Amor contra las cuerdas Capítulo 41
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Capítulo 41

J ACKSON

Media hora antes

—Bueno…, encantado de conoceros —les digo a Dawn y a Gonzalo tras acabar la última partida de póquer. Han encendido las luces del casino al máximo, dando a entender que ya ha finalizado el evento.

—¡Sí! A ver si coincidimos pronto, ¿tenéis algún evento estos días?

—Pues no lo sé, eso lo lleva Kilian, la verdad. Aunque podríais venir a ver el último torneo este finde.

—Madre mía, ¿ya acaba la liga? —pregunta Gonzalo—. Se me ha pasado volando.

—A mí también, la verdad ¿Sabes sobre boxeo? —le pregunto.

—Sí, a mi hermano mayor le encantaba y de ir tanto a verlo al final no me pierdo ningún combate —explica—. Cuando llegue a casa y le cuente que he estado con vosotros, va a flipar.

Le sonrío.

—Mándale un saludo de nuestra parte. Si quiere venir a verme, escríbeme y os conseguimos entradas como sea —le ofrezco.

Gonzalo abre los ojos como platos y asiente repetidas veces.

—Muchísimas gracias, tío.

—Ni las des.

Una de las organizadoras del evento se nos acerca para comunicarnos que debemos abandonar el lugar y, aunque ya nos estábamos despidiendo, nos levantamos de las sillas.

Yo me pongo la chaqueta del traje y Gonzalo me tiende una mano como despedida. Se la estrecho amablemente.

—Hasta la próxima.

Dawn me da un corto abrazo.

—Encantada de conocerte —me dice al separarse—. Cuídamelo, ¿eh?

Noto cómo me sonrojo.

Estos meses me he sonrojado más que en toda mi vida. Es una faceta que he descubierto gracias a Kilian. Y no me gusta. Se me lee muy rápido.

—Sí, tranquila.

Dawn se echa el bolso al hombro y le coloca una mano en la espalda a Gonzalo para guiarlo a la salida.

Reviso mi móvil. Kilian no me ha dicho nada. Lo guardo en el bolsillo y finalmente decido salir. Aunque en Las Vegas no suele hacer frío, la chaqueta del traje me cubre del viento que se ha levantado.

Alzo una mano para pedir un taxi y en menos de tres segundos un vehículo se detiene ante mí.

—Buenas —saludo al conductor mientras me pongo el cinturón.

—Buenas, Jackson —responde.

Se me para el corazón. Todo se detiene. Ni siquiera oigo el clic del cinturón.

Porque no me lo abrocho. No acabo de hacerlo. No me da tiempo porque, en cuanto levanto la vista y veo la cara del conductor por el retrovisor, me lanzo a la manilla de la puerta para salir.

Pero no se abre.

Sylas.

Estoy encerrado en un puto taxi con Sylas.

No me da tiempo a pensar en ninguna escapatoria, porque sé que no la hay. No si se trata de él.

—¿En serio te acuestas con el hijo de mi nuevo socio para provocarme? —Suelta cuando acelera—. Nunca pensé que caerías tan bajo…

No respondo. No puedo. Mi boca ha dejado de funcionar. Apenas entra aire a mis pulmones. Me ahogo. Mi estómago se contrae al oír su voz. Han pasado tantos años…

—Cuando me mandaron seguir a Kilian y te vi allí con él…, se volvió mucho más interesante. Qué bien te vino que te dejase, ¿eh? —dice derrapando abruptamente, acelerando por todo el paseo de la fama de Las Vegas—. Estás más guapo sin mí, aunque ese piercing me repugna.

Aprieta el volante.

—Te… —intento articular.

—No me interrumpas —me corta. No grita. Su tono es un susurro que me hace encogerme en el rincón del asiento—. He subido de nivel, Jackson. Ahora trabajo con gente que hace que tu Killer parezca un niño jugando en el parque.

Se me ponen los pelos de punta al instante. Me acurruco y estoy a punto de romper a llorar. No dejo de temblar.

Joder, cómo odio sentirme así de pequeño, pero mi mente lo recuerda. ¿Cómo no recordarlo?

Sylas golpea varias veces el volante, impaciente porque el semáforo no se pone en verde.

Sigue exactamente igual a como lo dejé.

—¿Sabes qué? Ya me he vuelto a cansar de ti —señala removiendo una mochila deportiva como si estuviera buscando algo.

Vuelvo a intentar abrir la puerta, pero está más que cerrada. Golpeo la ventanilla, pero nadie me ve. Los cristales están tintados.

«Joder, joder…».

— Por favor, no…

—Te he dicho que no hables —su voz sube un solo tono, lo justo para hacerme temblar—. No arruines el reencuentro.

Gira sobre el asiento y no sé qué es lo que sucede exactamente. Solo noto un pinchazo en el muslo antes de caer rendido en cuestión de segundos.

Sylas desaparece. El taxi ya no está.

—A ver si te gusta lo que está haciendo mi sustituto a tus espaldas…

Todo se vuelve negro.

