Amor contra las cuerdas Capítulo 47
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Capítulo 47

J ACKSON

Sé que no estoy haciendo lo correcto cuando me pongo el casco de la moto y arranco hacia Asylum, el único lugar que me queda antes de ir a casa de Kilian.

Siento que el mal tiempo es un presagio.

Una tormenta eléc trica me cala por completo durante el camino, pero no aguanto más.

Tengo que verlo. Si quiere acabar con lo que hemos construido, que lo haga, pero que lo haga ya.

Quedan tres días para el torneo, y llevo sin dormir desde las peleas ilegales. Las pesadillas me comen cada vez que lo hago, y acabo pasando las noches en vela.

También tengo los nudillos hinchados de las horas que paso en el gimnasio repasando técnica y resistencia. Esto ha sido lo más duro de estos días. Entrenar solo.

Desde que empecé a hacerlo con Kilian, he ido acostumbrándome a gestos tan mínimos como que me ponga los guantes. Echo de menos absolutamente todo: cómo me miraba y analizaba mis movimientos, cómo me recordaba que relajase los hombros, cómo me insistía para que pegase el siguiente golpe más fuerte.

Kilian siempre me ha llevado al extremo, siempre ha sacado lo mejor de mí. Y, aparte de echar de menos eso, sé que lo echo de menos a él .

¿Cómo ha terminado?

Siento como si nada hubiera pasado. Como si Kilian nunca hubiera existido y mi vida fuera un remake de El club de la lucha . Pero no. Tengo fotos que lo demuestran. Hay tuits que hablan de nosotros que lo prueban.

Lo nuestro fue real, estoy más que convencido, pero, joder, si era tan real, ¿por qué cojones le es tan fácil darme de lado?

No me lo explico. Por eso acelero. Me da igual que crea que estoy invadiendo su espacio.

Me da igual pasarme de intenso. Esa línea ya la hemos cruzado y, de verdad, si quiere dejarme, que me deje bien.

Pero que no me tenga en ascuas, que no me tenga sufriendo pesadillas todas las noches, porque nuestra situación no es una cualquiera.

La mafia está tras nosotros, y ninguno de los dos está a salvo como para desaparecer de la vida del otro sin dar explicaciones.

Joder, que Kilian podría estar muerto ahora mismo en cualquier descampado después de una pelea, y yo sin saberlo.

Mi cerebro me ha preparado para lo peor, colocándome en escenarios totalmente remotos pero realistas. Kilian y yo estamos en peligro y nos necesitamos. No puede desaparecer así de mi vida.

Me quito el casco. La lluvia cae por la chupa de cuero que me regaló.

Sí, la llevo puesta. Llevo días sin quitármela.

Suspiro antes de entrar en el local con el casco en la mano. El bar está lleno de chavales que ríen y beben en la barra.

—Hola —saludo al barman—. ¿Sabes quién es Kilian Fierce?

Él asiente mientras seca unos vasos.

—Necesito que me digas si ha estado aquí.

—Lleva toda la tarde bebiendo como un puto loco —dice el chaval.

Tenso la mandíbula.

—Acaba de irse, pero no llegará muy lejos.

«Mierda…».

— Vale, gracias.

Salgo del local como un loco. Me subo en la moto, derrapo para dar la vuelta y vuelvo a acelerar.

Última parada.

Esto acaba ahora, sea para bien o para mal.

Apenas tardo diez minutos en llegar a su casa y se me cae el mundo a los pies cuando lo veo.

Ni siquiera tengo que bajarme de la moto para que me reconozca.

Veo sus ojos rojos desde aquí. Está tirado en el suelo bajo la lluvia, como si fuera el hombre más pequeño que jamás ha existido.

Se tapa la cara cuando las luces de la moto lo deslumbran. Está vivo. Está despierto.

Cojo aire antes de enfrentarme a él.

—¿Qué…? ¿Qué pasa, Kilian? —le pregunto al llegar a su altura. Él se levanta y apoya la espalda despreocupadamente en la pared de su casa. Se tambalea un poco cuando se cruza de brazos.

Pasan unos segundos. Mira alrededor, como si estuviera buscando a alguien.

—Necesitaba respirar —confiesa tras un momento—. No…, no tenías que encontrarme así —dice sacando las llaves del bolsillo—. Hablamos mañana.

—¿Qué coño dices? —le cojo de la muñeca y le freno. No puede entrar a casa, no puede dejarme así. Sombra ladra desde dentro—. Hablamos ahora.

