Capítulo 40
K ILIAN
—Tengo una sorpresa para ti en el coche —le digo cuando salimos del pabellón donde se ha hecho con la victoria.
—Pero que no me gustan las…
Lo callo con un beso y él al za la s cejas, sorprendido.
Gracias a Dios no hay nadie alrededor.
—Tira —le digo con un movimiento de la barbilla para que se dirija al coche. Presiono el botón de la llave para abrirlo y voy hacia el maletero.
Cruzo los dedos para que no se hayan arrugado demasiado.
Cuando Jackson se coloca a mi lado y ve lo que hay dentro, frunce aún más el ceño.
Yo suspiro aliviado al ver que siguen perfectos.
—¿Y esto? —pregunta cogiendo una de las fundas de terciopelo negro.
Cojo la funda que sé que contiene el mío.
—Por mucho que me guste verte con mi chupa, no podemos ir al sitio de esta noche así.
Jackson niega con la cabeza.
—¿Adónde vamos? —pregunta—. Pero ¡si es carísimo! —exclama y abre los ojos como platos al ver la etiqueta del esmoquin. Se lo quito de las manos.
—No tenías que ver eso…
—Madre mía… —dice al pasar una mano por el tejido—. Nunca he tenido algo así.
—Pues venga, pruébatelo, que vamos algo tarde —le pido, aunque vamos bien de tiempo. Solamente me estoy muriendo de ganas de verle enfundado en el traje.
Jackson asiente y se quita la chaqueta de cuero. Se ha duchado después del combate en el vestuario.
Junto a él, yo también empiezo a desvestirme detrás del coche y, cuando me quito la camiseta, veo el fuego reflejado en su mirada.
Intento contenerme, pero tengo que besarle. Es como si notase una cuerda atada en mi pecho que tira de mí hacia él.
Sin camiseta, Jackson recibe mi beso con ganas, pero no me deja profundizar en él. Me aparta con cuidado.
Sus ojos marrones echan chispas.
Tuerce el gesto cuando se separa de mí, porque ambos sabemos que no podemos hacer esto en público así como así.
Gruño de resignación y continúo abrochándome los botones de la camisa blanca, que se ciñe a mis músculos como una segunda piel.
Nos vestimos sin pronunciar palabra alguna porque nada de lo que podríamos decir ayudaría a calmar el fuego que crece entre ambos.
Estoy atándome los cordones cuando oigo que Jackson se está poniendo el cinturón.
Alzo la vista y lo veo deslizando el cuero de este por las hebillas del pantalón, el cual se le ajusta al culo como si estuviera hecho a medida.
Me obligo a relajarme antes de dejarme llevar y meterlo en la parte trasera del coche para hacerle mil maravillas.
Termino con los cordones, me pongo la chaqueta y veo que él ya está listo.
—No hace falta que te diga lo bien que te queda, ¿no?
Me escanea con la mirada y da dos pasos hacia mí antes de colocar las manos en mis bíceps. Su colonia invade todos mis sentidos y su contacto hace que mi polla pida atención dentro de los pantalones.
—Que sepas que te lo voy a arrancar a bocados —me advierte, dándome un toquecito en el pecho antes de alejarse de mí y sentarse en la plaza del copiloto.
—Y yo no puedo esperar a que lo hagas… —susurro antes de montarme en mi asiento y arrancar.
Le pongo una mano en el muslo y él pega un respingo.
—Joder, aún no me acostumbro —dice con una pequeña sonrisa antes de dejar la suya encima de la mía. La giro y entrelazamos los dedos.
Parecen las primeras chispas de un fuego artificial a punto de explotar.
Suspiro y recuesto el cuello en el asiento. Contengo todos los impulsos que me dicen que me espere a esta noche para hacerlo mío de nuevo.
Por suerte, llegamos al sitio en pocos minutos. El calor se ha acumulado en nuestras manos, pero desaparece cuando nos separamos al salir del coche por razones obvias.
El público grita cuando nos ve llegar al evento, y yo cojo a Jackson del hombro. Él me sonríe, algo tímido.
Aún no está acostumbrado a esto.
