Capítulo 37 #2
—Pero si estabais de puta madre hace nada, ¿no? Fuiste a su casa y tal el finde pasado.
—Me contó algo que lo ha cambiado todo. Y ahora no sé qué hacer, porque, joder, lo echo de menos y dentro de nada tenemos un torneo, pero es que no lo puedo evitar y luego…
—Eh, eh, respira —me advierte Sarah—. Vamos por partes. Te contó algo, vale. ¿Algo que hizo él? ¿Algo que pasó…?
Asiento.
—Algo que hizo él.
—Vale. Y esa es la razón por la que lleváis todo este tiempo sin hablar, ¿no?
Asiento.
—¿Os…, os acordáis de lo que me hacía Sylas? —les pregunto, y la mirada de Dean se ensombrece al completo. Se levanta del asiento.
—Como Kilian te haya…
—No, no —lo tranquilizo al instante—. No me ha puesto una mano encima.
Oigo que Sarah suspira, aliviada.
—Pero lo que me contó ha hecho que recuerde mucho cómo me hacía sentir Sylas y, tío, me da miedo que ese patrón se repita con él.
Pasan unos segundos en silencio hasta que Dean explota.
—Pero ¿qué cojones te contó para que te recuerde a eso? ¿Le pegaba a su ex, o qué? Es que no lo entiendo, Jackson…
—No, no. ¡Joder! Si Kilian es…
«Bueno».
La palabra cala hondo en mí. Kilian es bueno. Eso es lo que me ha demostrado todos estos meses.
—A ver… Sabéis que lo llaman Killer, ¿no? —empiezo a contarles.
Sarah abre los ojos como platos y Dean asiente, aun con el ceño fruncido.
—En una pelea ilegal acabó con la vida de un chico.
Pasa un segundo. Dos. Tres. Cuatro…
—Pero… sería un accidente —añade Sarah—. Según lo que nos has contado, ahí no hay ningún control ni regla, ¿no?
—No. Ni arbitro. Y el único que puede controlar algo ahí dentro es su padre.
Dean coge aire y pregunta con cuidado:
—¿Crees que su padre lo obligó a matar a alguien?
—No…, no sé nada de lo que pasó. Me fui nada más me lo contó.
—Típico de ti —dice Dean, y yo frunzo el ceño.
—Joder, Jackson. Que entiendo la reacción, pero… Tienes que dejar que te cuente la historia —interviene Sarah—. No puedes sacar conclusiones precipitadas cuando ni siquiera lo has escuchado.
—Pero, Sarah, que ha matado a alguien…
—Ha matado a alguien en una circunstancia en la que tú mismo has estado. ¿Tú no hubieras matado a nadie en las peleas ilegales si te hubieran obligado a hacerlo?
No respondo. Porque todos sabemos la respuesta. Esos túneles te cambian de por vida, pero no sé… Antes me veo dejando que me maten que matando a alguien.
—Es que, Jackson, entiendo que te remueva mierdas del pasado, pero me parece algo hipócrita que justo tú, que sabes perfectamente cómo funciona ese mundo, lo juzgues así.
—Pero ¿cómo quieres que reaccione? Tuve que irme…
Sarah suspira.
—Según lo que nos cuentas, parece que se ha portado bien contigo y que no parece nada tóxico, o, por lo menos, no por su parte. —Me juzga con la mirada.
—Qué cabrona eres —le dice Dean.
—Simplemente soy sincera. Habla con él, Jackson. Deja que el pobre se explique al menos y ahí decides.
—¿Te ha hablado estos días?
—No.
—Normal. Tienes que escribirle tú. Estará esperándote y seguramente se esté culpando por todo. Yo que tú… haría eso.
Y ese es el empujón que necesitaba. Saco el móvil del bolsillo.
El reloj da las once y media de la noche.
—¿Y qué cojones le digo ahora? —les pregunto, nervioso.
—Un «hola» estaría bien, ¿no crees?
Asiento. Me tiemblan las manos. Veo borrosas las letras.
—Joder, toma.
Le paso el móvil a Sarah y ella escribe.
—Se ha conectado —indica—. ¡Está escribiendo!
—¡¿Ya?!
Dean se levanta del sillón y se asoma a la pantalla. Yo hago lo mismo.
