Capítulo 37
J ACKSON
Hace una semana que no veo a Kilian.
No me ha mandado ningún mensaje y yo a él tampoco.
Porque no puedo. Me bloqueo. No sé qué coño hacer porque, por muy a gusto que esté a su lado, que haya matado a alguien me ha trastocado toda la imagen que me había hecho de él.
Simplemente porque yo no podría. Me imagino en una pelea de cualquier tipo y no.
Sé que siempr e pod ría detenerme. Que pararía antes de quitarle la vida a alguien.
O por lo menos eso es lo que quiero pensar.
Porque no podría vivir con el peso de una vida a mi espalda. Simplemente no podría.
Recuerdo todas las veces que me he peleado.
En Londres, después de abandonar Las Vegas por el curro de mi padre y el abandono de Sylas, solía meterme en muchas peleas durante el último año del instituto.
He partido narices. He roto huesos, pero nunca he llegado a ese extremo.
¿Qué cojones tiene que pasarte para ser capaz de quitar una vida? ¿A qué tipo de presión tienes que estar sometido como para que esa sea tu última opción?
Suspiro.
Estamos a viernes por la tarde y aún me tiemblan las manos cuando cojo el teléfono por miedo a encontrarme un mensaje que me trastoque más aún, pero nunca llega, y en parte lo agradezco.
Lo desbloqueo y veo que Dean me ha mandado una foto dándose un pico con Sarah. Sin esperarlo, un calor inunda mi pecho y decido llamarlos.
—¡Jacky! —oigo que grita Sarah por el altavoz tras dos tonos—. ¿Qué leches haces que no estás aquí?
—Nadie me avisó —respondo simplemente.
—Cabrón, lo hemos puesto por el grupo esta mañana. Si lo leyeras de vez en cuando, a lo mejor no te perderías nuestras maravillosas veladas. —La voz de Dean suena más contenta de lo habitual, seguro que han estado bebiendo.
Y sí, típico de mí no leer el grupo.
—No me hables de veladas, que me recuerdas al boxeo —gruño por lo bajo.
—¿Ves? Ya sabía yo que le pasaba algo —le dice Dean a Sarah—. Vente, anda, y te emborrachas un poco. ¿Cuánto hace que no te pillas un buen pedo? Tanto boxeo y tanta disciplina te están achicharrando el cerebro.
—Y la fama —añade Sarah.
—Y su novio.
—No es mi novio —corto de inmediato.
—Anda… ¿Problemas en el paraíso? —suelta Dean.
—¿Dónde estáis? —le corto evitando la pregunta.
—En mi casa —responde Dean.
Cojo aire y suspiro. En ese segundo de silencio, oigo unos gritos de celebración a través del altavoz.
—¿Hay mucha gente?
—Solo un par de amigos de la universidad.
A saber lo que son «un par de amigos».
—Voy.
—¡Genial! —dice Sarah.
—Pero con una condición.
—¿Cuál? —pregunta Dean.
—No quiero oír nada sobre Kilian esta noche.
Oigo que Dean se ríe.
—Vale, sí. Problemas en el paraíso.
Creo que hace más de tres años que no voy a la casa de Dean.
Siempre íbamos a la de Sarah porque sus padres solían irse de viaje de negocios.
Los padres de Dean se mataban a trabajar y cuando estaban en casa era única y exclusivamente para descansar.
Aun así, cuando Dean, Sarah y yo hacíamos pellas en el instituto, recuerdo que nos pirábamos a su casa en el primer bus y nos hinchábamos a desayunar cualquier dulce que su madre hubiera preparado el día anterior.
Si la madre de Dean se dio cuenta, nunca dijo nada y siguió haciendo dulces para nosotros.
Y, en cierta manera, echo muchísimo de menos esos días.
Aparco la moto en el jardín y oigo la música desde fuera.
Voy vestido prácticamente como siempre. Una camiseta de tirantes negra se pega a mi torso junto a unos jogger grises. No hay nada más cómodo que eso. Odio llevar vaqueros con la humedad que hay en Las Vegas.
Guardo el casco en el compartimento de la moto y se me encoge el corazón al ver el de Kilian al lado.
Ignoro la debilidad que eso me genera porque, si no, acabaré llamándolo.
Sé que sería fácil volver a sus brazos.
Recuerdo la sensación de besarlo y me estremezco, porque Kilian no besa, Kilian te hace suyo. Sus brazos viajan por todo tu cuerpo mientras lo hace y te recuerda que te necesita a su lado, que quiere más de ti. Y, joder…
Tuerzo el gesto al bajar el compartimento de golpe para intentar deshacerme del recuerdo del tatuaje de su calavera.
Suspiro antes de llamar al timbre de la casa de Dean, que es parecida a la mía. Un dúplex familiar típico de las afueras de Las Vegas con su pequeña parcela en el exterior.
La música se oye a través de la puerta, pero cuando esta se abre me sorprende su alto volumen. Dean aparece sonriente y con las mejillas encendidas. Su pelo rubio algo desaliñado.
—Te vas a quedar sordo —lo saludo.
Él se acerca a mí y me abraza rápidamente. Su aliento huele a cerveza.
—¡Es una fiesta! La música no puede estar baja…
Oigo el barullo de la gente y estoy seguro de que ese ruido no lo pueden generar un par de amigos de la universidad.
—Conque un par de amigos, ¿eh?
—Shhh, no nos amargues nada más llegar.
—¡Jaaackyyy! —grita Sarah asomándose por la puerta y rodeándome los hombros con los brazos.
