancó una sonrisa breve. —Siempre tan práctico.
—Alguien tiene que serlo.
Seguimos caminando. Entramos en un bar pequeño, de esos donde la música está lo bastante alta como para no escuchar conversaciones ajenas, pero no tanto como para gritar. Pedimos cervezas. Nos sentamos en una mesa alta cerca de la pared.
Durante un rato, conseguí olvidarme del ruido exterior. Hablamos de cosas pasadas, anécdotas que ya no importan pero siguen haciendo gracia. Me reí más de lo que esperaba. Noté cómo el cuerpo se relajaba poco a poco.
Y entonces, claro, alguien pidió una foto.
No fue invasivo. No fue incómodo. Solo un “oye, perdona” educado y una sonrisa nerviosa. Accedí sin problema. Sonreí. Volví a sentarme.
Pero el pensamiento volvió a aparecer, insistente.
No era solo la prensa. Era la sensación de estar en medio de algo que aún no tenía forma, pero ya generaba expectativas. De gente que iba por delante de los hechos. De historias que se escribían solas sin pedir permiso.
Emma.
No pensé en ella como en un concepto. Pensé en escenas concretas. En cómo había sido el rodaje esa mañana. En lo fácil que resultaba estar cerca de ella cuando no había cámaras grabando. En la naturalidad con la que se movía, incluso cuando la situación era nueva.
No era un pensamiento romántico. No exactamente. Era más bien… presente.
—Te has quedado callado —dijo Lucas, dándome un leve golpe con el codo.
—Estaba pensando.
—Eso nunca es buena señal.
—Para ti no —respondí—. Para mí es habitual.
Se rió.
—Mira —dijo, apoyando los brazos en la mesa—. La gente va a hablar igual. La diferencia es si tú te compras el discurso o no.
—Ya. —Y no hace falta que decidas nada ahora —añadió—. No todo tiene que tener respuesta inmediata.
Eso se me quedó dando vueltas.
Porque era verdad. No tenía que decidir nada. Ni aclarar nada. Ni posicionarme en una historia que todavía no había empezado, o que quizá no empezaría nunca.
Salimos del bar más tarde. El aire de la noche estaba fresco, agradable. Caminamos un poco más antes de despedirnos. Abrazos rápidos. Promesas vagas de repetirlo.
Me quedé solo un rato, andando sin prisa. El móvil vibró en el bolsillo. Notificación. Otra más.
No la abrí.
Pensé en el rodaje de los próximos días. En las escenas que venían. En lo fácil que sería que todo se mezclara si no tenía cuidado. En lo fácil que sería también no hacer nada y dejar que las cosas siguieran su curso.
“¿Es mentira o no es mentira?”, me había preguntado antes.
Y la respuesta era incómodamente sencilla: todavía no era nada.
Y quizá eso estaba bien.
Llegué a casa tarde. Me quité los zapatos, dejé las llaves en el mismo sitio de siempre. Antes de irme a dormir, miré el móvil por fin. Mensajes sin importancia. Nada urgente.
Apagué la pantalla.
Mañana habría rodaje. Y, por ahora, eso era suficiente.