Y es que lo he traído a la inauguración de uno de los mejores casinos de Las Vegas. Ann nos ha conseguido invitaciones y nos han invitado a jugar a varias rondas de póker mientras tomamos un cóctel.
—Con que subas un par de historias, esto está hecho —informo a Jackson, ya que es su primer evento.
Él asiente.
Saca el móvil del bolsillo trasero y nos hacemos una foto en la puerta.
Primera story publicada.
Cuando pasamos por el control, una chica pasa lista y nos deja entrar al casino.
Nada más llegar, un botones nos ofrece retirarnos las chaquetas y nos da una copa de champán a cada uno. Jackson decide quedarse con la chaqueta puesta y ambos cogemos una copa. Brindamos.
«Por nosotros», nos decimos con la mirada.
Al fondo de la estancia, vemos una banda de jazz tocando mientras varios camareros van de aquí para allá, sirviendo todo tipo de alcohol y comida.
—Perdone, ¿qué mesa tenemos asignada? —le pregunto a la chica de la puerta. Ella mira su dosier de folios y, tras recordarle nuestros nombres, le dice a un compañero que nos acompañe a la mesa donde vamos a jugar al póker.
No tardo en reconocer la melena rubia de Dawn.
—Vale, a ver…, para que esto no sea incómodo. Esa de ahí es la chica con la que viste que me besé en el ring al principio de todo —le digo a Jackson.
Este frunce el ceño, pero asiente para que continúe.
—Todo era falso. Soy gay al cien por cien y era una tapadera. En realidad se supone que es una de mis mejores amigas —le explico para que no se raye demasiado.
—¿Se supone? —me pregunta, confuso.
—Una larga historia —le digo, y él niega con la cabeza sonriente.
—A saber… Venga, preséntamela —me anima.
Y eso hago. Me acerco a Dawn y ella parece que se alegra de verme.
—¡Ay, hola! —exclama cuando se da cuenta de que vengo con Jackson.
Él le da dos besos y ella sonríe.
—¡Por fin nos conocemos! Kilian no paraba de hablar de ti cuando coincidíamos —le dice a Jackson. Este se pone colorado.
—Es que eras la novedad —le digo removiéndole el pelo—. ¿Nos sentamos?
—Claro, a ver si se os da igual de bien el póker que boxear.
—Por cierto, yo soy Gonzalo —dice el cuarto chico que está en la mesa, algo tímido. Rubio con ojos verdes. Dawn se lo come con la mirada mientras se retoca el pintalabios rosa.
—Encantado, tío —le digo estrechándole la mano. Jackson hace lo mismo, pero decide llevarse su copa de champán a los labios para evitar hablar.
Decido tomar la iniciativa y empiezo a barajar las cartas.
Lo chulo de estas partidas es que no perdemos nada. Los organizadores del evento han comunicado que cada persona que gane una partida de póker se llevará un premio.
Barajo las cartas con destreza, cada movimiento preciso y controlado.
Me esfuerzo por mantener una expresión neutral, aunque no puedo evitar sentir una chispa de emoción cada vez que mi mirada se cruza con la de Jackson.
Su presencia es magnética. Le guiño un ojo y disfruto del rubor que sube a sus mejillas mientras intenta concentrarse en las cartas que le reparto.
Gonzalo, que tiene un aura entre gótica y pija, parece nervioso. Sus manos tiemblan ligeramente al recoger sus cartas, y se recoloca el cuello de la camisa negra con un gesto ansioso. Dawn, en cambio, está relajada y sonriente, o por lo menos lo aparenta, como siempre.
—Entonces ¿quién quiere empezar? —pregunto, dejando que cualquiera empiece la partida.
—Apuesto primero —dice Dawn con una sonrisa en el rostro. Coloca unas cuantas fichas en el centro de la mesa, y Gonzalo, después de un momento de vacilación, la sigue.
Miro a Jackson mientras revisa sus cartas. Veo la concentración en su cara, la manera en la que sus ojos se estrechan ligeramente al considerar su siguiente movimiento. Me encanta verlo así, tan enfocado y decidido. Decide igualar la apuesta, y yo hago lo mismo manteniendo una expresión neutra.
