Amor contra las cuerdas Capítulo 50
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Capítulo 50

K ILIAN

Una hora antes

Me va a dar algo. Siento que el air e no me llega a los pulmones de forma limpia, como si el oxígeno se hubiera vuelto espeso, difícil de tragar.

Vivo con un miedo constante, un terror sordo que me recorre la espina dorsal desde el momento en que le entregué el transportín a Dawn y salí disparado hacia el aeropuerto.

Siento que voy a explotar. Cada fibra de mi cuerpo me grita que dé la vuelta, que corra hacia él, que lo estreche entre mis brazos y le diga que todo es una farsa, que este adiós es el precio que tengo que pagar para comprar nuestra libertad.

Jackson tiene que saber que nunca lo dejaría. No puede rendirse. No aún. Pero el silencio es mi única arma y, a la vez, mi propia tortura.

Rezo por que todo salga bien mientras el taxi me deja en la terminal. Camino entre la multitud sintiéndome como un espectro. Mi vuelo es a… ¿Londres? Me meto en el correo donde está el billete y lo confirmo. Londres.

Sonrío con una amargura que me quema los labios. Si todo va como lo he planeado, nunca debería pisar suelo inglés. Nunca debería cruzar el charco. No ahora, no cuando mi vida entera está aquí.

Paso el control de seguridad como un autómata.

La gente va de aquí para allá, familias emocionadas yéndose de vacaciones de Pascua, niños arrastrando maletas de colores y risas que me suenan a insulto.

Miro a mi alrededor y el agobio me atenaza la garganta.

Hay muchas maletas, muchos rostros anónimos, pero ningún trabajador de mi padre. Nadie me sigue. Nadie me detiene.

Cuando veo una melena rosa neón moverse entre la multitud, algo se enciende en mi pecho.

Ruby. Tiene que ser ella. Pero cuando la chica se gira, es una desconocida.

Suspiro y empiezo a sentir cómo la esperanza se me escurre entre los dedos.

Empiezo a rendirme. Un viaje a Londres tampoco me vendría mal…

, pero Jackson… Dios, Jackson. Si me voy, si este avión despega, él lo sabrá por las redes.

Verá los titulares. Leerá que Killer ha huido como un cobarde y dará lo nuestro por terminado.

Y eso no puede pasar. No puedo permitir que piense que no ha valido la pena.

Pero no puedo escribirle. No puedo llamarle. Cada mensaje es un rastro que mi padre podría seguir.

Estoy con la cabeza gacha, sentado en una de esas sillas metálicas e incómodas de la puerta de embarque, hasta que anuncian mi vuelo.

Me levanto. Mis piernas pesan toneladas.

Londres a las seis y media de la tarde. Ya no hay vuelta atrás.

Decidido, doy un paso tras otro y siento que estoy a punto de romperme en mil pedazos.

La imagen del rostro de Jackson, con esa mirada de herida abierta que me dedicó la última vez, reaparece en mi mente.

«¿Vienes, me jodes la vida y te vas?».

No, joder. No me voy. Es por nosotros. Es para que podamos estar juntos sin mirar por encima del hombro.

Me tiemblan las manos cuando le enseño el pasaporte a la azafata.

Ella me dedica una sonrisa profesional, amable, y yo me arrepiento al instante de todo.

¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué cojones he decidido jugar a los héroes solo?

Jackson sufre. Ann sufre. Yo me estoy muriendo por dentro.

Pero tengo que acabar ya con esta pesadilla, y la única forma era esta.

O, al menos, la primera que mi cerebro desesperado pudo concebir.

Mi padre tiene que creer que voy a abandonar Las Vegas para que sienta que pierde su inversión, para obligarlo a detenerme y así poder pillarlo con las manos en la masa.

Pero para eso tiene que volver a capturarme.

Tengo que ser el cebo. He creado esta ruptura pública para darle los motivos suficientes para creer que me rindo.

Aunque lo que mi padre no sabe es que he prometido mil y una veces no abandonar a Jackson.

Le prometí que me quedaría. Que lucharía por él.

Que me daría igual el resto del mundo porque quien hace que me lata así el corazón es él.

Y solo él. Y yo soy suyo. Completamente suyo.

No te tengo miedo, papá. Voy a luchar por el amor de mi vida y, de una vez por todas, voy a acabar contigo.

Aprieto el móvil con tanta fuerza que los dedos me duelen mientras avanzo por el túnel hacia el avión.

Cada paso es una lucha contra el instinto de huir.

Miro alrededor una última vez antes de entrar en la cabina.

En la cola de pasajeros no hay nada sospechoso.

Nadie me observa. Nadie se acerca. Nadie viene a por mí.

Subo un escalón. Luego otro. Cruzo la puerta y el frío del aire acondicionado me atraviesa la piel como agujas.