—Por favor… —me pide, y su mirada de dolor me rompe por completo.

—Déjame entrar. Vamos a hablarlo, prometo que me iré, pero tenemos el torneo en cuatro días y…, joder, Kilian, no estoy bien.

No sé si lo que le cae por la mejilla es lluvia o una lágrima.

—Tienes —me corrige—. Tú tienes el torneo. Nunca debí acceder a entrenarte. Nunca debí dar pie a nada con nadie —dice desviando la mirada, volviendo a intentar meter la llave en la cerradura—. Sabía que te haría daño.

Sus palabras me duelen más que cuando Sylas me pegó por primera vez. Y no por lo que conllevan, sino por lo que significan. Otra vez volvemos a los inicios. Kilian piensa que está destinado a estar solo por culpa de su padre, y eso me destroza.

—No me haces daño tú. No si seguimos como antes. Kilian…, yo creo que si llamamos a la policía…

—No tienes ni idea de la gravedad del asunto, ¿verdad? —me pregunta. Sigue sin mirarme.

—¡No podemos vivir así! —le grito exasperado—. No aguanto más…

Kilian suspira.

—Y por eso tenemos que dejarlo —concluye secamente, como si le diera igual.

—Estás de coña, ¿no?

Cuando veo que no responde, se me escapa una pequeña risa irónica.

—Me reconstruí por ti, ¿sabes? Luché por poder estar contigo, por dejar atrás mis inseguridades y mis miedos. Me secuestraron, Kilian. Mi puto ex me arrancó un piercing de cuajo. Y lo soporté. Lo soporté porque sabía que era un riesgo que tenía que afrontar al estar juntos.

Le golpeo el pecho.

—Nunca dudé en estar contigo. Después de eso, jamás pensé en dejarlo, joder.

Me has hecho sentir lo que es el amor mutuo, sano y correspondido.

Me has enseñado a hablar las cosas cuando es necesario hablarlas.

Joder, ¡aquí me tienes! —grito exasperado—.

Llevo sin saber de ti tres días. Tres. Putos.

Días. Sin saber nada después de que tu padre te obligase a luchar hasta prácticamente la muerte, joder.

¿Tú sabes lo preocupado que me has tenido? ¡QUE PODRÍAS ESTAR MUERTO, JODER!

Rompo a llorar de la rabia.

—Verte, aunque fuera tirado en el puto suelo, me ha quitado un peso de encima, porque podríamos estar muertos, podríamos estar muertos… Hemos tenido un cuchillo en el cuello, Kilian… —insisto, y él tuerce el gesto.

—Jackson, joder… —dice, y me abraza, y yo me aferro a él. Nunca me prepararon para esto.

Nunca nadie te puede preparar para que te consuele el mismo hombre que te está rompiendo.

—De verdad que estoy haciéndolo lo mejor que puedo. No sé qué más hacer…

—No recuerdas lo que te dije… —afirma con la voz temblorosa.

—¿Me quieres dejar? —le pregunto para acortar mi sufrimiento. Cuando no responde, me separo de él. Le empujo para tomar distancia—. Vienes, me jodes la vida ¿y te vas así? ¿Me dices que me quieres y me abandonas sin más? —le pregunto.

Él tarda unos segundos en responder.

—Lo siento…

—Que te den. A ti, a tu puto perro, a tu padre, al boxeo… ¡A TODO, JODER! —le grito dándome la vuelta, completamente frustrado—. ¡La próxima vez, piensa mejor a quién le dices te quiero! No sabes cuánto daño pueden hacer esas palabras cuando son mentira…

Kilian baja la mirada, su pelo mojado, su ropa pegada a la piel, su manera de tiritar, definen exactamente a una persona rota y arrepentida.

Pero ya está. Ya está hecho. No me quiere en su vida.

Doy un paso tras otro lentamente. Cae otro rayo.

—Solo te pedí que te quedases y, cómo no, esa fue la cosa más difícil de cumplir —le digo, y él alza la mirada hacia la mía por última vez. Me quito la chaqueta y se la tiro. Él la coge al vuelo—. Púdrete.

Se queda de pie mirando cómo me pongo el casco sobre el pelo mojado. Con las manos temblorosas, muevo el manillar de la moto hacia delante y el motor ruge. Veo cómo se aferra a la chaqueta como si fuera lo único que le salva ahora mismo.

Lloro todo el camino de vuelta.

De verdad, pensaba que eras más grande que el cielo entero.

Pero no.

Eres diminuto.

Adiós, Kilian Fierce.

Espero que seas feliz.