17 Greedy
Emma
La invitación a la fiesta llegó como llegan casi todas las invitaciones a las fiestas que no están pensadas con demasiada antelación: de rebote. Alguien del equipo lo comentó mientras recogíamos después de rodar, otro añadió que era en una casa grande, alguien más dijo que habría alcohol suficiente como para que no hiciera falta llevar nada, y con eso fue más que suficiente.
—¿Vamos? —preguntó Blanca, ya con el abrigo puesto, como si la decisión estuviera tomada desde antes.
—Yo no tengo nada mejor que hacer —dije.
Noah se encogió de hombros.
—Mientras no haya que madrugar mañana.
—Mañana hay rodaje —le recordó Blanca.
—Entonces beberé con responsabilidad —dijo él muy serio.
—No te cree nadie —dije yo.
—Eso duele, humana.
La casa estaba a unos veinte minutos. Llegamos andando un tramo y luego en coche, apretados y hablando por encima de la música que sonaba demasiado alta para ser necesaria. Cuando entramos, el ambiente ya estaba montado: luces bajas, gente repartida por el salón, alguien bailando sin ritmo en un rincón y una mesa llena de botellas que no parecían haber sido colocadas con ningún criterio.
—Esto promete —dijo Blanca, frotándose las manos.
Dejamos los abrigos en una habitación que ya estaba llena de chaquetas ajenas y volvimos al salón. Alguien nos ofreció vasos. Acepté uno sin preguntar demasiado qué llevaba dentro.
—No bebas eso tan rápido —me dijo Noah, inclinándose un poco hacia mí—. Tiene pinta de engañar.
—Gracias por el consejo, mamá. —Luego no digas que no te avisé —dijo él con una sonrisa ladeada y me guiñó un ojo, exagerando el gesto.
—Eres insoportable.
—Ya —respondió—. Pero eso te encanta.
—No te flipes.
—Un poco sí.
Blanca nos miró desde el otro lado del sofá.
—¿Siempre sois así o es solo hoy?
—Solo cuando hay público —dijo Noah.
—Mentira.
Nos sentamos en el suelo, apoyados contra el sofá. La música cambiaba cada dos canciones y nadie parecía ponerse de acuerdo en qué poner. El ambiente era cómodo, de esos en los que no tienes que hacer nada concreto para pasártelo bien.
—Vamos a jugar a algo —dijo alguien desde la cocina—. Al yo nunca.
—Un clásico —comentó Blanca—. Me gusta. —Me das miedo —le dije.
—Porque soy honesta —respondió ella con una sonrisa inocente.
Nos pasaron vasos nuevos y nos colocamos en círculo. Éramos más de los que pensaba. Gente del cast, del equipo, alguien que nadie sabía muy bien quién era pero que parecía conocer a todo el mundo.
—Empiezo yo —dijo un chico que no había visto antes—. Yo nunca me he quedado dormido en pleno rodaje.
Bebió media sala.
—Eso no cuenta —dijo Noah—. Es prácticamente obligatorio.
—Tu turno —me dijo Blanca, dándome un codazo.
—Yo nunca… —pensé un segundo— yo nunca he fingido saber usar algo técnico cuando no tenía ni idea.
Otra ronda de tragos.
—Eso explica muchas cosas —dijo Noah mirándome.
—Cállate —dije con una sonrisa—. Te he visto asentir a explicaciones que no entendías.
—Jamás.
—Ayer mismo.
—Mentira muy bien contada.
Seguimos jugando. Frases cada vez menos creativas. Risas cuando alguien bebía demasiado rápido. Comentarios por lo bajo que no tenían nada que ver con el juego.
—Yo nunca he buscado mi nombre en internet —dijo Blanca.
Noah me miró de reojo.
—Ni se te ocurra —dije.
—No he bebido —respondió—. Me respeto.
—Mentiroso.
—Un poco.
La música subió un poco más. Alguien empezó a bailar de verdad. Otro grupo se fue a la terraza. Yo me levanté para ir a la cocina a por agua y Noah vino detrás.
—¿Todo bien? —preguntó, apoyándose en la encimera.
—Sí —dije—. Solo hidratación preventiva.
—Muy responsable por tu parte.
—Aprendo de los errores.
—Eso suena a que tienes experiencia.
—Muchísima.
Nos quedamos ahí un momento, bebiendo agua en silencio, escuchando el ruido de la fiesta desde el salón. Noah se apoyó mejor en la encimera y me miró con esa media sonrisa que parecía no irse nunca del todo.
—Oye —dijo—, en el juego te estás portando.
—No me des ideas.
—Demasiado tarde.
—Noah —dije, alargando su nombre.
—Emma —respondió él, imitándome el tono.
—Eres insufrible. —Pero encantador.
—Eso no es un halago.
—Me vale igual.
Volvimos al salón justo cuando alguien proponía cambiar el juego. Blanca estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y cara de estar pasándoselo genial.
—¿Dónde os habíais metido? —preguntó.
—Secuestro breve —dijo Noah.
—Consentido —añadí.
Nos sentamos otra vez, esta vez más juntos por pura falta de espacio. No había contacto real, pero sí cercanía. Rodillas casi tocándose. Hombros demasiado cerca como para no notarlo.
—Esto está bien —dijo Noah, señalando alrededor—. Sin caos.
—No cantes victoria.
—Déjame disfrutarlo cinco minutos.
Alguien volvió a poner música. Más alta. Más bailable. Blanca se levantó y tiró de mí del brazo. —Ven.
—No bailo —protesté.
—Sí bailas —dijo—. Mal, pero bailas.
—Eso no ayuda.
Nos levantamos igual. Noah nos miró desde el suelo.
—Traición —dijo.
—Únete o calla —le dije.
—Voy a observar críticamente.
—Cobarde.
Se levantó al final, claro. Se colocó a mi lado, exagerando los movimientos, haciéndome reír sin querer.
—Baja el nivel de energía —le dije.
—No puedo —respondió—. Está en mi contrato.
—Eso no es verdad.
__¿Lo comprobamos? La música seguía. La gente hablaba, reía, se movía. No pensaba en nada más que en estar ahí, en ese momento concreto, con ese ruido y esas personas.
En algún punto de la noche, alguien gritó que había más bebida en la cocina. Alguien más propuso volver al juego. La fiesta seguía creciendo, expandiéndose por la casa sin ningún orden claro.
Noah se inclinó hacia mí para decirme algo al oído, porque la música ya estaba demasiado alta.
—Esto no está nada mal —dijo.
—No —respondí—. Podría ser peor.
—Mucho peor.
—Ni lo nombres.
Nos miramos un segundo. Solo uno. Luego alguien nos interrumpió y el momento se diluyó como todo lo demás esa noche.
La fiesta no se acabó ahí.
Y nosotros tampoco nos movimos de sitio. Y por ahora, eso era suficiente.