—«¿Estás bien?» —lee Dean en voz alta.
—Dile que ahí vamos.
Las ganas de verlo se disparan dentro de mí.
—Y pregúntale dónde está.
Sarah asiente.
Pasan unos segundos que parecen minutos mientras el corazón me late rápidamente.
—«Pabellón».
—Me voy —les anuncio.
—Bien que haces —dice Sarah cuando le cojo el móvil y le doy un beso en la mejilla.
—Luego nos cuentas —dice Dean estrechándome la mano.
—Gracias —les digo antes de salir y cerrar la puerta con prisa.
Tengo que llegar antes de que se vaya.
A esta hora, las únicas luces que alumbran la calle son las de las farolas; sin embargo, una tenue luz proveniente del gimnasio ilumina algo la acera.
Sigue aquí.
Me quito el casco con rapidez, pero ni siquiera gasto tiempo en guardarlo. Entro en el pabellón con él en la mano.
Solo se oyen los golpes y las cadenas del saco al moverse.
Mi pecho se encoge cuando lo veo.
Todo lo que le rodea me afecta: la rudeza que desprende, la rabia, la fuerza con la que golpea el saco…
Se oye su respiración, sus quejidos por el esfuerzo que está haciendo, y me fijo en sus abdominales, que brillan sudorosos bajo su fuerte pecho tatuado.
Trago saliva y dejo el casco en el suelo.
Doy un paso, pero me paro cuando deja de golpear el saco y lo abraza para detenerlo. Veo que deja escapar un sollozo.
Y entonces ahí se da cuenta de mi presencia.
Su mirada llena de tristeza adquiere un brillo de inquietud y de miedo, pero de pronto se convierte en esperanza, como si hubiera estado esperándome todo este tiempo.
—Pensé que te habías ido para siempre, ¿sabes? —dice con la voz ronca por el esfuerzo.
Niego con la cabeza lentamente.
—No. Yo… necesitaba tiempo…
—Lo sé. Y estaba dispuesto a esperar, pero… tenía miedo de que nunca volvieras.
Doy un paso hacia él con inseguridad.
—¿Cómo estás? —pregunta con la voz suave. Quiere acercarse a mí, y yo le dejo.
—No lo sé —confieso—. He estado mejor…
Él suspira y asiente.
Abandona el saco y baja del ring con facilidad.
—Necesito que me digas por qué has venido —dice acercándose a mí—. Porque necesito… —Su nuez tiembla con nerviosismo cuando traga saliva—. Joder…, no sé qué puedo hacer para conseguir tu perdón.
Su mirada se llena de frustración.
—No…, no tienes que hacer nada.
Mis pies se aferran al suelo. No se mueven, pero él avanza rápidamente hacia mí. No retrocedo.
—Respóndeme a una cosa —dice con voz temblorosa, aunque intenta disimularlo. Su calor me inunda por completo y su olor me embriaga. No dejamos de mirarnos a los ojos—. ¿Me tienes miedo? —pregunta finalmente con un hilo de voz.
Sus ojos escanean mi cara en busca de una respuesta.
Una que sale de inmediato de mi boca.
—No.
Ansioso por tocarlo, mis manos viajan a su pecho, que sube y baja sin parar. Noto su calidez y su pulso rápido bajo mis palmas.
Él suspira, aliviado.
—Háblame —me pide.
Cojo aire y me tomo un momento antes de explicar todo lo que ha ido rondando por mi cabeza esta semana.
—Cuando me contaste lo que pasó, me acojoné. Ya sabes que mi ex me daba palizas y, sin querer, relacioné aquello contigo. Kilian…, no podía quedarme ahí. No puedo volver a algo así.
—En la vida te haría daño —me corta—. Tienes que saberlo.
—Lo sé, pero necesito que entiendas de dónde venía mi miedo cuando me viste así en tu casa. Tú nunca me has hecho nada, nunca me has hecho dudar, pero relacioné lo que dijiste con el pasado y…, joder… No supe cómo reaccionar.
Él asiente.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —pregunto con la voz suave.
Kilian despega su mirada de la mía por un segundo.
—Porque no quería que me vieras como un monstruo.
No quería perderte… —Su voz se rompe con esas últimas palabras, y eso me golpea más fuerte que cualquier otra cosa.
