Amor contra las cuerdas Capítulo 45
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Capítulo 45

J ACKSON

Una de las primeras cosas que tenía claro que quería hacer cuando tuviera dinero era ir al psicólogo.

Sarah siempre me ha dich o que le ha enseñado a gestionarse. Y eso es lo que necesito. Necesito coger las riendas de mi vida y volver a ser yo.

Quiero volver a ser la mejor versión de mí mismo y dejar de ser este chico atormentado por su puto ex maltratador. Volver a ver la vida de otro color.

Kilian me ha ayudado a volver a confiar en alguien de manera romántica, sí, pero no quiero depender de él en ese sentido. No quiero volver a convertirme en esa persona fría y desconfiada si, por lo que sea, lo nuestro no sale bien.

Al ver que Kilian no está a mi lado cuando me despierto, mi primera reacción es decepcionarme.

La segunda es comprenderlo. Porque yo lo hice una vez, y no fue para hacerle daño, sino por pura supervivencia.

Necesitaba salir de aquella cama para evitar un ataque de ansiedad y que eso rompiera todo lo que habíamos construido en ese entonces, que era poco comparado con lo que tenemos ahora.

Lo que pasó ayer fue un punto de no retorno para ambos, y entiendo que quiera tomarse su tiempo y espacio.

Aunque podría habérmelo dicho…

Suspiro y reúno fuerzas para ponerme el traje sucio y roto antes de salir de casa de Dawn.

Ella no está por allí, así que le dejo una nota en un pósit para agradecerle el buen trato. Me apunto mentalmente que debo tener un detalle con ella, porque de verdad se lo merece.

Me sorprende que, después de todo lo que pasó, Sylas no me quitara el móvil, pero, cuando lo intento encender, veo que no tiene batería.

Cierro los ojos y respiro tres veces para evitar no mandarlo todo a la mierda nada más despertarme.

Cuando salgo de la casa de Dawn, veo que estoy en Summerlin, el barrio de Kilian.

Borro el pensamiento de pasarme por su casa para ver si está bien y me subo al primer autobús para ir a la mía. Mi madre tiene que estar preocupada.

Suspiro y acelero el paso.

El conductor me mira de arriba abajo con desprecio y sé que se piensa dos veces si dejarme subir, pero finalmente accede.

No todo es malo…

Llego a mi casa en unos cuarenta y cinco minutos y me encuentro nada menos que a Dean, a Sarah y a mi madre sentados a la mesa de la cocina.

Me apunto mentalmente dejar lo de buscar psicólogo para mañana.

Los tres se levantan de un salto en cuanto me ven entrar por la puerta.

Dean pone cara de disgusto cuando me ve así. Se lleva una mano a la cabeza. Sarah se queda petrificada. Mi madre frunce el ceño.

—¿Dónde coño estabas?

—Pero ¿qué cojones te ha pasado?

—Jackson Blake, ¡ven aquí ahora mismo!

Gritan los tres a la vez, pero los ignoro y subo las escaleras hacia mi habitación.

—Me cambio y os cuento —les pido. No puedo tener esta conversación con un traje de etiqueta destrozado y lleno de sangre.

Rápidamente, me pongo lo primero que encuentro y bajo al salón, donde finalmente se han sentado.

—¿Estás bien?

—No —digo sentándome en el sofá—. He… vuelto a ver a Sylas. Bueno, más bien… me ha secuestrado —empiezo a decir.

Decido contarles todo sin ningún tipo de censura. No hace falta esconder nada. Si lo hiciera, me generaría mucha más ansiedad, y ahora mismo necesito que me apoyen y me entiendan, y para eso deben conocer la historia entera.

La primera reacción de mi madre es insistir en que va a llamar a la policía.

Finalmente, la convenzo para que no lo haga, ya que es algo mucho más grande de lo que parece y al fin y al cabo es la familia de Kilian.

Si encierran a su padre, se quedaría completamente solo.

