Capítulo 35
J ACKSON
Sus labios saben a vino. Los míos a cerveza barata.
Ambos estamos a tono. Y se nota. Se nota en cómo me acuna la cara en sus manos para besarme.
Se nota en la lentitud del movimiento de nuestras lenguas al entrelazarse.
Se nota en el c ariño de mis dedos acariciándole la espalda y en el bulto que se marca en la toalla que rodea la cintura de Kilian.
—Pasa —me ordena. Entro en su casa y Sombra me recibe con el mismo ánimo de siempre. La acaricio y, cuando alzo la mirada, pillo a Kilian sonriéndome.
—Le gustas mucho —observa.
—Creo que al dueño le gusto más…
Él se acerca a mí y me besa la frente.
—Mucho más —susurra antes de juntar sus labios con los míos.
No sé si es por la cerveza que he estado tomando antes o por sus labios, pero no siento nada más que su boca. Su sabor acapara todo y, cuando deja de besarme, me siento mareado, como si fuese una droga.
—Voy…, voy a ponerme algo —informa.
No le digo que no, porque sé que, si no se pone algo en este mismo instante, empezaremos a follar aquí y ahora. Y a mí siempre me ha gustado eso de jugar un poco al principio.
Cuando entro en su habitación, veo que la luz de las velas ilumina tenuemente la estancia. Encima de las sábanas negras hay dos botes, y yo niego con la cabeza.
¿Qué trama?
—Había pensado… —empieza a decir desde su vestidor, como si me hubiera leído la mente— que podría darte un masaje…
—Ah, ¿sí? ¿Y eso? —le pregunto quitándome la camiseta cuando veo que él solo se ha puesto unos bóxers azul marino.
—Porque tengo ganas de tocarte… Y porque quiero que mi luchador estrella vaya sin contracturas al último torneo antes de la final.
Se me viene a la mente el recuerdo de cuando me lesioné y él me hizo un masaje con la pomada antiinflamatoria. Sentir sus manos masajeándome la espalda fue increíble. Kilian se me acerca y me pasa una mano por la espalda baja, lo que me pone los pelos de punta.
—¿Qué te parece? —me pregunta.
—Una muy buena idea… —respondo quitándome el pantalón. Lo dejo caer.
Solo se oye el sonido de la tela cuando me lo quito de los pies y nuestras respiraciones. Nada más. Como siempre: él y yo.
—Túmbate… —me pide con un susurro, devorándome con la mirada.
Hago lo que me pide y me acuesto bocabajo, a su merced.
Noto cómo se sienta en mi espalda baja con cuidado.
Oigo cuando abre el bote de aceite y deja caer una línea de líquido por mi columna vertebral.
Inconscientemente, arqueo la espalda y noto su respiración un poco más profunda.
Sus fuertes manos extienden todo el aceite y, en ese momento, me dejo llevar por el gusto.
Noto sus manos por todos lados. Los hombros, la espalda, el cuello…
Gimo cuando presiona una contractura.
—Nunca había tenido tanto tiempo para fijarme en tus tatuajes.
—¿Te gustan?
—Mucho. El dragón este… —dice pasándome la mano por mi columna vertebral, siguiendo las curvas de la cola del dragón— es mi favorito. ¿Qué significa?
Recuerdo perfectamente que me lo hice antes de entrar a trabajar en la obra en Londres.
—Fuerza, valentía y unión. Ese, el corazón de espinas y la llama del brazo son los únicos que tienen significado. Los demás son por estética.
—Son bonitos —dice, y no pregunta por el significado del corazón, seguramente porque lo intuye.
Sigue presionando puntos específicos de mi espalda con mucha precisión.
Empieza a conocer dónde tengo las contracturas y ejerce presión en ellas.
El dolor lucha contra el placer y se me ponen los pelos de punta del gusto.
—Me gusta cómo tu cuerpo reacciona ante mí… —me susurra al oído—. Cuéntame qué significa la llama…
A mí también me gusta, y mucho.
Ahora, en vez de apretar, me acaricia la espalda con las yemas de los dedos con suavidad, lo que me provoca escalofríos.
—Amor. Leí en un libro que el fuego quema y calienta a partes iguales. Solo tienes que saber cómo acercarte a él. Y decidí tatuármelo para recordarme eso a diario. Pero luego en la práctica ya sabes… —Kilian se ríe sobre mí.
—Me ha gustado, Blake.
