Amor contra las cuerdas Epílogo
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Epílogo

J ACKSON

Me subo al asiento del copiloto del coche de Kilian. Noto cómo el pecho se me anuda por los nervios. Hoy acaba la liga. Hoy sabremos los resultados…

Y s i gano, la gente sabrá lo nuestro.

Una sonrisa se dibuja en mi cara.

—¿Tienes ganas? —me pregunta.

—Ni te imaginas…

Kilian acelera y, como de costumbre, llegamos a nuestro pabellón. Donde empezó la gira y, a su vez, donde va a acabar.

Y, sí, donde lo hicimos por primera vez.

Durante el trayecto, Kilian va alternando entre mi muslo y la palanca de marchas. Este tío me va a volver completamente loco, y si se piensa que no voy a darlo todo en el ring, lo lleva claro.

Mi contrincante de hoy es duro de pelar, y no porque sea enorme o muy fuerte, sino por su velocidad.

Hemos pasado estos dos días viendo vídeos suyos mientras descansábamos, y aunque lo ideal hubiera sido haber evitado todo lo de las peleas, la mafia y el conflicto entre nosotros, nos hemos conformado con lo que teníamos. Dos míseros días.

Por no hablar de nuestro poco autocontrol. Hemos estado el uno encima del otro más tiempo que separados.

De pronto, noto cómo Kilian detiene el vehículo a varias manzanas del pabellón, seguramente para que no nos reconozcan antes de entrar.

Durante la liga, entre los dos hemos conseguido casi dos millones de seguidores. Una puta locura.

Suspiro antes de bajarme del coche, preparándome mentalmente para lo que se viene.

Entro al estadio mientras intento calmar los latidos desenfrenados de mi corazón.

En los vestuarios, escucho cómo la multitud ruge en una mezcla de expectativas y adrenalina.

Mi cuerpo ya conoce esta sensación, pero, joder, hoy…

, si todo sale bien, por fin voy a conseguir la vida que tanto he anhelado.

Intento no morirme de los nervios mientras espero mi turno. Los muy cabrones me han dejado para el final, aunque eso en cierta parte es bueno. Normalmente, se deja la pelea más interesante para terminar y así retener la expectación del público.

Tras unas horrendas horas dando vueltas por el vestuario, lavándome la cara para intentar relajarme y viajando por las aplicaciones de mi teléfono, por fin Kilian me avisa de que me toca pelear.

Por última vez, Kilian me pone las vendas con cariño y contengo las ganas de hacerle el amor ahora mismo. La tranquilidad de su mirada se me contagia como si fuera un rayo de luz directo a mi corazón. Me pone los guantes y, cuando cierra el velcro del segundo, deposita un beso en este.

—A por todas —dice, y yo asiento.

No puedo besarle ahora mismo. No con todos mirándonos.

Cojo aire y reúno el valor antes de salir.

Mientras camino hacia el ring, mis ojos buscan entre la multitud.

No sé qué espero ver primero, pero, cuando los distingo, algo dentro de mí se asienta.

Dean, Sarah, mi madre… Están ahí, con los ojos clavados en mí, llenos de apoyo y orgullo.

Dawn está junto a ellos, con una media sonrisa que parece decirme que todo saldrá bien. También están Will y Ann.

Respiro hondo y dejo que el rugido de la gente se desvanezca a mi alrededor.

Ahora solo existimos Kilian y yo. Lo que siento por él y lo que he aprendido a su lado.

Mis pies avanzan hacia el ring, y cada paso es un recordatorio de por qué estoy aquí.

Al llegar, me giro una vez más para encontrarme con esos ojos grises que tanto me han dado.

Kilian me dedica una pequeña inclinación de cabeza, suficiente para darme ese último impulso.

No estamos luchando solo por el trofeo. Estamos luchando por lo que viene después, por la vida que queremos tener juntos.

Por la que llevamos luchando todos estos meses.

El ambiente en el estadio se vuelve tenso cuando subo al ring. Mi oponente ya está allí, delgado, musculoso y con una mirada afilada, listo para atacar en cualquier segundo. Mi corazón martillea en mi pecho y mis músculos se contraen, pero no puedo achantarme ahora mismo.