Y eso no está en mi mano. Si quiere denunciar, tiene que hacerlo él.

Respecto a Sylas, Dean me promete partirle la cara en cuanto lo vea. Sarah algo parecido.

Todos coinciden en aconsejarme que escriba a Kilian, aunque a mi madre no le haya hecho demasiado gracia que no me dijera nada antes de irse. A mí tampoco, pero no puedo enfadarme. No aún. Quiero pensar que ahora me dirá algo.

¿Cómo estás?

Simple y directo.

Estoy en casa con mi familia. Si necesitas algo, avísame.

Bloqueo el móvil y, tras un momento, me preparo para contarles a todos que he decidido empezar a ir a terapia.

—Ya tocaba, cabrón —dice Dean. Sarah le da un codazo.

—Me parece muy bien, hijo —dice mi madre antes de abrazarme—. A mí me habría venido muy bien hace unos meses.

—Cómo han cambiado las cosas… —le digo devolviéndole el abrazo.

Mientras tanto, Sarah me observa la cara y sé que se está conteniendo mucho las ganas de decir lo que piensa.

—Anda que arrancarte el piercing… —susurra finalmente—. No podía…, no sé, ¿darte un puñetazo? ¿Algo menos sádico?

—Es que eso es lo que es —responde Dean.

Y yo quiero dejar de darle vueltas. Por lo que cambio de tema.

—¿Cómo estáis vosotros? —les pregunto.

—No cambies de tema, Jackson. Tenéis que hacer algo…

—Eso —aporta Dean.

—Lo sé, pero está todo muy reciente, joder.

Dejadme respirar y asimilar todo. —Me tomo una pausa para mantener la calma—.

Aparte, creo que estoy disociando. Ni siquiera me creo aún que todo esto me haya pasado a mí.

Si no fuera por lo que me duele la puta ceja, diría que le ha pasado a otra persona.

Sarah asiente y me pone una mano en el muslo.

—Eso es normal… —responde Dean.

—¿Cuándo tienes la final? —pregunta Sarah con la voz algo más suave.

Miro la fecha en el móvil.

—En una semana.

—Joder… —dice Dean pasándose las manos por la cara, exagerando—. Qué puto estrés.

—Allí estaremos.

—Genial. Gracias, chicos.

—Ahora te toca ser feliz, cariño —dice mi madre mientras me aprieta el hombro—. Y te vamos a ayudar en todo lo que esté en nuestra mano. ¿Verdad que sí? —les pregunta a Sarah y a Dean.

Noto una sensación de calidez en el pecho, como un bálsamo de tranquilidad que contrasta con el nerviosismo por no saber aún nada de Kilian.

—Sí, señora…, ¡señorita! Blake —responde Dean, y nos reímos.

Tenerlos a ellos aquí es como un abrazo. Uno de los que ahora no solo me siento cómodo dando, sino que me gustan e incluso los veo necesarios.

—¿Os apetece quedaros a cenar y hacemos noche de pelis? —pregunta mi madre a mis amigos.

—Hombre, ni lo dude —le dice Dean sonriente.

—Yo también me quedo —añade Sarah.

Un nudo empieza a tensarse en mi pecho.

—Chicos…, yo… —niego con la cabeza—. Lo siento, pero necesito estar solo.

Mi madre asiente.

Dean me mira con un deje de tristeza.

—Bueno…, avísanos si nos necesitas —dice Sarah finalmente antes de abrazarme.

—Gracias.

—Intenta no hacer ninguna locura —me pide Dean antes de irse.

Y subo a mi habitación con urgencia de dormir y acabar con este día de mierda.

Kilian sigue sin responderme y yo me estoy empezando a preocupar.

Estoy de pie en una arena subterránea; el aire está cargado de humo y gritos.

Tabaco, sudor y basura. La luz es tenue, parpadea, proyecta sombras inquietantes sobre las paredes llenas de grafitis.

Veo a Kilian en el centro del ring, su cuerpo brilla por el sudor, los músculos se le tensan con cada golpe que recibe.

