Amor de pelicula 18 Soft Spot
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18 Soft Spot

Emma

La fiesta no se terminó de golpe. Se fue deshaciendo, como se deshacen las cosas cuando nadie decide cerrarlas: gente que se sienta en el suelo, música que baja un poco sin que nadie lo pida, vasos abandonados en superficies improbables. En algún momento me di cuenta de que ya no estaba bailando, ni hablando, ni pendiente de nada concreto. Solo estaba allí, apoyada contra la pared del pasillo, observando.

La casa tenía ese desorden cómodo de los sitios donde entra demasiada gente y nadie intenta imponer normas. Olía a alcohol dulce, a sudor, a colonia barata. Las luces eran bajas, pero no lo suficiente como para esconder del todo las ojeras que ya empezaban a aparecer en algunas caras.

Noah estaba al otro lado del salón, hablando con alguien del equipo. No hacía nada especialmente llamativo. No gesticulaba de más, no levantaba la voz. Aun así, era fácil localizarlo. Tenía esa manera de ocupar el espacio sin invadirlo, como si siempre supiera exactamente dónde colocarse. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no pasó nada concreto. Ni sonrisa exagerada ni gesto cómplice. Solo un reconocimiento rápido, casi automático, y luego cada uno volvió a lo suyo.

Eso, curiosamente, me tranquilizó.

Blanca apareció a mi lado con dos vasos de agua, me tendió uno y me miró de arriba abajo.

—Hora de retirada estratégica —dijo, sin dramatizar.

No lo dijo como una pregunta. Blanca no suele hacerlo.

Asentí. El cansancio me había caído encima sin avisar, como una manta pesada. Además, mañana había rodaje. Y aunque nadie lo dijera en voz alta, todos sabíamos que llegar con resaca al set era una pésima idea.

Nos despedimos sin grandes ceremonias. Abrazos rápidos, promesas vagas de repetirlo. Noah se acercó cuando ya estábamos cogiendo los abrigos. —¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —dije—. Solo cansancio acumulado.

—Mañana nos veremos igual —respondió, como si fuera una obviedad.

—Eso parece.

No hubo nada más. Ni despedida larga ni momento significativo. Y, de nuevo, me pareció bien así.

Dormí en casa de Blanca. O, mejor dicho, me dejé caer en su cama y cerré los ojos sin pasar por ninguna reflexión profunda. El cuerpo pidió descanso y yo obedecí.

Me desperté con la boca seca y la cabeza ligeramente embotada. No era una resaca brutal, pero sí lo suficiente como para que el mundo se sintiera un poco más lento. Desde la cocina llegaba el sonido de una cafetera luchando por sobrevivir.

Blanca ya estaba despierta. Por supuesto.

—No hagas ruido —murmuré, arrastrando los pies hasta la cocina.

—Buenos días, estrella —dijo ella, impecable para haber dormido menos de seis horas.

—No me hables todavía.

—Eso no es una opción.

Me senté a la mesa con el café entre las manos, intentando que el calor me devolviera a la vida. El sol entraba sin pedir permiso por la ventana. Demasiado brillante para la situación.

—¿Qué tal la fiesta? —preguntó Blanca.

—Bien —dije—. Normal. Mucha gente, mucha música.

—Mucho Noah.

La miré por encima del vaso.

—No empieces.

—No he empezado —respondió—. Solo constato hechos.

Me limité a bufar. No tenía energía para discutir.

Cuando terminé el café, saqué el guión de la mochila. No porque fuera especialmente responsable, sino porque sabía que si no lo hacía entonces, no lo haría en todo el día. Me senté en el sofá, piernas cruzadas, y empecé a pasar páginas.

Fue entonces cuando lo vi.

No de golpe. No como una revelación dramática. Simplemente… estaba ahí. Escenas marcadas con subrayados suaves, acotaciones que hablaban de cercanía, de contacto sostenido. De manos que se quedaban un segundo más de lo necesario. De cuerpos que no se apartaban.

