9
I Feel It Coming
Noah
No me gustan las discotecas.
No porque me parezcan un infierno —he estado en peores sitios—, sino porque siempre siento que voy un segundo tarde a todo: a la música, a las bromas, a la energía general. Aun así, ahí estaba, apoyado en la barra con una copa que no había pedido yo, escuchando a Lucas contar por tercera vez la misma historia sobre un rodaje absurdo en el que nadie sabía quién tenía el texto correcto.
—Y entonces el director dice: “No, no, improvisa” —remató, abriendo los brazos—. Improvisa. En una escena de época. Con espadas.
—Eso debería ser ilegal —dije.
Lucas rió, satisfecho, como si hubiera ganado algo. Fue entonces cuando la vi.
No de golpe. No como una revelación.
Fue más bien una suma de detalles: una risa clara que no encajaba con la música, un gesto con la mano al hablar, una forma de inclinar la cabeza hacia una de sus amigas. Emma estaba sentada en una mesa alta, con dos chicas más, y parecía completamente ajena al caos alrededor. Como si la discoteca fuera solo el fondo de una escena que no necesitaba protagonizar.
Tardé un segundo en asumirlo.
—¿Qué miras? —preguntó Lucas.
—Nada —dije. Mentí fatal.
Emma levantó la vista casi al mismo tiempo. Nuestros ojos se cruzaron y ahí sí, sonrió. No una sonrisa grande, ni de sorpresa, ni de “qué haces tú aquí”, sino algo más simple. Un reconocimiento tranquilo.
Le devolví la sonrisa y levanté un poco la copa.
—Vale —dijo Lucas—. Definitivamente no es nada.
No respondí. Me limité a dejar la copa en la barra. Cuando me acerqué, Emma ya se estaba bajando del taburete.
—Hola —dijo—. Esto empieza a parecer sospechoso.
—¿El qué?
—Que nos crucemos siempre en sitios donde nadie duerme bien después.
Me reí.
—Tienes razón. Es una señal clara de que deberíamos empezar a quedar solo en supermercados.
—O en farmacias —añadió una de sus amigas.
Emma me las presentó. Naila y Shasha. Cada una con una energía completamente distinta, pero con esa complicidad que solo se nota cuando alguien te conoce de verdad. Les devolví el saludo y, sin darme cuenta, ya estábamos hablando todos a la vez.
Nada profundo.
Nada importante. —¿Tú también odias esta canción? —me preguntó Emma cuando sonó algo demasiado alto.
—No la odio —respondí—. Solo creo que debería existir un límitel para los agudos.
—Gracias. Pensé que era yo.
Pedimos otra ronda. Emma contó una anécdota sobre un casting en el que el director se había quedado dormido literalmente mientras ella hacía la escena.
—Roncó —dijo, muy seria—. Roncó de verdad.
—debió de ser traumático —dije.
—Lo superé —respondió—. Creo.
Alguien nos pidió una foto. Luego otra persona. No fue incómodo. Fue rápido, casi anecdótico. Emma se tomó ambas con naturalidad, como si fuera algo que simplemente formaba parte del contexto.
—Nunca sé qué cara poner —le confesé después.
—Yo pongo la misma siempre —dijo—. Luego ya decidirán si les gusta o no.
Bailaron. Yo me quedé fuera al principio, observando. Emma se movía sin pensar demasiado, riéndose cuando se equivocaba de ritmo, empujando a Shasha con el hombro. No estaba actuando. Y eso, curiosamente, era lo más atractivo de todo.
Cuando volvió, algo despeinada, pidió agua.
—Esto es una pausa estratégica —explicó.
—Me parece una decisión muy sabia.
Nos quedamos hablando apoyados en una pared, casi gritando para escucharnos. De cosas pequeñas. De lo raro que es trabajar con gente que luego no vuelves a ver nunca. De lo mucho que cansa fingir seguridad todo el tiempo.
—A veces siento que solo estoy improvisando —dijo Emma, encogiéndose de hombros.
—Yo creo que todos lo hacemos —respondí—. Algunos disimulan mejor.
Cuando salimos a tomar aire, el ruido quedó atrás. La noche estaba fresca. Emma se cruzó de brazos, pero no parecía querer irse.
—Me lo estoy pasando bien —dijo, como si fuera una confesión innecesaria.
—Yo también.
Y eso fue todo.
No pasó nada más. Y, extrañamente, fue suficiente.