Su mirada es feroz, como siempre que lo he visto luchar, pero esta vez hay algo en sus ojos que me llena de un terror indescriptible: desesperación.

No está ganando.

La siguiente pelea empieza, y los golpes resuenan como tambores de guerra.

Cada puñetazo, cada impacto, me duele como si los recibiera yo.

Kilian cae, se levanta, vuelve a caer. La sangre mancha el suelo.

Chillo su nombre, pero esta vez no me oye y mi grito se une a la multitud ensordecedora.

Intento llegar a él, pero mis piernas no responden.

Es como si mis pies estuvieran atrapado en el cemento, impotente.

De repente, un golpe final, brutal, lo derriba.

Kilian no se levanta. Su cuerpo yace inmóvil.

La multitud ruge, pero lo único que oigo es el latido ensordecedor de mi propio corazón.

La gente no hace nada. Le dan la victoria al ganador y se esfuman, dejando a Kilian, o a lo que queda de él, tirado en el suelo.

Aparece Sylas con una gran bolsa negra de plástico.

Me despierto con un sobresalto. El sudor empapa mi camiseta. Mi corazón bombea más rápido que nunca. Apenas entra oxígeno a mis pulmones.

Me siento en la cama, intentando calmarme, pero las imágenes siguen grabadas en mi mente. Kilian, mi Kilian, muerto en un ring ilegal por culpa de su padre, por culpa de Sylas, por culpa de esta puta mierda de la que no sabemos escapar.

Cojo el móvil y reviso de nuevo que no, no hay ningún mensaje suyo.

Vuelvo a escribirle.

Dime por lo menos que estás bien.

Apago el móvil y cierro los ojos. Mi corazón sigue desbocado.

Son las seis de la mañana. Necesito hacer algo.

Después de dar varias vueltas sobre mí mismo en la cama, decido ir a entrenar. Tengo el último torneo en cuatro días y no me puedo permitir estar perdiendo el tiempo en casa. Aparte, en el fondo sé que tengo algo de esperanza de encontrarlo allí.

Suspiro, me visto y salgo de casa sin desayunar.

Hacía tiempo que no lloraba subido a la moto, pero hoy siento que lo necesito y me desahogo en los veinte minutos de trayecto que tengo hasta que llego al gimnasio.

Paso la mano por las vallas de tela del ring. Por el saco.

Una lágrima recorre mi rostro.

Y esta vez no uso la rabia para entrenar. Ahora canalizo mi tristeza, mi odio y mi corazón en la fuerza que empleo.

El sol del amanecer deja de entrar por la ventana.

No sé cuánto tiempo llevo pegándole al saco, pero estoy tan centrado en él que no dejo de golpearlo hasta que noto una mano fuerte en mi hombro. Me giro de un sobresalto.

—¿Will?

—Te sangra la nariz —dice a modo de saludo, aún tiene algunas quemaduras vendadas—. En media hora llegan los críos para empezar las clases.

¿Qué cojones? ¿Ya está bien? ¿No viene Kilian?

—¿Sabes algo de Kilian? —le pregunto quitándome la sangre de la nariz con el guante. Seguramente sea por la presión acumulada de la intensidad del entreno.

—Solo le he escrito para que supiera que hoy vuelvo a entrenar.

Suspiro.

—Me alegro de que estés bien —digo finalmente.

—Gracias. ¿Sabes si viene ahora? —me pregunta, dándome a entender que no tiene ni puta idea de lo que ha pasado estos días.

—No creo. Hoy no toca entreno. Nos vemos mañana, ¿vale?

—Genial, campeón. Cuídate, que se vienen días duros, pero ya acabas.

—Si tú supieras… —susurro antes de recoger mi bolsa de deporte y bajar del ring.

Salgo del pabellón sin contarle a Will nada de lo que ocurrió.

Me subo a la moto.

¿Dónde coño estás, Kilian Fierce?