Amor contra las cuerdas Capítulo 51
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Capítulo 51

J ACKSON

No hace falta que me retiren la venda de los ojos para saber dón de estoy.

Está todo en silencio.

—El infierno es el único lugar en el que el diablo no se quema —dice Sylas con la voz firme. No hay duda. Estamos en los putos túneles. La gravilla suena mientras avanzamos. El eco de nuestros pasos reverbera cada vez más, lo que significa que poco a poco nos vamos internando en los túneles.

Tengo las manos atadas y los ojos vendados. No es Sylas quien me guía y, aunque no sepa quién es, lo prefiero así. Él dejaría que chocase con cualquier cosa afilada de los túneles con tal de verme sufrir.

Doy un paso tras otro cuando poco a poco va oyéndose el bullicio de la multitud. Tomo aire como puedo.

Kilian tiene que estar aquí. Si no, todo esto no habrá valido para absolutamente nada, y mi vida…

Joder. Recuerdo que después de la primera pelea ilegal de la temporada, cuando Kilian me encontró y me llevó a su casa, él me contó de lo que era capaz su padre. Que no solo hacia esto, sino que también traficaba con drogas, armas… y personas.

Me entra un escalofrío y aprieto los puños. Tengo que estar preparado para cualquier cosa.

Para que luego digan que no es posible morir por amor…

Suspiro y justo me golpean la parte trasera de las rodillas y me caigo al suelo. Llevo unos pantalones cortos de entrenar y se me clavan algunas piedras en las rodillas. Pero ya me da igual; cuando ya te han golpeado tanto llega un momento que deja de doler.

—¡NO LE HAGAS DAÑO! —oigo que ruge una voz más que familiar.

Mi corazón se salta un latido. Es él.

Noto cómo me quitan la venda de los ojos y no tardo en verle. Sus ojos grises están rodeados de unas profundas ojeras, pero su mirada me dice absolutamente todo lo que tengo que saber. Lo tiene todo controlado. Lo sé cuando él me asiente.

Forcejeo entre las cuerdas y las manos de la persona que me agarra. Necesito abrazarlo. Necesito saber que está aquí conmigo, que todo está bien.

Por fin me dejan libre y corro hacia él. El impacto de mi cuerpo con el suyo es lo mejor que me ha pasado en toda la puta vida.

Él me estrecha entre sus brazos, y oler su aroma corporal me devuelve a casa. A la tranquilidad que hace casi una semana que no tengo.

—Lo siento, lo siento, joder —me susurra al oído con la voz rota—. Nunca he dejado de quererte… Tú solo… aguanta.

«Nunca he dejado de quererte».

Sus palabras calan muy hondo dentro de mí, como si fuera lo único que necesitaba escuchar desde hace días.

—¿A qué…?

—Qué puto asco… ¡Separadlos, joder! —pide Sylas interrumpiéndome.

Dos matones nos colocan a cada uno en un lado opuesto del círculo.

De pronto, la gente empieza a gritar clamando a alguien que no veo.

—Te quiero —me dice articulando con la boca.

—Y-y yo… qu… —respondo sin entender muy bien qué está pasando.

La multitud se separa para dejar pasar al padre de Kilian, que pide más y más aplausos. La gente grita ensordecedoramente.

Todos callan cuando alza un puño al aire. Sonríe como un maníaco con poder. Como lo que es.

—Bueno…, supongo que ya los conocéis y que por eso estáis aquí…, pero, para quien no lo sepa, estos son Kilian Fierce, mi hijo —lo señala y la gente lo aclama mientras él baja la mirada—, y Jackson…

No sabe mi apellido. Sonrío.

—Como sea… Todos los aquí presentes están enterados de lo que sois y se mueren por ver quién cae primero…

Tuerzo el gesto cuando caigo en lo que va a suceder ahora: Nos van a hacer pelear el uno contra el otro.

—En el lado de Kilian hay apostado un millón de dólares, una cifra baja en comparación con los tres millones apostados por la caída de Jackson —informa Sylas.

Niego con la cabeza lentamente. La gente está enferma…

—Lo interesante es que el combate no termina…

La gente vuelve a dejarse los pulmones gritando. ¿Cómo que no tiene fin? Vuelvo a apretar los puños.

—Ya sabéis, sin reglas. Y esta vez sin fin.

—Hasta que la muerte os separe… —añade Sylas andando entre nosotros despacio.

Kilian asiente y yo frunzo el ceño. ¿En serio vamos a hacer esto?

Sylas se cruza de brazos y el padre de Kilian desaparece entre el barullo.

Me vienen a la mente imágenes de Kilian dejándome bajo la lluvia y mi corazón se contrae. ¿Cómo que aguante? ¿Que aguante a qué, a que nos maten si no nos matamos entre nosotros?

No quiero. No quiero pegarle. No estoy preparado. Doy un paso atrás. Me empujan hacia delante y pego un traspié.

Tres millones de dólares por mi caída… La gente espera que muera aquí, a manos de Kilian…

«Kilian necesita tu ayuda».

Y la va a tener.

Flexiono las rodillas y me pongo en posición.