Amor contra las cuerdas Capítulo 53
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Capítulo 53

J ACKSON

Cuando veo que la zona se llena de antidisturbios, la presión desaparece porque sé que todo ha acab ado, que todo ha salido bien.

La gente ha empezado a correr.

Por eso Kilian no se ha esperado a abrazarme, porque sabía que no iba a tener consecuencias. Sabía que todo había finalizado. Por ese motivo cojo su mano y empiezo a correr con el corazón sanando en segundos.

Él me sigue cuando, de pronto, noto que algo se aferra a mi tobillo y doy un traspié.

Giro la vista hacia atrás rápidamente y veo a Sylas cogiéndome el tobillo, tirado en el suelo y con la nariz sangrando. La gente le pasa por encima. No lo ven. Huyen por su supervivencia. No quieren que los arresten.

—Que te follen —le digo antes de sacudir el tobillo con fuerza y liberarme de su agarre.

Kilian me suelta la mano y en un instante coge a Sylas de la camiseta y lo empuja contra el suelo.

—Esto es por ponerle una mano encima a mi novio —dice partiéndole la nariz de nuevo con uno de los puñetazos más fuertes que he visto a alguien dar en toda mi vida.

Crac.

Ignoro que ha dicho «mi novio» para referirse a mí. Sylas pone los ojos en blanco por el dolor. Y veo en la cara de Kilian que no se ha quedado satisfecho, aunque le suelta la camiseta y vuelve a cogerme la mano.

No tenemos tiempo para esto.

Tenemos que irnos de aquí antes de que algo se tuerza. Por eso dirijo a Kilian al túnel más pequeño de todos, por el que nadie va, ya que muchos prefieren no meterse en túneles que no saben si tienen final, principalmente porque son el hogar de gente peligrosa.

Kilian y yo corremos unos minutos antes de localizar unos colchones tirados, cerca de unas mesas llenas de comida podrida y agujas usadas.

Al final, vemos cómo la luz de la luna entra por el túnel.

Salimos y el aire fresco nos envuelve de forma agradable después del ambiente tan sucio y caluroso de los túneles.

—Aquí deberíamos estar bien —le digo a Kilian apartándolo hacia una esquina, y él asiente.

Intento recuperar el ritmo de mi respiración, superado por la situación.

—¿Estás bien? —susurra Kilian.

Respiro varias veces y niego con la cabeza.

—No. No lo estoy. Todo esto es demasiado, joder.

De pronto, me entran unas irrefrenables ganas de llorar.

Kilian asiente y coge mis manos entre las suyas.

—No nos van a volver a molestar —dice acariciándome las manos—. Y no he matado a ese hijo de puta de milagro…

—No es tu lucha. Estoy seguro de que la vida le traerá las consecuencias de las cosas que me hizo. Ese puñetazo es una de ellas —le digo, y él sonríe.

Cojo aire y me tomo mi tiempo en enredar los dedos en el pelo sudado de la nuca de Kilian y en atraer sus labios hasta los míos, e instantáneamente me siento de nuevo como en casa. Vuelvo a sentirme protegido. Vuelvo a encontrarle sentido a todo.

—Nunca vuelvas a desaparecer —le pido cuando nos separamos—. Si me quieres dejar ir, dímelo, pero no vuelvas a hacerlo así. Es lo peor que le puedes hacer a alguien.

—Tendría que estar loco para dejarte ir, Blake.

Nunca más me voy a alejar de ti, no si no me lo pides.

Te quiero en mi vida para siempre. Estos días han sido horrendos sin ti.

Me he dado cuenta de que te necesito como el puto aire para respirar —confiesa con los ojos llorosos—.

Le has devuelto el sentido a mi vida, Jackson.

Nunca más te haré daño —me promete—. Ya no hay ninguna razón para hacerlo. Somos libres…

Kilian sonríe y le seco una lágrima de la mejilla.

—Mira que odio las cursiladas, pero las tuyas me vuelven completamente loco —le digo antes de volver a besarlo.

Mientras nuestros labios se reconocen, se exploran y se acarician, mi mente viaja a momentos remotos con él.

La pizza en Tommy’s, el beso en la discoteca, el puñetazo que me dio tras el primer combate, nuestra primera cita, el primer beso después de ser nombrado mi entrenador, la nota que me dio al regalarme los guantes por mi cumpleaños…

Me río entre sus labios y siento por fin que el aire no quema.

—¿Qué pasa? —me pregunta, curioso, sin soltarme la cintura.

—Estaba pensando en la nota que venía en los guantes que me regalaste por mi cumple. ¿Te acuerdas?

Kilian frunce el ceño y ladea un poco la cabeza, haciendo memoria.

—¿La de las cuerdas? —pregunta con una media sonrisa.

Asiento.

—Decía: «En este mundo siempre intentarán tenerte contra las cuerdas, pero yo nunca voy a dejar de pelear por tu esquina».

Él suelta una risita ronca y se encoge de hombros, pegando su frente a la mía.

—¿Y qué tiene de gracioso eso ahora, Blake?

—Pues que creo que me has tenido contra las cuerdas más tiempo del que me gustaría admitir, Fierce —le confieso, rozando su nariz con la mía—. Entre tu padre, Sylas y tus planes raros, casi muerdo la lona unas cuantas veces.

Kilian sonríe de esa forma que hace que todo el caos desaparezca. Me mira como si fuera lo más valioso que ha ganado en toda su carrera, y esta vez no hay ninguna apuesta de por medio.

—Bueno —dice antes de besarme con una lentitud que me detiene el pulso—, pues ahora que hemos ganado el combate, me toca bajarte del ring y llevarte a casa.