Se me eriza el vello de los brazos. No sé si es por el frío o por el pánico de que el plan esté fallando.

Encuentro mi asiento. Me dejo caer y coloco la mochila entre las piernas.

Es ridícula. Todo lo que queda de mi casa, de mi identidad, cabe en ese trozo de tela.

Trago saliva y espero. Eso es lo peor. Esperar sin poder hacer nada.

Cierro los ojos, pero mi cabeza es un campo de batalla lleno de gritos y sombras.

Las azafatas empiezan con las instrucciones de seguridad, sus voces mecánicas son el ruido de fondo de mi propia ejecución.

Mi pierna no deja de moverse. El asiento a mi lado está vacío, como un recordatorio de la soledad que me espera si esto sale mal. La náusea me sube hasta la garganta. Quiero vomitar, quiero gritar, quiero detener el tiempo.

El avión empieza a moverse. El retroceso es lento, pesado.

Por favor… Joder… Necesito que salga bien.

Miro por la ventana mientras nos acercamos a la pista de despegue.

El avión frena. Se detiene un segundo que parece una eternidad.

Mi corazón se para con él. Vamos a despegar.

Ya está. Todo está perdido. Si me voy, Sylas tendrá vía libre para raptar a Jackson.

Hará con él lo que le dé la gana mientras yo estoy a diez mil metros de altura.

Habré perdido. Habré fallado a la única persona que me ha hecho sentir humano.

El avión acelera de repente. El rugido de los motores es ensordecedor, una bestia que me empuja contra el respaldo.

Siento una presión insoportable en el pecho, como si el aire me estuviera aplastando desde dentro.

Vamos a despegar. Has perdido al amor de tu vida. Y esta vez sí que es tu culpa, Kilian.

Una lágrima me recorre la mejilla. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces he llorado estos días, pero esta vez no me contengo.

Me lo permito porque me lo merezco por haber sido tan imbécil.

El avión gana una velocidad vertiginosa, el suelo empieza a ser un borrón de luces y asfalto.

Mi corazón se rompe un poco más con cada metro.

Miro por la ventana esperando el momento en que el suelo desaparezca y el abismo nos trague.

Pero entonces, el morro del avión no se eleva.

Suena una alarma estridente en la cabina.

El murmullo de los pasajeros crece en un segundo hasta convertirse en un clamor de desconcierto.

El avión frena de golpe, un frenazo violento que nos echa hacia delante contra los cinturones.

Algunos pasajeros gritan. Otros preguntan qué pasa con voces agudas.

Yo no. Yo me quedo inmóvil, con los ojos fijos en la nada. Lo sé.

Me seco las lágrimas con un movimiento rápido y brusco.

Respiro hondo mientras siento cómo toda la ansiedad se repliega para dejar paso a la frialdad de Killer.

No pueden notar mi alivio. No pueden saber que esto es exactamente lo que buscaba.

Mi padre no deja ir a quien lo hace millonario. Nunca lo ha hecho.

Por los altavoces suena una voz titubeante, nerviosa. Es la piloto.

—Kilian Fierce, por motivos de seguridad tiene que abandonar el avión. La tripulación lo guiará hacia la salida. Disculpen las molestias.

Y, por primera vez en todo el día, el miedo se transforma en adrenalina pura. Siento que la guerra acaba de empezar porque reconozco esa voz perfectamente. No es la piloto. Es Ruby.

Casi vuelvo a llorar, pero esta vez de pura victoria contenida. Jackson, aguanta… solo un poco más.

Agacho la cabeza, fingiendo molestia y confusión, mientras grabo el rostro de algunos pasajeros que ya tienen sus móviles fuera.

Me disculpo por lo bajo, actuando como el deportista caído en desgracia que solo quiere escapar.

Espero unos minutos en la puerta mientras colocan la escalera de emergencia.

Por la ventana, veo la melena rosa neón de Ruby destacando entre varios hombres de traje oscuro que no intentan ocultar sus armas bajo las chaquetas.

Sí que era ella.

Bajo los escalones metálicos en cuanto abren la puerta. El aire de la pista me golpea, cargado de olor a combustible y peligro. Ruby me espera abajo, con la mirada clavada en el suelo, apenada.

—Te lo advertí —gruñe cuando llego a su altura.

—¿Qué quiere ahora? —le respondo, apretando la mandíbula tanto que me duele, proyectando toda la furia que mi padre espera ver en mí.

—Ya sabes lo que quiere. No te iba a dejar marchar así como así.

Asiento con brusquedad, dejando que uno de los hombres me agarre del brazo para escoltarme hacia el coche negro que espera con el motor en marcha.

—Llévame con él —sentencio.

Me meto en el vehículo y miro por la ventanilla mientras nos alejamos del avión que debería haberme llevado lejos. Voy a por ti, papá. Y esta vez no pararé hasta que tu imperio sea solo un montón de cenizas a mis pies.