Siento la expectación en cada mirada dirigida a nosotros, esperando la explosión que está por venir. Pero lo único que oigo es la voz de mi cabeza.

«Kilian está aquí. Todos están aquí. Has podido contra tu ex. Has podido contra una mafia. Has superado tus miedos. Esto se te queda pequeño. Puedes ganar», me digo.

El árbitro marca el inicio. El mundo se reduce a mis puños y a ese delgado adversario que avanza con velocidad.

Los primeros intercambios de golpes son rápidos y precisos, como esperábamos.

Se mueve con agilidad, lanzando jabs directos a mi rostro.

Bloqueo la mayoría, pero uno me alcanza la mejilla.

Siento la vibración del golpe en la mandíbula, pero no dejo que me desconcentre.

Sé que tengo más fuerza, y él también lo sabe; por eso su estrategia es golpear rápido y moverse antes de que pueda atraparlo.

Respondo con un derechazo, seguido de un gancho al cuerpo.

Siento la resistencia de su abdomen cuando mi puño conecta con este.

Gime y da un paso atrás; sus ojos se entrecierran.

Es rápido, pero distingo el temor en sus movimientos.

Empieza a retroceder, buscando espacio para volver a atacar, pero no pienso darle ventaja.

Lanzo una combinación implacable: un jab para medir la distancia, luego un uppercut que le roza el mentón.

Vacila, y ese es el momento en el que sé que puedo terminar esto.

Me abalanzo sobre él y cierro la distancia.

Cada golpe lanzado tiene la intención de quebrar su defensa.

Lo golpeo en el costado y oigo cómo se le corta la respiración.

Sigue moviéndose, intenta escapar, pero lo tengo acorralado.

Esquiva un gancho que habría terminado la pelea, pero no se libra del siguiente: un directo potente que lo hace tambalearse. Sus rodillas ceden y, por un segundo, parece que va a caer, pero consigue mantenerse en pie, aunque apenas.

La multitud grita, se agita, espera la conclusión inevitable.

Lo miro a los ojos y veo que ya está derrotado, aunque su cuerpo siga en pie.

Con un último rugido interno, lanzo una serie de golpes sin darle espacio para reaccionar: uno al rostro, otro al hígado.

Y, finalmente, un gancho brutal a la mandíbula lo manda al suelo.

El silencio se apodera de la grada por un instante, justo antes de que el árbitro comience la cuenta.

Noto la respiración agitada, el sudor recorriendo mi frente y la mirada de Kilian fija en mí desde el otro lado.

Siento su aprobación, su confianza, como si todo dependiera de este momento.

El árbitro llega a diez. El chico no se levanta. La pelea ha terminado. Kilian sonríe.

La euforia me invade por completo. La victoria resulta agradable, pero lo que realmente me importa es lo que viene después.

Busco a Kilian entre la multitud y ahí está, saltando las cuerdas sin preocuparse por nada ni nadie.

Ni siquiera espera a que el árbitro me nombre ganador.

Todos saben quién ha ganado. Antes de que pueda procesarlo, está frente a mí con una mirada que lo dice todo.

No importa quién nos esté viendo; este es nuestro momento.

Y entonces, en medio del ruido ensordecedor, sus labios encuentran los míos. Es un beso cargado de alivio, de triunfo y de una declaración que ya no necesitamos esconder. La multitud enloquece, pero nosotros solo sentimos la paz de haber ganado algo mucho más grande que una pelea.

El beso sucede como un destello en medio del caos.

En el instante en que los labios de Kilian tocan los míos, el mundo se detiene.

La grada repleta de personas que vinieron a ver una pelea ahora se encuentra ante algo completamente diferente.

Durante unos segundos, hay un silencio aturdido, como si la multitud intentara procesar lo que acaba de suceder.

Pero luego, como una ola que rompe con fuerza, los gritos estallan desde todos los rincones.

La euforia es palpable, un zumbido en los oídos.

Veo caras con expresiones de sorpresa, algunas con sonrisas sinceras y otras incrédulas.