Kilian me coge la mano y entrelaza sus dedos con los míos, y ambos nos miramos antes de salir corriendo de los túneles hacia el coche de Will, bajo la luz del amanecer que ya empieza a bañar las calles de Las Vegas.

Porque ambos dijimos que lucharíamos por estar juntos.

Porque ninguno se acobardó cuando la presión arreciaba.

Nos mantuvimos fuertes el uno para el otro, aprendimos a leer nuestros silencios y a confiar cuando todo gritaba que huyéramos.

Decidimos pelear por esta conexión, por este amor que nos sacó del barro y nos puso en pie.

Ya no estamos contra las cuerdas. Ahora, el cuadrilátero es nuestro.

Joder, Kilian Fierce.

No puedo esperar a que el mundo sepa lo muy enamorado que estoy de ti.

Dos meses antes

Los graves de la música suenan tan fuerte que me martillean los huesos.

Estoy en la barra, con un vaso de whisky aguado entre las manos y la mirada perdida en el reflejo del espejo empañado.

He vuelto a Las Vegas, pero la ciudad me sigue pareciendo el mismo escaparate de plástico de siempre.

Solo quiero que el alcohol me apague el ruido de la cabeza, la muerte de mi padre, el recuerdo de Londres y esa sensación de que camino sobre una cuerda floja que está a punto de romperse.

Estoy solo. Me gusta estarlo. O eso me repito hasta que el aire a mi derecha cambia de densidad.

Giro la cabeza y ahí está él.

Es una torre de músculo y sombras. Casi dos metros de una presencia que parece absorber toda la luz del local.

Lleva una camiseta negra que se rinde ante la presión de sus hombros y unos brazos que son un mapa de tinta oscura, trazos que suben por su cuello y desaparecen bajo la tela.

Su mandíbula está apretada, marcando una tensión que me resulta familiar.

Tiene los ojos de un gris frío, como el metal, y me está mirando con una chulería que me hace hervir la sangre.

No hay sonrisas. No hay presentaciones. Solo un reconocimiento animal entre dos personas que están igual de rotas.

Él se despega de la barra con una parsimonia que me pone en alerta y camina hacia mí. Se detiene tan cerca que su calor me golpea la cara. Huele a cuero, a piel limpia y a ese aroma metálico de alguien que vive al límite. Me mira los labios un segundo antes de volver a mis ojos.

Parece que le da igual todo.

—¿Qué tal? —dice, chulesco. Su voz grave en mi oreja hace que me vibre el pecho.

—Podría estar mejor —respondo, sosteniéndole el pulso sin parpadear.

Él no pregunta mi nombre. No le importa quién soy, ni a mí quién es él. Solo importa esta electricidad que ambos parecemos notar. Inclina la cabeza y señala con la barbilla hacia una zona al fondo del local, un rincón oscuro entre columnas de hormigón donde los neones no llegan.

—¿Ves ese rincón de ahí? —pregunta. Y la insinuación se evapora entre nosotros.

Miro el hueco sombrío. El pulso se me acelera hasta que me pitan los oídos. Capto el mensaje al instante.

—Sí —respondo.

—Ven.

Es una orden seca. Me bajo del taburete y lo sigo.

Su espalda es una pared de músculo tatuado que se abre paso entre la multitud.

Al llegar al lugar, se gira de golpe y me empuja contra el hormigón.

El frío de la pared contra mi espalda contrasta con el fuego que desprende su cuerpo cuando se cierne sobre mí, acorralándome.

Sus manos se apoyan a los lados de mi cabeza. Son manos grandes, con los nudillos marcados por mil batallas que no me interesan. Se queda a milímetros de mi cara y me obliga a respirar su aliento.

—Me vas a meter en un lío —masculla contra mi boca.

—Seguro que sí —le respondo, agarrándolo por el cuello de la camiseta.

Y entonces me besa.

No hay suavidad. Es un choque de dientes, lengua y hambre.

Es un beso sucio, desesperado, cargado de toda la frustración que ambos llevamos encima.

Sus manos abandonan la pared; una se clava en mi nuca, tirando de mi pelo para que me pegue más a él, y la otra baja a mi cadera, apretándome con una fuerza que me va a dejar marcas.

Gimo contra su boca y hasta pierdo el sentido de dónde estoy.

Sus labios son calientes, exigentes, y saben a la cerveza que no se terminó.

Mis manos viajan por sus brazos, sienten el relieve de los tatuajes bajo las yemas, palpan la dureza de unos tríceps que parecen de piedra. Es una bestia. Es puro poder.

Me pega contra su cuerpo de tal forma que noto su gran erección contra el muslo.

Nos frotamos con una urgencia animal que no podemos saciar aquí en medio.

Buscamos en el otro un alivio que el alcohol no nos ha dado.

El ruido de la discoteca desaparece. Solo existe la fricción de su piel contra la mía, el calor de su aliento y esa sensación de que, por fin, he encontrado a alguien que entiende mi desastre sin decir una sola palabra.

En este rincón oscuro, bajo la luz parpadeante de un neón que se muere, somos dos extraños que se anhelan con una locura destructiva. No hay nombres. No hay pasado. No hay futuro. Solo este deseo eléctrico que nos consume.

Aún no sé que mañana este mismo hombre será mi oponente.

No sé que sus manos, que ahora me sujetan con una desesperación feroz, mañana buscarán mi mandíbula bajo los focos del ring.

Tampoco sé que esta pasión se convertirá en la razón por la que aprenderé a querer.

Ahora mismo, en esta esquina de Las Vegas, él es lo único que me hace sentir vivo.

Y estoy dispuesto a dejar que me queme por completo.