No besos.

Pero casi.

Tragué saliva y volví a leer una de las escenas. Luego otra. Luego otra más.

—Blanca —dije.

—¿Sí?

—Creo que hoy va a ser raro.

Ella se asomó por encima del respaldo del sofá.

—Ah —dijo, sonriendo—. Ya era hora.

—No me ayuda. —Nunca lo hago, pero siempre tengo razón.

No insistí. Cerré el guión con cuidado, como si pudiera escaparse algo de dentro, y me levanté para prepararme. La incomodidad no era nervios. Era anticipación. De esa que no sabes si es buena o mala hasta que ya estás dentro.

El set estaba más tranquilo de lo habitual esa mañana. Quizá porque era temprano. Quizá porque todos íbamos un poco justos de sueño. El ambiente era agradable, sin prisas innecesarias.

Noah estaba allí cuando llegué. Café en mano. Ojeras leves. Ropa cómoda.

Nos saludamos con naturalidad. Demasiada, incluso.

Durante los ensayos, la distancia entre nosotros empezó a reducirse sin que nadie lo verbalizara. No era algo que decidiéramos. Simplemente estaba en el texto. En la escena. En cómo nos colocaban.

Primero fue sentarnos más cerca. Luego, un gesto ensayado que implicaba tocarle el brazo. Después, mantener la mirada un segundo más.

Nada explícito.

Pero todo nuevo.

Notaba su presencia de una manera distinta. No más intensa, pero sí más consciente. Sabía dónde estaba incluso cuando no lo miraba. Sabía cuándo iba a moverse antes de que lo hiciera.

Él también lo notaba. No hacía falta decirlo.

La tensión no era romántica. Era técnica. Profesional. Esa especie de electricidad incómoda que aparece cuando tienes que compartir espacio físico con alguien de forma muy medida.

Blanca, por supuesto, se dio cuenta.

—Sois muy monos cuando intentáis no pensar en lo que está pasando —dijo en voz baja durante una pausa—. Se os nota desde aquí.

—Blanca.

—No te preocupes —añadió—. Está quedando muy bien en cámara.

Eso no ayudó en absoluto.

En uno de los descansos, se sentó entre Noah y yo con el móvil en la mano.

—Por cierto —dijo—. Os tengo noticias.

Nos miró a los dos con una sonrisa peligrosa.

—Han salido más fotos.

—¿Fotos? —pregunté.

—Sí. De la discoteca. Del café. De la comida con el cast. Nada grave, pero… —hizo un gesto vago— ya os están emparejando.

Noah suspiró, pero sin dramatizar.

—¿Otra vez?

—Otra vez —confirmó Blanca—. Sois un ship bastante popular, al parecer.

—Qué sorpresa —murmuré.

—¿Hacemos algo? —preguntó Noah, mirándome.

Pensé un segundo. Luego negué con la cabeza.

—No —dije—. Pasar.

—Me gusta ese plan —respondió él guiñandome un ojo.

Y así lo hicimos. Volvimos al set. A las marcas. A las escenas.

En una de ellas, su personaje se acercaba al mío por detrás. Tenía que quedarse ahí. Muy cerca. La cámara recogía la tensión. La respiración.

Sentí su mano en mi espalda. Firme, correcta. Profesional.

Aun así, el cuerpo reaccionó antes que la cabeza.

Cuando el director cortó, nos separamos sin prisa, sin torpeza.

—Bien —dijo alguien.

Y seguimos.

No fue incómodo todo el tiempo. Solo al principio. Luego, el cuerpo se adaptó. Como siempre.

Al final del día, estaba cansada, pero no agotada. Caminé hacia el vestuario con la sensación de haber cruzado una línea invisible.

No había pasado nada.

Y, aun así, algo había cambiado. Y esta vez, no necesitaba ponerle nombre.