Capítulo 46
K ILIAN
Sabía que no iba a ser fácil, pero esto roza lo imposible.
Me llevo la copa a los labios. La cuarta de la noche. Cada mensaje que recibo de Jackson hace que me replantee absolutamente todo.
¿Qué hago? ¿Fi njo q ue no ha sucedido nada? ¿Voy a entrenarle sin más?
Callo esas voces bebiéndome lo que me queda de copa.
—Ponme un chupito —le pido al camarero.
Siento como si alguien me estuviera apretando el corazón sin piedad.
Ignorar sus mensajes es lo más difícil que he tenido que hacer. Pero sé que es necesario. Si quiero protegerlo, tengo que alejarme, al menos por ahora.
El primer chupito quema, pero es un dolor que puedo controlar, no como el molesto nudo que siento en el pecho.
Pueden estar siendo los peores días de mi vida con diferencia.
Miro el vaso. ¿He pedido este whisky? Remuevo el líquido ámbar mientras los recuerdos de Jackson me invaden: su risa, sus ojos marrones, la forma en la que decía mi nombre. Me duele pensar en él solo, preguntándose por qué me he alejado así. Pero no tengo otra opción.
Otro mensaje entra, y aunque mi primer instinto es leerlo, me obligo a guardar el móvil. Necesito mantenerme firme. Cada palabra que leo, cada foto que veo, solo hace que esto sea más difícil. Necesito mantenerme distante para su seguridad, aunque me esté destrozando por dentro.
El barman me mira con compasión cuando le pido otro. Ni siquiera sé cuándo he pasado de los cubatas al whisky.
—Día duro, ¿eh? —comenta mientras me sirve. Lo reconozco de haberlo visto varias veces cuando veníamos con Will.
No respondo. Soy incapaz de encontrar las palabras adecuadas. No puedo contarle a nadie la verdad. Nadie entendería el peligro al que nos estamos enfrentando. No me tomarían en serio.
La botella se vacía rápidamente. El alcohol me adormece, pero no lo suficiente como para apagar la mente. Solo desearía poder tomar todas las decisiones correctas sin esta ansiedad.
Pienso en lo fácil que sería rendirme, enviarle un mensaje y decirle cuánto lo echo de menos. Pero sé que no puedo hacerlo.
Pierdo la noción del tiempo, cada sorbo se convierte en un eco del anterior, en una forma de perderme en un olvido temporal, aunque nunca lo consigo. Sé que esto no es saludable, pero es la única forma en que puedo afrontar esto.
Conforme pasa el tiempo, el bar empieza a llenarse. Las conversaciones y risas de otros clientes me rodean, pero me siento completamente aislado.
Soy un náufrago en un mar de personas, aferrándome a la botella como si fuera una tabla de salvación.
Un grupo de chicos entra riendo y bromeando.
Sus voces son un recordatorio cruel de lo que he perdido.
Recuerdo nuestras salidas, las bromas tontas, y pienso en las noches en las que Jackson y yo éramos simplemente nosotros, sin la sombra de mi padre amenazando con destruirlo todo.
Y me doy de bruces con la realidad: solo fuimos nosotros mismos cuando nos vimos por primera vez.
Cuando éramos unos desconocidos que querían pasárselo bien.
Cuando finalmente me levanto para irme, el mundo se tambalea abruptamente. Camino hacia la salida y el frío aire de la noche me abraza.
Mientras cojo un taxi de vuelta a casa, miro las luces de la ciudad y me pregunto cuánto podré seguir así. ¿Cuánto tiempo hasta que pueda estar con Jackson sin temor a las repercusiones? La incertidumbre es un peso constante.
Justo antes de llegar a la puerta de mi edificio, mi teléfono vibra de nuevo. La tentación de responder es abrumadora.
Kilian, me estás acojonando.
Mi corazón se rompe un poco más.
Doy un paso hacia delante, pero mi cuerpo, entumecido por el alcohol, no responde como debería. Tropiezo y, antes de darme cuenta, estoy en el suelo, con la cara contra el pavimento. El dolor es agudo, una mezcla de la caída y la toma de conciencia de mi situación.
Estoy en la mierda.
Me quedo allí sintiendo el frío del suelo en la mejilla. Las lágrimas comienzan a caer, mezclándose con la suciedad de la calle.
—Lo siento, Jackson —susurro al aire vacío—. Lo siento por todo.
Intento levantarme, pero mis piernas parecen de plomo. Estoy demasiado borracho para moverme, demasiado derrotado para intentarlo. La calle está desierta y, por un momento, me dejo llevar por el deseo de rendirme.
Pero no puedo. Por Jackson, no puedo. Con un esfuerzo titánico, me arrastro hasta la entrada de mi chalet y me apoyo contra la puerta, con miedo de que se me abran los puntos del costado.
Mi teléfono vibra de nuevo, pero esta vez lo ignoro. No puedo seguir leyendo sus mensajes, no puedo seguir sintiendo su preocupación sin poder darle respuestas. Solo quiero que esto termine, quiero encontrar una manera de protegerlo sin destruirme en el proceso, pero lo veo imposible.
La noche se convierte en una sucesión de imágenes borrosas.
Me sirvo otro trago mentalmente, tratando de silenciar las voces en mi cabeza.
Los recuerdos de mi padre, su mirada fría y calculadora, sus amenazas, las veladas, me persiguen.
La transferencia de doscientos mil dólares que acabó haciéndome.
Y, por encima de todo, el rostro de Jackson, su manera de sonrojarse aunque diga que no le gustan los cumplidos.
Cómo lo quiero, joder…
Pienso en nuestro futuro, en lo que podríamos tener si no fuera por las circunstancias que nos rodean. Un futuro donde no tenga que mirar por encima del hombro, donde no tema por su vida cada vez que nos vemos. Pero ese futuro parece tan lejano, casi inalcanzable…
Finalmente, el cansancio me vence. Me dejo caer en el suelo, con el móvil encendido aún en la mano. La última imagen en mi mente es la de Jackson esperándome sin saber por qué lo he dejado. O por qué voy a hacerlo.
Mientras el sueño me arrastra, me hago una promesa: haré lo que sea necesario para protegerlo, incluso si eso significa seguir alejándome. Porque su seguridad es lo único que importa.
Me da igual que no pueda perdonarme jamás.