Porque nunca lo he visto como a un monstruo.
Paso las manos por sus hombros, acercándome a él, dudando, pero algo en mi interior me empuja a hacerlo—.
Como tú dijiste, te lo conté cuando mejor estábamos porque pensé que sería mejor hacerlo ahí y no sin unos cimientos porque, si no, estaba seguro de que huirías, Blake.
Pasan unos segundos mientras nos miramos a los ojos.
—No soy perfecto, Kilian. Sé que estoy muy lejos de serlo —susurro con un nudo en la garganta—.
Y lo que hiciste… me duele. Pero también veo a un hombre que ha luchado contra todo eso, que ha intentado ser mejor, que ha cargado con ese peso todo este tiempo y que sobre todo…
me ha demostrado que puedo confiar en él.
Kilian no responde, pero su mirada se suaviza, casi agradecido por mis palabras.
—No te tengo miedo y, joder, pondría la mano en el fuego por ti. Por eso… quiero saber cómo pasó.
Noto cómo sus músculos se destensan un poco y me coloca las manos en la espalda baja para acercarme a él.
—Creo que te lo puedes imaginar… Mi padre me obligó a ganar aquella pelea.
Si no lo hacía, me prometió que me destrozaría la vida.
Había una gran cantidad de dinero apostada por mí y, si no ganaba, mi padre perdía una cifra bastante alta.
Encima coincidió con que le debía muchísimo dinero a sus superiores.
Así que en realidad… puse todo mi empeño.
Porque eso acabaría con todo. Con las deudas y con toda la mierda de mi familia.
El contrincante era de mi edad, unos diecinueve años, pero era enorme.
Sin embargo, la batalla acabó cuando le di un puñetazo en la cara, cayó hacia atrás y se desnucó…
Noto el temblor de sus manos. Ya no me está mirando, sino que mira detrás de mí, como si estuviera viendo su pasado.
—¿Sabes el sonido que hace un cuello al partirse, Blake?
—Su pregunta me horroriza—. Aún oigo en mis pesadillas el crujido que hizo —me confiesa—.
Tras varios años de terapia, lo llevo cada vez mejor, pero después de eso mi padre decidió joderme la vida de todas formas.
—Coge aire—. Me hizo creer que era un monstruo, y todo el dinero que ganó no lo usó para pagar las deudas.
Por eso me costó tanto decírtelo… Nunca había hablado de esto con nadie, Blake, y por mucho que la gente lo intuya, nadie sabe la verdad tras ese mote.
No contengo el impulso y lo abrazo.
Él se sorprende y vacila antes de devolvérmelo, como si no creyera que esto esté pasando de verdad. Yo tampoco me lo creo en cierta parte.
—Lo siento… —susurro enterrando la cara en su pecho. Él me presiona la nuca y me recorre un placer indescriptible por todo el cuerpo—. No quería hacerte sentir así. Yo…
—Ey…, tranquilo. Da igual… Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido —susurra en mi nuca—. Lo importante es que estás aquí ahora y que lo hemos hablado.
—Vale… —digo notando cómo el nudo de mi pecho se desvanece.
—Mírame —me pide soltando un poco el abrazo para cogerme la barbilla con delicadeza y alinear su mirada con la mía.
Sus ojos grises brillan un poco, y, joder, menuda preciosidad.
—Nunca en la vida te haría daño —me promete con la voz ronca—.
Mis manos no están para dañarte. Están para acariciarte, para hacerte sentir, para que te estremezcas…
—Su mano baja de mi barbilla a mi cuello.
Me acaricia la espalda y me atrae hacia él de nuevo—.
Para hacerte gemir mi nombre… —dice rozando sutilmente mi glúteo—.
¿Puedo? —me pregunta antes de mirarme los labios.
Y se me seca la boca.
—Claro que puedes —susurro antes de juntar sus labios con los míos en un suave beso.
Es como si respirara por primera vez en toda la semana.
Nuestros cuerpos se reconocen, se saludan y se reciben. Su mano me sujeta firme por la nuca, se aferra a mí. No quiere soltarme mientras me besa.
Nos separamos por falta de aliento.
—Por favor, déjame llevarte a casa —me pide.
—¿Y eso?
—Déjame enseñarte cuánto te he echado de menos…