Pero lo más importante es que, en medio de esa reacción mixta, hay una sensación de libertad absoluta, como si al fin pudiéramos dejar de escondernos.

Kilian y yo estamos ahí, frente a todos, sin importar lo que piensen.

La cámara nos enfoca y captura el momento que quedará en la memoria de todos los que están aquí, inmortalizando nuestro beso en pantallas gigantes.

No es un simple gesto, es una declaración.

Nadie en este lugar tiene dudas de que estamos juntos, de que esto es real.

Y con cada grito y aplauso que surge entre la multitud, sé que hemos superado todas las expectativas.

Con la respiración agitada y mi corazón latiendo a mil por hora, Kilian se aleja apenas un poco, lo suficiente para tomar un micrófono.

Me mira con esa sonrisa medio torcida que tiene cuando está a punto de soltar una cursilada.

Siento su mano rozando la mía, buscando apoyo mientras él toma aire y se prepara para hablar.

Lo que vamos a hacer no es fácil, pero es necesario.

La multitud se calma, expectante, mientras Kilian alza la voz:

—Sé que muchos de vosotros nos habéis visto luchar aquí, pero lo que tal vez no sabéis es que nosotros también hemos estado luchando fuera del ring…, luchando para ser quienes somos sin tener miedo.

Su voz suena fuerte y clara, probando que esta pelea ha sido mucho más grande que los golpes intercambiados hace unos minutos.

—Hemos aprendido que no se puede vivir con miedo, ni dejarnos llevar por lo que otros esperan de nosotros. Estamos aquí, juntos, y no nos vamos a esconder más.

El público reacciona con una mezcla de gritos y aplausos.

Algunos silban, otros lanzan vítores, pero lo que más destaca es la sensación de alivio y determinación en mi pecho.

Kilian me toma del brazo y lo levanta junto al suyo como si estuviéramos celebrando una victoria mucho más importante que el combate.

Este es nuestro momento, nuestra declaración ante todos.

Kilian tuerce el gesto cuando escucha que una parte del público comienza a abuchear.

—Ah, y si no os gusta, dejadme recordaros que sigo siendo el mismísimo Killer. No dudaré en partir bocas si hace falta —amenaza, y me sonríe negando con la cabeza.

Me coge de la barbilla antes de sacarle el dedo al público y volver a juntar sus labios con los míos.

Los abucheos paran, y yo me río entre sus brazos.

—Te quiero mucho, Blake. ¿Estás preparado para vivir la vida de una vez? —susurra al separarse de mí.

—Preparadísimo —afirmo, y entrelazo sus dedos con los míos.

Cuando bajamos del ring, las luces todavía parpadean y el ruido de la multitud sigue como un eco en nuestros oídos.

Pero ahora no importa nada más que la gente que está ahí para nosotros.

Al caminar hacia los pasillos, veo a mi familia y amigos esperando cerca.

Dean y Sarah son los primeros en alcanzarnos, sonriendo con orgullo y soltando alguna broma que me hace poner los ojos en blanco.

Dawn está detrás, con una expresión que mezcla alegría y alivio.

Nos abraza a ambos, primero a Kilian, luego a mí, y susurra algo sobre lo orgullosa que está.

Más atrás, veo a mi madre, con una mirada que combina emoción y preocupación, porque aunque entiende lo que significa este momento, también sabe que lo que viene no será fácil.

Kilian la saluda con respeto y recibe un abrazo que él probablemente no esperaba, tras prometerle que va a cuidar de mí como me merezco. Mi madre no duda en que dice la verdad.

Es un momento de felicidad pura, de celebración, pero también de un tipo de cierre que nunca pensé que llegaría.

Mientras caminamos juntos hacia la salida, con las cámaras todavía siguiéndonos y los flashes cegándonos, sé que este es el final de una lucha, pero también el inicio de otra.

Una donde Kilian y yo estaremos lado a lado, sin tener que ocultarnos más. Sin secretos, sin miedos. Juntos.

Porque Kilian me avisó de que cumplir este sueño podría llegar a ser como estar contra las cuerdas.

Pero ahora mismo estamos en el puto cielo.

Y no voy a permitir que nada ni nadie me baje de él.