Reparto las cartas comunitarias: un siete, un rey y un dos. Miro a cada uno de ellos en busca de cualquier indicio de nerviosismo o confianza. Jackson mantiene su cara de póker, pero conozco esos ojos demasiado bien. Veo un destello de emoción que trata de ocultar.
—Voy con todo —digo confiando en mi intuición. Empujo todas mis fichas hacia el centro. Mi mirada se encuentra con la de Jackson y siento la electricidad entre nosotros cuando sonríe pícaramente. Estoy probándolo, desafiándolo a seguir adelante.
Jackson respira hondo y me sostiene la mirada, juguetón.
—Igualo —anuncia con voz firme. Me pone esa determinación. Miro a Dawn y a Gonzalo, que intercambian una mirada rápida antes de retirarse.
—Esto está entre nosotros… —digo con una sonrisa en los labios. Me lo estoy pasando increíble.
La tensión aumenta mientras revelamos nuestras cartas. Jackson tiene un trío de sietes, y yo una pareja de reyes. Una mano fuerte, pero no lo suficiente.
Da una palmada y se ríe al ver que ha ganado.
Dawn y Gonzalo sonríen.
—Qué suertudo… —le pico, pero él no cae.
—Quiero la revancha —dice Dawn.
Jackson asiente y sonríe; veo que está cómodo y eso me relaja bastante. Recojo las cartas y empiezo a barajarlas de nuevo. Mientras lo hago, no puedo evitar pensar en cuánto me gusta tener a Jackson aquí, a mi lado. Por fin estoy compartiendo un evento con alguien que me importa de verdad.
Y, así, pasan varias horas antes de que me llamen al teléfono. Jackson va ganando su tercera ronda y Dawn y yo vamos empatados. El pobre Gonzalo no ha tenido mucha suerte.
—¿Diga? —pregunto, y mi estómago se encoge.
—Buenas noches, ¿Kilian Fierce?
—Sí, dime.
—Le llamo por su domicilio. Parece ser que las alarmas llevan sonando un buen rato, lo digo por si puede ir y comprobar que todo esté bien o si necesita que vayamos nosotros.
—Mierda… —digo pellizcándome el entrecejo—. No se preocupe, voy yo. Gracias por avisar.
—A usted, señor Fierce.
Me recorre un escalofrío.
—¿Todo bien? —pregunta Jackson con una mirada de preocupación.
—Me llaman de la alarma. Creo que me he dejado a Sombra en el jardín. Voy a revisarlo, ¿vale? —les digo levantándome de la silla.
—Te acompaño —dice Jackson imitándome, pero no quiero arruinarle su primer evento.
—No te preocupes. Te veo mañana en el entreno. Quiero que disfrutes de esto al máximo. Luego te llamo —le digo apretándole el hombro.
—Lleva cuidado —me pide, nada convencido, y yo asiento. Sé que no se queda tranquilo.
—Avisa con cualquier cosa —me pide Dawn, y se lo agradezco.
—¡Pasadlo bien! —les digo y me doy la vuelta.
Cuando salgo del local, corro hacia mi coche y acelero cuanto me permite el motor de este antiguo vehículo.
Un Cadillac tenía que tener…
Me preocupa Sombra. Me dan igual la casa y todo lo material. Solo me preocupa que ella esté bien, y con el poco aprecio que mi padre le tiene a la perra…
Acciono varias veces el claxon del coche para que se aparten.
Me dan igual las multas. Solo necesito llegar a casa. Y, tras unos largos minutos, por fin la distingo. Aparco de cualquier manera y salgo del coche con rapidez.
Se me detiene el corazón cuando veo que la puerta está abierta. Aprieto los puños antes de correr hacia el interior.
Como imaginaba, no, no había dejado a Sombra en el jardín y, por ende, la alarma no sonaba por ella.
Han entrado. La casa está destrozada. Los muebles están todos tirados, las lámparas rotas en el suelo, espejos resquebrajados…
Intento controlarme y centrar mis pensamientos.
