Amor de pelicula 11
28%

11

I miss you, I'm sorry

Emma

Me desperté tarde al día siguiente. No porque hubiera salido hasta las tantas, sino porque el cuerpo decidió que ya estaba bien de madrugar sin motivo. El sol entraba por la ventana con esa luz de media mañana que no te empuja a hacer nada productivo, pero tampoco te deja dormir del todo.

Me quedé unos minutos mirando el techo, intentando recordar en qué día de la semana estaba. Fallé. Eso me pareció una buena señal.

En la cocina, preparé café con más calma de la habitual. Sin prisas. Sin repasar mentalmente listas de pendientes. El móvil estaba boca abajo sobre la mesa y, por una vez, no sentí la necesidad de comprobarlo cada dos minutos. Lo dejé ahí, como si fuera un objeto cualquiera.

Quedé con Blanca a mediodía.

Habíamos intercambiado mensajes la noche anterior, algo improvisado, sin demasiada logística. “¿Comemos?” “Va.” Ese nivel de planificación. Blanca siempre ha sido así. Directa, práctica, sin dramatizar lo innecesario. Nos conocimos hace años, en un proyecto pequeño que nadie recuerda demasiado bien, y desde entonces hemos ido cruzándonos de forma irregular, como esas personas que no ves todos los días pero que encajan sin esfuerzo cuando vuelven a aparecer.

Nos encontramos en un sitio normal. Ni de moda ni cutre. Un bar de esos que sirven menús del día y no intentan ser nada más. Blanca ya estaba sentada cuando llegué, con unas gafas de sol enormes y una botella de agua a medio terminar.

—Llegas puntual —dijo—. Estoy orgullosa de ti.

—No te acostumbres.

Pedimos comida sin mirar demasiado la carta. Blanca habló primero, como casi siempre, contándome que llevaba semanas de un lado a otro, enlazando trabajos pequeños, durmiendo mal y comiendo peor.

—Estoy cansada, pero bien —resumió—. Que es lo máximo a lo que aspiro últimamente.

—Me parece razonable. Comimos mientras comentábamos cosas sin demasiada trascendencia. Gente que conocíamos en común. Proyectos que no habían salido. Otros que sí, pero habían sido un desastre por dentro. Blanca tenía esa habilidad para contar anécdotas sin adornarlas demasiado, haciéndolas graciosas sin buscar el remate perfecto.

—¿Y tú qué tal? —me preguntó, limpiándose las manos con la servilleta—. Aparte de sobrevivir.

Me encogí de hombros.

—Bien. Estoy trabajando. Eso ya es bastante.

—si, es bastante.

Asentí. No lo decía como consuelo, sino como un hecho. Blanca no era de las que te empujan a sentir algo concreto. Simplemente ponía las cosas sobre la mesa y te dejaba mirarlas.

—Te vi anoche en redes —añadió—. O, bueno, te vi a ti en el fondo de una historia borrosa.

—Gran momento de mi carrera.

—Parecías pasártelo bien.

Pensé en ello un segundo antes de responder. —Sí. Supongo que sí.

No entré en detalles. No porque no quisiera, sino porque no hacía falta. Blanca no necesitaba un informe completo para entender el tono general de las cosas.

Después de comer, caminamos un rato sin rumbo fijo. El día estaba agradable, de esos que te permiten ir sin chaqueta y sin sentirte ridícula. Blanca hablaba de mudarse, de cambiar de representante, de aprender a decir que no con más convicción.

—Es agotador estar siempre disponible —dijo—. Como si todo pudiera ser la oportunidad de tu vida.

—Y casi nunca lo es.

—Exacto.

Nos detuvimos frente a un escaparate absurdo, lleno de cosas que nadie necesitaba. Blanca se quedó mirándolo unos segundos.

—¿Sabes qué echo de menos? —dijo—. Tener quince años y creerme cualquier promesa.

—Yo no echo de menos nada de los quince. —Mentira.

—Bueno —concedí—. Echo de menos dormir en cualquier sitio sin que me doliera la espalda.

Nos reímos.

Antes de despedirnos, Blanca me miró con más atención de la habitual. No de forma intensa, ni dramática. Simplemente presente.

—Estás distinta —dijo.

—¿Para bien o para mal?

—Para diferente—respondió—. No sé explicarlo mejor.

No intenté analizarlo. A veces, las cosas no necesitan explicación inmediata.

Volví a casa andando, con el bolso colgado del hombro y la cabeza sorprendentemente despejada. No estaba eufórica. Tampoco especialmente pensativa. Simplemente… normal. Y me di cuenta de que hacía tiempo que no me permitía sentir eso sin buscarle una lectura más profunda.

Al llegar, dejé las zapatillas en cualquier sitio y me tiré en el sofá. El móvil seguía ahí, donde lo había dejado por la mañana. Lo cogí, miré la pantalla un segundo y lo volví a soltar.

No porque evitara nada.

Simplemente porque no lo necesitaba.

Encendí la tele sin prestar demasiada atención, dejé que el ruido llenara el espacio mientras pensaba en lo que iba a hacer después. Nada urgente. Nada decisivo.

Solo seguir. Y, por ahora, eso era suficiente.