Amor contra las cuerdas Capítulo 49
92%

Capítulo 49

J ACKSON

Tres días. Quedan tres míseros días para que acabe la liga.

Y mi mente no está como para luchar. No cuando la recompensa de ganar esos últimos combates era vivir tranquilos y poder dedicarnos tiempo para hacer que esta relación creciera. Relación que ya no existe ni existirá.

Como de costumbre estos días, ayer no pegué ojo en toda la noche.

Y, joder, necesito dormir. Mi madre no está en casa.

Son las diez de la mañana y yo debería estar entrenando, pero no.

Apenas tengo fuerzas, así que la única solución que encuentro es ir a la habitación de mi madre y tomarme una de sus pastillas para dormir.

Solo necesito unas horas de sueño, sin pesadillas ni mierdas.

Necesito borrar a Kilian Fierce de mi mente como sea. Y duele, duele mucho, porque de verdad que pensaba que iba a ser él

Pero, como siempre, acabo roto, solo y abandonado.

«Al menos este no me pegaba», pienso para mis adentros. Muy bien, Jackson, vas mejorando.

Me trago la pastilla y en menos de veinte minutos acabo dormido en la cama de mi madre con la intención de recuperar el sueño de estos cuatro días.

No sé cuántas horas llevo durmiendo cuando me despierta la vibración de mi teléfono.

Me siento mucho mejor. Cojo el móvil y abro los ojos como platos cuando veo que son las siete de la tarde. He conseguido dormir nueve horas del tirón. Sonrío, pero el gesto se esfuma al instante cuando veo que en la pantalla aparece el nombre de Will.

Contesto.

—¿Sí? —le pregunto con la voz rota de recién despierto.

—Llevo llamándote todo el día, ¿qué cojones te pasa? —me pregunta.

—Buenas tardes a ti también…

—¡Tenéis la final pasado mañana!

¿Pasado mañana ya?

Si pensaba que…

Joder, llevo durmiendo un puto día entero…

Me llevo la mano a la frente y me la masajeo un poco.

—A ver cómo te explico…

—¡No tienes nada que explicarme, ven aquí YA! —dice antes de colgar.

Joder, ¿y este entrena a niños?

Suspiro antes de levantarme de la cama y prepararme la bolsa de deporte.

Si Kilian no quiere entrenarme, pues allá él. No necesito a nadie para llegar a la cima. Y menos a un tío que ni siquiera quiere luchar por mí.

Irónico.

Me subo a la moto y limpio los parabrisas antes de acelerar. La lluvia de ayer lo ha dejado todo fatal.

Cuando llego, escaneo con la mirada toda la estancia, pero no veo a Kilian por ninguna parte.

Bien.

Will me recibe con el ceño fruncido y me manda directo a los sacos, al lado de los niños pequeños. Estos me miran con curiosidad cuando empiezo a estirar.

Noto las agujetas por los entrenos de los últimos días. Sobre todo en los tríceps y hombros.

Empiezo a golpear el saco. Siempre sigo el mismo patrón: Uno-dos, uno-uno-dos-dos.

Gancho. Jab. Uppercut. Paso atrás.

Me noto ejercitado después de haber dormido tanto, y eso ayuda a que no repare en todos y cada uno de los rincones del gimnasio donde Kilian me hizo suyo por primera vez. Los niños y el griterío de Will también ayudan. No me abstraigo del todo, por lo que entreno tranquilo, sin rabia, sin tristeza.

Somos el saco y yo.

Cuando suena la alarma que indica el fin del asalto, decido ponerme con la comba.

Quince minutos de saltos y pura coordinación que he estado mejorando este trimestre.

Nunca me ha gustado porque se me da mal.

De culo, mejor dicho. Al principio siempre me tropezaba, pero mi padre me guiaba.

Me decía que contase el tiempo en mi cabeza como si se tratase de un baile.

Pa-pa-pa-pa.

Y en eso me centro. En el ritmo para saltar sin tropezarme. Estoy tan concentrado que no me entero de que Will me estaba llamando hasta que este se planta delante de mí.

—Ven un segundo —me dice, y yo detengo la comba.

El sudor me recorre la frente mientras atravesamos el gimnasio para ir a su oficina.

Me preparo mentalmente para lo que tiene que decirme.

Abre la puerta y me deja pasar primero. Suspiro antes de sentarme en una de las sillas.

—¿Todo bien? —le pregunto.

—No lo sé, pero quería hablar contigo —dice acercándose a la máquina de café—. ¿Quieres uno? —me ofrece.

—No, gracias.

Hoy tengo que dormir.

—¿Sabes? Estoy muy contento contigo. Ya se lo dije a Kilian en el hospital. Eres muy bueno —señala—. Pero, tío, Kilian está muy distinto desde que llegaste. No sé qué le estás haciendo.

—¿Perdón? —le pregunto—. No le estoy haciendo nada.

