4 traitor
Emma
La llamada llegó un martes por la tarde.
Lo recuerdo porque estaba doblando una camiseta que no era mía y porque, por una vez, el móvil no vibró con ansiedad, sino con una calma casi ofensiva. Número desconocido. Voz amable. Frases aprendidas de memoria.
—Gracias por tu tiempo, Emma, pero finalmente hemos decidido seguir otro camino.
Asentí aunque nadie pudiera verme. Sonreí por inercia. Dije que lo entendía, que había sido un placer, que ojalá coincidiera con ellos en el futuro. Colgué con cuidado, como si el gesto pudiera evitar que la decepción se rompiera en pedazos.
No lloré.
No de inmediato.
Me senté en la cama y me quedé mirando la pared, contando los segundos entre una respiración y otra. Había algo extrañamente familiar en ese rechazo. No dolía como una herida nueva; dolía como una vieja cicatriz a la que le das sin querer.
Pensé en la sala de espera. En la ventana. En la sonrisa que había guardado sin saber por qué.
Sacudí la cabeza.
No era momento para eso.
Esa noche quedé con mis amigas. No porque tuviera ganas, sino porque ellas tenían ese talento especial para no dejarme desaparecer cuando el mundo se ponía un poco más pesado de lo normal.
El bar era pequeño, acogedor, con luces cálidas y música lo suficientemente baja como para permitir conversaciones reales. Me senté entre risas, pedidos de bebidas y comentarios sobre la vida que no estaba saliendo como esperábamos pero que, de algún modo, seguía adelante.
—A brindar por los no —dijo alguien levantando su vaso.
Chocamos los cristales.
Brindar por los no se me daba mejor de lo que debería.
Hablamos de todo y de nada. De proyectos, de planes que quizá nunca cumpliríamos, de amores pasados que ya no dolían tanto. Yo escuchaba más de lo que hablaba, dejando que el ruido me envolviera, agradecida por no tener que pensar demasiado.
Fue entonces cuando alguien se acercó a la mesa.
—Perdona —dijo una chica, algo nerviosa—. ¿Eres Emma Tanner?
Parpadeé, sorprendida.
Asentí.
—¿Te importaría una foto?
Sonreí. Claro que no me importaba. Me levanté, rodeé a la chica con el brazo y miré a la cámara. El flash fue rápido. El momento, breve. Pero algo dentro de mí se acomodó.
Porque, incluso en los días en los que me decían que no, alguien me reconocía.
Volví a sentarme con mis amigas, un poco más ligera.
La noche avanzó despacio. Afuera, la ciudad seguía viva. Dentro, yo también, aunque a veces se me olvidará.
Pensé en el futuro.
En todo lo que aún no sabía.
En cómo, pese a los rechazos, no sabía hacer otra cosa que seguir intentándolo.
Antes de irnos, miré el móvil.
Ningún mensaje nuevo.
Y, aun así, por primera vez en días, no me sentí sola.
Quizá porque entendí que algunas historias no empiezan cuando te dicen que sí.
Quizá porque, incluso en un no, hay algo que sigue avanzando.
Salí del bar con el aire fresco de la noche rozándome la cara.
Y pensé, sin querer, en una sonrisa tranquila.
La guardé de nuevo. Por si acaso.