—Hey… —susurro en su pelo—, ¿tú también vas borracha?
—Un poco solo. No nos lo tengas en cuenta.
—Nah, eso es bien.
—Pasa, anda —dice Dean tirándome del brazo hacia dentro—, tienes que ponerte a nuestro nivel.
El calor de la fiesta me abruma, pero se me pasa rápido cuando Dean me lleva a la cocina y prácticamente me obliga a beberme un cubata del tirón.
El calor del alcohol bajando por mi garganta me quema y me embriaga a la vez mientras la gente que se encuentra aquí empieza a animarme para que me lo acabe.
Cuando me lo termino y dejo el vaso con fuerza en la encimera, todos gritan.
No reconozco a ninguno de los amigos de Dean, pero no me importa. No tengo gran interés.
Sarah me mira con una sonrisa y yo se la devuelvo.
—¿Otro?
Nunca he asentido tan rápido.
Sarah me echa los hielos en el vaso mientras Dean sirve el alcohol. Ignoro el hecho de que el cabrón me lo haya cargado bastante antes de llevármelo a los labios.
Cierro los ojos al tragar el primer sorbo y se me vienen a la mente unos ojos grises.
Sus ojos grises.
Sus putos y maravillosos ojos grises que tan loco me vuelven.
Me atraganto y empiezo a toser.
Dean se ríe cuando dejo el vaso y cojo aire.
«Tenemos un torneo el lunes. No puedes hacer esto», me dice la voz de mi conciencia.
—Vamos a bailar —les pido.
A Dean no se le pasa por alto que no cojo de nuevo el cubata cuando me dirijo al salón.
Ambos dudan en seguirme, seguramente porque saben que no soy nada de bailar, pero no parece importarles este pequeño cambio.
Hago un pequeño hueco entre la gente e intento dejarme llevar con mis amigos.
Sarah me pasa los brazos por los hombros y Dean me coge de las caderas, bailando al ritmo de la música. No es nada sexual. Simplemente nos divertimos. Pero la diversión no dura tanto cuando en la siguiente canción reconozco al segundo la voz de la cantante.
—La puta Taylor Swift… —gruño antes de salir de la casa de Dean abruptamente para no explotar delante de ellos.
Frustrado, le doy una patada a una piedra del porche de Dean, que sale volando y cae en el jardín.
Respiro e intento controlar el nudo que se tensa en mi pecho.
Me acuclillo en busca de aire e inevitablemente, al escuchar la voz de la cantante, los recuerdos que compartí con Kilian me inundan.
Su sonrisa de felicidad mientras cantaba sus letras en su descapotable, sin ningún pudor, delante de mí. Su manía de ponerme la mano en el muslo mientras conducía…
Aprieto la mandíbula. Está claro que la rubia siempre me recordará a él.
Controlo la respiración y me pongo de pie lentamente. Otra vez he conseguido no llamarlo. Pero la pregunta es, ¿por qué no lo hago?
Si lo echo de menos, si quiero verlo, si quiero que me folle, ¿por qué cojones no se lo digo?
«Ha matado a alguien», me dice mi subconsciente.
Una gota de sudor me recorre la frente. Recuerdos de Sylas alzándome la mano me vienen a la cabeza.
Puñetazos, palizas, patadas…
«Kilian no es Sylas», me intento recordar.
«Kilian no es Sylas, Kilian no es Sylas, ¡JODER!».
Me doy cuenta de que he gritado esto cuando una chica desconocida se asusta y se aleja de mí abruptamente. Su grupo de amigos la sigue. Doy un paso atrás, angustiado, mientras veo que, detrás de ese grupo de gente, otro abandona la casa, y así sucesivamente.
¿Qué está pasando?
Cojo aire e intento ordenar mis pensamientos antes de pasarme una mano por el pelo y entrar de nuevo en la casa de Dean, ahora vacía y sin música.
—¿Que…? —digo con un hilo de voz.
El nudo de mi pecho ya está de lo más apretado.
«No llores, Jackson, joder. Tú no eras así», me digo, aunque en realidad sí. Siempre lo he sido.
—Voy borracho, Jackson, pero no tanto como para no darme cuenta de que estás en la mierda —me dice Dean mientras abre las ventanas para airear la casa.
Sarah empieza a recoger los vasos de plástico rojos.
Y yo me siento culpable por haberles jodido la fiesta.
Me dejo caer en su sofá de cuero marrón y me cubro la cara con las manos, apoyando los codos en las rodillas.
Respiro varias veces entre temblores antes de notar una cálida mano que me acaricia en la espalda. Cuando esta se retira, me destapo la cara y me encuentro con los ojos verdes de Sarah.
—Déjanos ayudarte —me pide suavemente. Mantengo su mirada unos segundos y asiento sin saber muy bien qué estoy haciendo. ¿Qué les voy a contar? ¿Que el chico que me gusta ha matado a alguien?
Miro alrededor y la casa de Dean ha vuelto a su estado habitual en pocos minutos. Ahora es mucho más acogedora.
Dean se sienta en el sofá de enfrente y entrelaza los dedos cuando se inclina hacia delante.
—¿Qué ha pasado, tío? —pregunta algo nervioso, como si leyera en mis ojos que no es ninguna gilipollez.
Niego con la cabeza, frustrado. ¿Qué cojones les digo?
—Es que no sé si… Joder, es que es difícil.
—Tranquilo —dice Sarah—. Tómate tu tiempo.
Trago saliva y ordeno mis pensamientos como puedo.
—Hace una semana que no hablo con Kilian —confieso.
Dean frunce el ceño.