—¿Y tus tatuajes? —le pregunto con curiosidad—. ¿Qué significan?
Sus dedos se detienen abruptamente en mi espalda, como si la pregunta le hubiera tomado por sorpresa.
—Todos tienen significado… ¿Cuál te gusta más?
No dudo ni por un segundo.
—La calavera.
Noto cómo Kilian se tensa encima de mí.
—La dichosa calavera…
Suspira profundamente antes de seguir hablando, como si le costase decir lo que está a punto de contarme.
—Me la hice como forma de castigo. Hice algo hace unos años y fue mi manera de recordármelo.
Hoy en día me sigue atormentando de vez en cuando y por eso las pesadillas y tal…
—Su voz tiembla mientras se sincera. Noto un deje de duda, como si se estuviera debatiendo sobre si es buena o mala idea contármelo.
—¿Tan grave fue? —le pregunto, y él se baja de mi espalda.
Me doy la vuelta y nos miramos a los ojos.
—Tan grave como para ganarme el apodo de Killer, Jackson.
Mi mundo se detiene.
¿Está diciendo lo que creo que está diciendo?
—Por eso odio que me llamen así. Porque nadie sabe de dónde viene ese mote realmente y lo que provoca en mí cada vez que lo escucho. Era un crío cuando pasó y cambió mi vida de tal forma que…
Dejo de escucharlo. Me empiezan a pitar los oídos.
Kilian acaba de confesarme que ha matado a una persona.
Noto cómo mi pecho empieza a cerrarse con una rapidez vertiginosa. Él deja de hablar. Me mira con la mandíbula tensa. Sus ojos grises están llenos de arrepentimiento cuando arranca su mirada de la mía y mira el suelo.
Cojo aire, o lo intento. Mis pies se mueven solos.
Voy y vuelvo por la habitación mientras intento organizar mis ideas o por lo menos entender qué cojones significa esta nube de mierda que me cubre la cabeza.
Imágenes de Kilian dando de hostias a un chaval a puño limpio, con fuerza, hasta acabar con su vida, hacen que se me revuelva el estómago.
«Joder, joder, joder. ¡Joder!».
Me deslizo por la pared hasta quedar sentado en el frío suelo de su habitación. Inevitablemente, me siento demasiado expuesto y busco mi ropa con las manos temblorosas.
Kilian no habla, se queda helado, pero cuando ve que cojo el pantalón que traía hace el amago de acercarse a mí con cuidado.
Por pura inercia, me alejo de él y solo soy consciente de lo que estoy haciendo cuando veo el dolor en sus ojos grises, que parecen negros ahora.
—Blake… —susurra con la voz rota.
—No.
Niego con la cabeza. Mis ojos empiezan a llenarse de lágrimas.
Cojo la camiseta y me la pongo con prisas. Necesito salir de aquí.
—Joder, ¡Jackson! —alza la voz y me encojo un poco.
—¿Cómo cojones se te ocurre soltarme esto así? —exploto—¿Estás bien de la cabeza?
—Pensé que…
—¿Que qué, Kilian? ¿Que me daría igual que hayas matado a alguien? Joder, estoy en la mierda, pero no soy tan gilipollas, ¿sabes?
El corazón se me encoge mientras Kilian se pasa una mano por el pelo.
—Tenía que contártelo…
Cojo aire antes de explotar.
—Y has tenido que esperar a que estemos de puta madre para hacerlo, ¿no?
Él no responde.
Mi paciencia se empieza a acabar. Niego con la cabeza.
—No sé cómo querías que reaccionara —me sincero—. Sabes perfectamente de dónde vengo y esto… Esto lo cambia todo, joder.
Sylas me viene a la cabeza y frunzo el ceño cerrando los ojos con todas mis fuerzas, intentando sacarlo de mi mente como pueda.
—Por eso quería…
—Me voy —lo corto.
No puedo escucharlo más.
Él agacha la cabeza, rindiéndose.
Cojo mis cosas de su mesilla de noche y me las meto en el bolsillo apresuradamente. Me doy la vuelta y desaparezco de su habitación dando un portazo. Ni siquiera miro atrás, y él tampoco intenta seguirme.
Dijimos que no más secretos, y míranos, como si este no fuera uno que lo cambiase todo.
Salgo de su casa y me subo a la moto tan rápido como puedo.
Mi ex me daba palizas de muerte y ahora el chico que me gusta es un puto asesino.
De puta madre, Jackson. Así te va.