Noto que me tocan, pero no veo nada a pesar de tener los ojos abiertos. Creo que oigo un barullo de gente. ¿No estoy en un taxi? No. Ya no me muevo. Me mueven. ¿Me cogen? Noto brazos en las axilas. Ya no. Me sientan en algo duro que suena metálico. ¿Una silla?

Pasa un momento.

¿Eso son…? Noto la presión de las cuerdas cuando unen mis muñecas. Sí, son cuerdas, tienen que serlo. También noto presión en la cabeza. Me han vendado los ojos.

Forcejeo. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Oigo voces.

—¿Es este el puto maricón? —oigo que dice alguien. Mi pecho se encoge al escuchar esa palabra. Intento no viajar a la época del instituto, pero mi mente lo hace involuntariamente.

Noto la bilis subir por mi garganta, pero consigo tragármela.

—¿Quién crees que hará de pasivo? —pregunta otra voz.

—Los tatuajes de este parecen más de mariquita. Aparte, es más bajo. Seguro que él es la mujer de la relación.

Oigo un disparo.

Noto cómo se me tensan todos los músculos, como si eso me hubiera despertado del efecto de la droga.

—¡CERRAD LA BOCA! —grita Sylas.

Pero después de esto no viene ninguna patada. Ningún puñetazo… No me está usando como saco de boxeo. No ahora. Antes no tenía una pistola. Ahora parece que sí.

Mi cuerpo no para de temblar. Todo mi ser me pide a gritos que me aleje de él. Física y mentalmente.

Oigo pasos. Se acerca.

—Esto no encaja contigo, Jackson —me indica su voz. No lo veo. No sé a qué se refiere.

Pero noto cómo mi piercing de la ceja se estira un poco, como si lo estuviera contemplando.

Forcejeo. No me puedo mover.

En menos de un segundo, lo arranca. Noto cómo el metal me desgarra la ceja. El dolor es un rayo que me atraviesa el cráneo. Oigo cómo tira la pieza metálica al suelo. Creo que nunca antes había gritado tanto como lo hago ahora.

—Mucho mejor. Ahora vuelves a parecerte al Jackson que yo diseñé —dice.

Siento sus labios sobre los míos. Es un beso forzado, asqueroso, que sabe a posesión. En cuanto se separa, el asco supera al miedo y vomito. Todo lo que tenía en el estómago acaba en el suelo y sobre sus zapatos caros.

Me va a matar. Sylas ya es peligroso sin motivos, no me quiero imaginar cuando los tiene. Me acojonaba ver hasta qué punto era capaz de llegar.

Me quedo jadeando, con la sangre bajando por mi mejilla y mezclándose con las lágrimas bajo la venda.

—Qué decepción —dice él. Su voz ha recuperado esa calma aterradora—. Todavía tienes que aprender a controlarte.

Siento el impacto de su bota en mi estómago. La silla bascula hacia atrás y el mundo vuelve a ponerse negro cuando mi cabeza golpea el cemento frío.

Despierto con un grito ahogado y el cuerpo empapado en sudor o lágrimas. O vómito. A lo mejor las tres cosas.

El dolor en la ceja me marea de lo intenso que es.

Estoy atado y no puedo tocarlo. No puedo parar la hemorragia. Aun así, noto algo de sangre seca cuando intento abrir el ojo izquierdo. Poco a poco lo consigo, pero sigo sin ver nada.

Empieza a llegarme un olor familiar, pero no ubico exactamente de qué me suena.

Cuero, sudor…

Vuelvo a tragar la bilis. Estamos en un puto gimnasio.

Oigo muchas voces masculinas gritando de una manera muy bestia. No. No son gritos. Están… ¿animando?

Intento oír mejor, pero solo percibo el latido de mi corazón desbocado y los gritos. Nada más.

De pronto, me quitan la venda de los ojos y la claridad vuelve a mí. Intento enfocar la vista. Parpadeo una, dos y tres veces. Pero apenas veo.

Alguien me tira un cubo de agua fría que me tensa todos los músculos y hace que la ceja vuelva a escocerme exactamente como al principio. Me muerdo el labio para evitar gritar de nuevo.

Parpadeo fuerte y, por fin, veo algo de lo que tengo enfrente. El corazón se me desboca cuando reconozco la calavera de Kilian. Y creo que voy a morir.

Su espalda, tiene algún… Mierda… La calavera se mueve rápidamente con los golpes, pero sangra. Tiene cortes…

Kilian está luchando en medio de una multitud enorme de personas.

Se nota su cansancio. Sus movimientos son lentos pero eficaces. Veo a su oponente, que empuña un cuchillo en la mano derecha. Vuelvo a empezar a ahogarme.

¿Qué significa esto? ¿Qué cojones está haciendo aquí?

Empiezo a forcejear contra las cuerdas que me atan a la silla de metal, la cual han vuelto a poner de pie para que vea bien a Kilian.

—Yo también tengo uno… —oigo que me susurra Sylas en la oreja, y me pone la hoja del cuchillo en el cuello—. Cada vez que él pierda un combate…, te corto.

No me lo pienso dos veces cuando grito:

—¡¡¡KILIAN!!!