Amor de pelicula 3 I Like Me Better
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3 I Like Me Better

Noah

Siempre he pensado que los castings son lugares extraños.

No por lo que ocurre en ellos, sino por lo que despiertan. Son salas llenas de personas intentando ser vistas mientras, en el fondo, hacen todo lo posible por esconder sus miedos. Yo no soy una excepción. Nunca lo he sido.

Llegué temprano, como casi siempre. No porque sea especialmente puntual, sino porque llegar antes me da la sensación —falsa, probablemente— de que tengo un poco más de control. El edificio era el mismo de tantas otras veces: gris, impersonal, con ese aire de sitio de paso donde nadie se queda demasiado tiempo. Perfecto para decidir destinos en cuestión de minutos.

Me apoyé cerca de una de las ventanas, dejando que la luz de la mañana me diera de lado. Tenía el guión doblado en la mano, marcado ya por costumbre, aunque tampoco necesitaba leerlo. Me sabía el texto. Me sabía el personaje. Lo que nunca sabía era qué versión de mí iba a aparecer cuando cruzara esa puerta.

Ser actor no fue un sueño repentino.

Fue algo que se fue formando despacio, casi sin darme cuenta. Recuerdo tener quince años y pensar que, pasara lo que pasara, no quería una vida que se sintiera ajena. Quería sentir las cosas. Todas. Incluso las que dolían.

No siempre fue fácil.

Hubo años de rechazo, de silencio, de papeles pequeños que apenas dejaban huella. Hubo momentos en los que pensé que quizá estaba persiguiendo algo que no me pertenecía. Que tal vez debería conformarme con algo más estable, más sencillo, más… normal.

Pero nunca supe cómo hacerlo.

Miré alrededor.

Rostros tensos. Miradas concentradas. Gente repasando textos, otros fingiendo calma. Todos compartíamos el mismo espacio y, sin embargo, cada uno estaba completamente solo en su propia historia.

Fue entonces cuando vi a la chica.

No entró haciendo ruido ni acaparando atención. No hubo nada espectacular en su llegada. Simplemente apareció, como si siempre hubiera estado destinada a ocupar ese espacio.

Se sentó cerca de la pared, con el guión apoyado en las rodillas. Observaba más de lo que hablaba. Había en ella una energía particular: inquieta, luminosa, como si estuviera conteniendo un torbellino detrás de una calma aprendida.

No me quedé mirándola.

O, al menos, no demasiado.

Pero algo se quedó conmigo desde el primer momento. Tal vez fue la forma en que respiró hondo, como si necesitara recordarse a sí misma que estaba allí. O quizá esa expresión suya, una mezcla extraña de ilusión y cansancio.

Me recordó a mí.

Pensé que sería solo eso. Una observación pasajera. Una cara más entre tantas.

Hasta que levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron durante un segundo exacto. Ni uno más. Ni uno menos.

Me sonrió.

No fue una sonrisa calculada. No fue estratégica. Fue real. Abierta. De esas que no esperan nada a cambio.

Me pilló desprevenido.

Dudé un instante antes de devolverle la sonrisa. No porque no quisiera, sino porque no suelo hacerlo. Sonreír así, sin motivo, sin contexto, se me da peor de lo que parece.

Pero lo hice.

Y en ese gesto pequeño sentí algo moverse dentro de mí. Nada grande. Nada dramático. Solo una curiosidad tranquila, persistente.

¿Quién era?

¿Por qué había sentido la necesidad de sonreírle de vuelta?

Aparté la mirada antes de darle demasiada importancia. No era el lugar. No era el momento. Los castings no son sitios para distracciones. O eso me repetía.

Mientras esperaba a que llamaran a la siguiente persona, pensé en mi vida más allá de esas paredes. En todo lo que aún no sabía qué hacer con ella. En cómo había construido mi mundo alrededor de interpretaciones, personajes y versiones de mí mismo.

A veces me pregunto quién soy cuando no estoy actuando.

Si existe una versión de Noah Parker que no dependa de un guión, de una cámara, de la validación ajena.

No tengo todas las respuestas.

Solo sé que quiero seguir adelante. Que quiero historias que me reten. Que quiero sentir que lo que hago importa, aunque sea solo para alguien más en una sala de cine.

Pensé, sin saber por qué, en la chica de la sonrisa.

En cómo había conseguido, en apenas unos segundos, romper la monotonía de un lugar que ya creía conocer.

Escuché mi nombre. Me incorporé despacio, guardé el guión bajo el brazo y caminé hacia la puerta. Antes de entrar, miré una última vez hacia la sala de espera.

Ella seguía allí.

Concentrada.

Real.

No sabía si volvería a verla después de ese día.

Pero algo me dijo que esa sonrisa no sería fácil de olvidar.

Y, por primera vez en mucho tiempo, esa idea no me asustó.

Al contrario.

Me pareció una posibilidad. Y crucé la puerta.