«A partir de ahora, todo lo que pase va a ser culpa tuya».
La voz de mi padre suena en mi cabeza.
—¡SOMbrA! —grito al interior de la casa y oigo un pequeño quejido.
—Mierda, mierda, mierda, ¿dónde estás? —me pregunto más a mí que a ella, entrando en pánico.
La busco por todos sitios. Pero, cuando me detengo, me doy cuenta de que solo me queda mirar en la planta de arriba.
Subo los escalones de dos en dos y, al abrir la puerta de mi habitación, mi corazón se rompe en pedazos.
Le han tirado mi pesa de veinte kilos encima.
Intento mantener la calma cuando me acerco a ella. Debajo de la pesa, su cola no se mueve con normalidad.
Noto cómo las lágrimas de pánico me corren por los ojos cuando se la quito de encima.
Pongo la oreja en su torso y, gracias a Dios, escucho los latidos de su corazón. Flojos pero estables.
La levanto en brazos con muchísimo cuidado y, tras coger algo del botiquín, me siento en la cama. Intento controlar la respiración, pero no lo consigo. Esto se me va de las manos.
Está herida, pero va a necesitar cirugía, que alguien le mire la fractura y que se lo coloquen adecuadamente, pero yo no… No puedo.
Cuando le inmovilizo la pata como puedo, me doy cuenta de que a mi lado, sobre la cama, hay un sobre.
Un sobre color beis con mi nombre.
—Espera un momento… —le digo a Sombra, aunque no sé si me oye.
Le han destrozado la pata trasera…
Sigo llorando cuando dejo a Sombra en su camita. Me siento junto a ella para abrir el sobre con las manos temblorosas. Saco de él varias fotos. Y no son ni más ni menos que fotos mías y de Jackson.
No hace falta nada más para que rompa a llorar. Nos han estado siguiendo todo este tiempo. Y no es eso lo que más miedo me da. Lo que me acojona es que tienen pruebas. Tienen pruebas de que estamos juntos.
Nos han pillado en momentos muy concretos: en la primera cita en Santa Mónica, también a través de la ventana del nuevo pabellón. Joder, hasta se nos ve completamente desnudos…
Esto nos puede seguir para toda la vida si sale a la luz…
Rompo las fotos. Me acojonan. No puedo verlas. Porque sé lo que significan: Jackson será el siguiente. Y no puedo. No puedo permitirlo.
Detrás del sobre veo una dirección y una hora con el día de hoy. Ya es la una de la madrugada. La cita es justo a las dos, como si supieran que hoy iba a llegar tarde a casa.
«Claro que lo sabían, imbécil».
Me seco las lágrimas y llamo a Dawn, porque no puedo llamar a Ann, no si no quiero que Jackson se entere. No sin un plan.
Dawn lo coge al tercer tono.
—¿Sigues en el casino? —le digo en cuanto descuelga.
—Acabo de llegar a casa.
—N-necesito que recojas a Sombra y que la lleves a un veterinario de urgencia —la interrumpo—. Han entrado en casa. La han destrozado. Le han tirado una pesa encima y le han roto una pata. Necesita ayuda urgente, Dawn.
—Voy ya —responde, y oigo el tintineo de unas llaves—. Pero ¿adónde vas tú? —pregunta, inquieta.
—Voy a acabar con su juego de una puta vez —le digo antes de darle un beso a Sombra en la cabeza. No quiero dejarla sola, pero Dawn vive a pocos minutos de mi casa. No tardará en llegar.
—Vas a estar bien, pequeña. Vamos a estarlo —le digo antes de limpiarme las lágrimas—. Te quiero…
Intento no culparme por esto de nuevo.
Jackson.
«No es culpa tuya, es culpa de tu padre».
Will.
«Tu padre sabe muy bien lo que hace».
Suspiro y, tras mirar a Sombra una última vez y dejar las llaves de mi casa debajo del felpudo, me doy prisa y salgo desbocado hacia la dirección que pone en el sobre.
Ya está. ¿Me quería de vuelta? Ya lo ha conseguido. Ya me tiene.
Vuelvo a ser su marioneta.