10 So American
Emma
La discoteca ya no me parecía tan ruidosa como antes. O quizá era yo, que me había acostumbrado al caos. A veces pasa: dejas de luchar contra el entorno y simplemente flotas en él. Estaba sentada otra vez en el taburete, con una bebida que ya no sabía igual y las piernas ligeramente cansadas, escuchando a Naila explicar por qué nunca jamás volvería a salir con alguien que dijera “yo no uso redes”.
—Es una red flag —sentenció.
—Es una bandera entera —añadió Shasha.
Me reí, pero mi atención iba y venía. Noah estaba cerca, hablando con uno de sus amigos, gesticulando un poco más de lo habitual. No me miraba constantemente. No estaba pendiente de mí. Y, aun así, saber que estaba ahí me daba una sensación extraña. Cómoda. Como cuando llegas a un sitio y reconoces a alguien sin tener que sentarte a su lado.
—Estás muy callada —dijo Shasha.
—No —respondí—. Estoy… tranquila.
Y era verdad.
Bajamos a la pista otra vez. Bailé sin pensar demasiado, dejándome llevar por la música, por el sudor, por el momento. No intentaba impresionar a nadie. Solo moverme. Solo estar. En algún punto, Noah se unió, de forma torpe y claramente poco entrenada, lo que nos hizo reír a todos.
—Esto no cuenta como bailar —le dije.
—Para mí sí. Estoy dando el cien por cien.
—Eso explica muchas cosas.
Cuando volvimos a la mesa, alguien pidió otra foto. Luego otra. Una chica me dijo que le había gustado mucho un trabajo mío reciente. Le di las gracias, sincera, pero noté cómo algo dentro de mí se tensaba un poco. Como si el reconocimiento siempre viniera con una sombra detrás.
La aparté. No era el momento.
—¿Te apetece salir otra vez? —me preguntó Noah, señalando hacia la puerta.
Asentí.
El aire frío me despejó la cabeza. Me apoyé en la pared, respirando hondo. Noah se quedó a mi lado, sin invadir, sin llenar el silencio.
—No suelo salir mucho —dije de repente.
—Yo tampoco.
—Entonces esto cuenta como algo excepcional.
—Totalmente.
Nos quedamos ahí unos minutos más. Sin promesas. Sin planes. Sin esa necesidad rara de definir nada. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no tenía que demostrar absolutamente nada.
Solo estar.
Y, sin saberlo aún, eso era justo lo que más iba a necesitar aprender a hacer.