Capítulo 39
J ACKSON
Mentiría si dijera que no estoy cansado cuando entro en el ring.
El sonido ensordecedor del público llena mis oídos y cada grito y aplauso amplifican la adrenali na qu e corre por mis venas.
Respiro hondo e intento calmar los nervios.
Kilian me mira desde fuera del cuadrilátero y su intensa mirada me da el valor que necesito.
Todo lo que hicimos ayer y el tiempo que estuvimos juntos era justo lo que necesitaba para estar tranquilo mentalmente.
Así que ahora puedo centrarme al completo en mi contrincante.
Es grande, algo más de lo que esperábamos.
Tiene la mirada fría y me analiza como si estuviera a punto de aniquilarme.
De eso nada.
El árbitro nos llama al centro del ring y nos explica las reglas, aunque apenas lo escucho. Como si no me las supiera después de todo este tiempo. Estamos en el último torneo antes de la final; la verdad es que se podrían saltar este paso.
Aprovecho para centrarme más aún en mi contrincante antes de que suene el campanazo inicial. Nos movemos en círculo, lo estudio, lo analizo. No es tan seguro como parece.
Cada paso que doy es una mezcla de estrategia y puro instinto. Lanzamos los primeros golpes tanteando el terreno. Su fuerza es evidente desde el principio, porque cada puñetazo que le doy parece no afectarle en absoluto.
Sin embargo, me muevo rápido e intento mantener la distancia, pero él cierra el espacio con una velocidad que me toma por sorpresa. Un gancho derecho me roza la mandíbula, lo suficiente para hacerme tambalear, pero no me caigo.
La multitud grita, y oigo a Kilian entre ellos. Su voz destaca por encima del caos.
—¡BLAKE, VA!
Intento responder con un jab, pero él lo bloquea fácilmente y contraataca con una serie de golpes a mi cuerpo. Siento el aire salir de mis pulmones con cada puñetazo, pero me obligo a mantenerme de pie, a no ceder terreno.
La primera ronda siempre es una toma de contacto. Él es implacable, pero yo no lo soy menos. Busco sus puntos débiles, cualquier apertura que pueda aprovechar, pero me es difícil. Por suerte, logro asestar algunos buenos golpes y eso me da varios puntos, pero su resistencia es asombrosa.
En cada descanso, me desplomo en la esquina, jadeando, mientras Kilian me da instrucciones.
—Recuerda lo que vimos en los vídeos. Encuentra su costado izquierdo —me susurra al oído.
Asiento cuando me vuelve a meter el protector bucal y regreso a la acción.
En la segunda ronda, el ritmo se intensifica.
Nos movemos con más rapidez y cada golpe es más fuerte y certero.
Mi contrincante me lanza un jab que esquivo por poco, y contraataco con un gancho que impacta en su mandíbula.
Por un momento, veo sorpresa en sus ojos, pero desaparece tan rápido como ha llegado.
Mis piernas empiezan a sentir el peso de la pelea. Cada movimiento es más lento. Él lo nota y aprovecha para lanzarme contra las cuerdas. Me cubro como puedo; su lluvia de golpes es implacable.
Me doy cuenta de que no puedo seguir recibiendo esos impactos sin hacer nada.
Aprovecho una breve pausa en su ataque para golpear su costado, ese costado que Kilian y yo habíamos visto en los vídeos que era su debilidad.
Noto una pequeña reacción en él que confirma nuestras sospechas.
Es su punto débil, y decido centrarme en eso.
La tercera ronda es un torbellino de intercambio de golpes. Ambos estamos cansados, pero ninguno cede. Cada vez que parece que uno de los dos va a caer, encontramos la fuerza para seguir adelante. Como si fuera el juego de la cuerda.
El público está al borde de sus asientos, los gritos y aplausos son un rugido constante en mis oídos, pero solo oigo las directrices de Kilian, que me grita con decisión.
Se dedica a decirme movimientos concretos, y muchos de ellos logro ejecutarlos correctamente.
En un momento de descuido, mi contrincante lanza un uppercut que me toma por sorpresa, lo que hace que retroceda en mi esquina.
La visión se me nubla por un segundo, y siento el sabor metálico de la sangre en la boca.
El árbitro se acerca a mí al instante para asegurarse de mi estado antes de continuar.
No puedo caer aquí, no después de todo lo que hemos pasado. Me obligo a recomponerme, a seguir adelante.
La cuarta ronda empieza, y el cansancio resulta evidente en ambos. Cada golpe, cada movimiento, es un esfuerzo enorme. Él lanza un jab que esquivo por poco y se lo devuelvo con un gancho que impacta en su costado, y por fin veo una reacción significativa: su defensa se tambalea por un momento.
Aprovecho la oportunidad y me lanzo con todo lo que tengo.
Nos enfrascamos en una feroz batalla de golpes y contragolpes.
Cada segundo que pasa es una lucha por mantener el control, por no dejarme vencer por el dolor y el cansancio.
Siento que mis fuerzas flaquean, pero la imagen de Kilian en mi mente me da el impulso necesario para continuar.
En la quinta ronda, el desgaste es el protagonista.
Ambos respiramos con dificultad y nuestros cuerpos están al límite.
Él intenta cerrarme el paso nuevamente, pero me adelanto lanzando una serie de golpes rápidos que lo hacen retroceder.
Cada vez que veo una abertura, la aprovecho golpeando con precisión.
Jab-cross-hook-uppercut.
Joder, qué bien sienta acertar.
Veo cómo a mi contrincante empieza a sangrarle la boca.
Escupe al suelo.
Qué puto asco.
La sexta ronda se convierte en una prueba de resistencia. Los golpes son más lentos, pero cada uno lleva consigo el peso de la desesperación y la determinación. Ambos queremos ganar, y se nota.
Mi contrincante lanza un gancho que apenas consigo bloquear y siento el impacto recorrerme el brazo entero. Mis piernas están a punto de ceder, pero me mantengo de pie y resisto.
El árbitro interviene brevemente dándonos un respiro momentáneo.
Kilian me acoge en la esquina del ring.
—Lo tienes hecho, joder —dice mientras me quita el bucal. Me da agua, me enjuago la boca y escupo en el cubo que me tiende—. Sigue cansándolo. Está destrozado.
No le digo que yo también lo estoy porque sé de sobra que se me nota.
Tomo aire para recuperar fuerzas. La campana suena de nuevo, y vuelvo al centro del ring. Mis golpes son más calculados ahora, y me centro en comprobar si su costado izquierdo queda libre.
Finalmente, en la última ronda, encuentro mi oportunidad. Un descuido por su parte, la apertura que he estado esperando. Lanzo un gancho lateral con todas mis fuerzas que me corta la respiración, seguido por un uppercut que lo envía directamente al suelo.
El árbitro empieza la cuenta atrás, y todo parece ralentizarse. Cada número es un latido de mi corazón, una pulsación de esperanza y determinación y… Creo que he ganado…
Cuando el árbitro llega a diez, el rugido del público es ensordecedor. Me dejo caer sobre las cuerdas, agotado pero victorioso. La gente vitorea más aún cuando ven a Kilian saltar al ring y abrazarme con fuerza.
Veo en su mirada lo orgulloso que está.
Lo hemos conseguido los dos. La victoria es de ambos.
Miro a Kilian cuando el árbitro me coloca otra medalla de oro y nuestros ojos se encuentran. Veo en su mirada el reflejo de todo lo que hemos pasado juntos. Este torneo es solo una batalla más en nuestra guerra. Un paso más hacia la verdadera victoria. Porque podemos con esto. Juntos.