Lo que faltaba.

—Le estás haciendo feliz, Jackson.

El corazón me da un vuelco.

—Lo he estado viendo toda la liga. Ha cambiado para bien y sin duda eres el responsable, pero temo que se ponga en peligro por ti.

Tuerzo el gesto. Respiro y suspiro, porque ¿qué le puedo decir?

—Mira…, para que entiendas la situación bien…

—Jackson, que me da igual lo que pase entre vosotros —me corta con la mandíbula tensa—.

Aparte de que Kilian me lo ha contado todo, os he visto más que nadie.

He visto cómo os miráis; hay que estar ciego para no verlo.

Pero lo que quería decirte desde que has entrado es que creo que Kilian va directo a provocar a su padre para poner fin a esto.

Algo dentro de mí se encoge.

—¿Qué va a hacer?

—Esta noche se celebra una de las peleas más gordas de la historia de las ilegales. Ni te imaginas cuánto dinero hay apostado por él. Mis contactos no paran de decirme que se espera mucha sangre, Jackson.

—¿Qué puedo hacer para ayudar? —pregunto, acojonado, porque está claro que si me está contando esto es porque espera que haga algo.

—Ve a por él —dice decidido—. Te necesita, ¿no lo ves? Kilian siempre se aleja cuando cree que va a hacer daño, pero en realidad es él quien necesita que lo salven, Jackson.

—Pero…

—Pero nada. Los dos sois mi responsabilidad. Ve a verlo de nuevo; intenta arreglar las cosas una última vez. Yo… voy a ver qué puedo hacer desde aquí…

—Will, que me ha dejado justo por esta razón… No quiere volver a verme, y yo le dije…

Vuelve a dar un golpe sobre la mesa.

—¿Tú lo quieres? —me pregunta fulminándome con la mirada.

Asiento, controlando las lágrimas que amenazan con salir.

—Pues lucha por él, Jackson. Una última vez. Déjame que os ayude. He estado hablando con Ann por teléfono hace un momento.

Me quedo helado. ¿Ann?

—Es una amiga de Kilian que conocía vuestra situación. Desde que se lo contó, ella no ha parado quieta —continúa Will, bajando la voz—. Ha contactado con la policía y parece ser que han localizado el lugar.

Coge aire y me penetra con la mirada.

—Tenemos que llegar antes de que lo mate, Jackson.

Ann ha filtrado la ubicación a unos contactos que tiene en la unidad de delitos de juego.

Va a haber una redada. Pero si la policía entra a tiros, Kilian no se rendirá; se quedará allí peleando hasta que lo saquen en una bolsa.

Necesita verte a ti. Necesita una razón para dejar de ser Killer y salir de ese agujero antes de que todo salte por los aires.

Will da un golpe seco sobre la mesa que me hace dar un salto.

Me levanto de la silla.

—Búscalo y, cuando lo encuentres, no lo sueltes hasta que estéis seguros.

El corazón me golpea en el pecho.

Tengo que encontrarlo.

—Estaré esperándoos allí para sacaros en mi coche.

—Gracias, Will —le digo antes de salir del despacho.

—¡Con cuidado! —oigo que me grita cuando recojo mis cosas y salgo del gimnasio.

Después de estos días, el tiempo ha mejorado, pero la temperatura sigue más baja de lo normal.

Corro hacia mi moto, pero me detengo en cuanto veo una figura.

Sylas expulsa el humo de su cigarro y me sonríe.

—¿Adónde vas? —pregunta levantándose de mi moto, en la que estaba apoyado.

Se me ponen los pelos de punta al oír su voz.

Sylas puede llevarme adónde sea que esté Kilian, pero doy un paso atrás.

Retrocedo de nuevo y la espalda me choca contra una pared de músculos. No hago el amago de girarme; sé que es otro hombre del padre de Kilian.

Respiro una vez, pero en esta ocasión no logro controlar la ansiedad.

—No te puedo hacer daño, órdenes de arriba —dice poniendo los ojos en blanco. Tira el cigarro al suelo cuando lo acaba—. ¿Por las buenas o por las malas, Jackson?

Miro a mi alrededor y espero que Will esté viendo esto. Que sepa que a mí también me quieren ahí esta noche. Porque no puedo huir. No esta vez.

—¿Sabes dónde está Kilian? —intento preguntarle. Él se encoge de hombros y sonríe. Se lo está pasando bien. Eso es que sí. Sabe perfectamente dónde está—. Pues por las buenas. Dime qué quieres…

Sylas se ríe.

—¿No me conoces lo suficiente como para saber que nunca hay un «por las buenas»?

Noto cómo me empujan y caigo de rodillas. No forcejeo por mi propio bien. Me dejo coger con la mínima esperanza de que Kilian esté bien y de que, pronto, estos putos sádicos nos vuelvan a juntar.