Capítulo 31
J ACKSON
En menos de una semana, Kilian ha conseguido otro gimnasio. Y casualmente ese gimnasio es el mismo, ni más ni menos, donde luchamos por primera vez el día después de comernos la boca en un garito.
El sol del atardecer se cuela a través de las ventanas e ilumina el espacio con una luz dorada.
Justo cuando llego, Kilian está terminando de entrenar a un grupo de niños, mostrándoles los movimientos básicos y corrigiendo su postura con paciencia.
Verle así me enternece. Yo nunca podría darle clase a nadie, ni mucho menos a un niño.
No tengo ni un poco de paciencia. Tampoco la quiero.
Empiezo a vendarme los nudillos, que ya están más que curados, mientras él acaba con los pequeños. Los niños lo miran con admiración, siguiendo cada una de sus instrucciones sin rechistar. La alarma del contador de asaltos suena y da por finalizado el entrenamiento.
—¡Buen trabajo, chicos! —dice Kilian, aplaudiendo—. Eso es todo por hoy. Recordad practicar en casa y nos vemos la próxima semana.
Los chavales se despiden con entusiasmo, chocándole el puño antes de ir al vestuario para recoger sus cosas e irse. Kilian se toma un momento para limpiarse el sudor de la frente. Su mirada se encuentra con la mía. Hay una chispa de desafío y afecto en sus ojos.
—¿Listo para el entrenamiento? —me pregunta, acercándose.
Asiento y noto cómo mi corazón se empieza a acelerar.
—Vamos con el calentamiento —dice con voz firme.
—Estas en el papel hoy, ¿eh? —le vacilo.
—Simplemente estoy inspirado.
Empiezo con una serie de estiramientos, siguiendo sus indicaciones, mientras él ajusta mi postura de vez en cuando.
Sus manos son firmes pero suaves, y cada toque envía un calambre por mi cuerpo.
Luego pasamos a los saltos de cuerda siguiendo un ritmo rápido y constante, sincronizado cada salto con mi respiración.
—Ahora, al saco —ordena Kilian, que me guía hacia el pesado saco colgado en el centro del ring—. Quiero que trabajes en tus combinaciones. Jab, cross, gancho. Repite.
Comienzo a golpearlo y cada impacto resuena en el espacio vacío. Kilian camina a mi alrededor mientras analiza cada movimiento. Cuando nota un error, no duda en corregirme.
—¡Más rápido, va! Pon más fuerza en ese gancho. Imagina que es tu oponente —me insta; su cercanía intensifica la presión y me pone más nervioso.
El sudor comienza a caer por mi frente mientras mis músculos se tensan por el esfuerzo. Pero no es solo el ejercicio lo que me desafía; es su puta cercanía, su presencia envolviéndome hace que quiera esforzarme aún más.
Después de varios minutos intensos, Kilian me detiene y se coloca frente a mí. Sus ojos se clavan en los míos, y veo la determinación en su mirada.
—Ahora, quiero que practiquemos defensa —dice, adoptando una postura de guardia—. Intenta darme.
Sus ojos grises como el hielo me taladran tras las manos tatuadas.
Lanzo un golpe, que él bloquea con facilidad. Sus movimientos son más rápidos y precisos que los míos. Cada vez que me acerco, sus manos me desvían y su cuerpo me esquiva con una gracia letal. La tensión entre nosotros es palpable y cada contacto va cargado de electricidad.
—Céntrate… —me advierte con la voz baja y ronca.
Siento el calor de su cuerpo cada vez que nos rozamos, la rivalidad y el deseo arden dentro de mí. Trato de concentrarme, pero su cercanía me desarma. Mi mente y mi corazón luchan por mantener el control.
—Estás distraído —insiste Kilian, deteniéndose y acercándose aún más—. ¿Qué pasa?
Su proximidad me envuelve, su aliento cálido me roza la piel. Trato de mantener la compostura, pero es difícil cuando todo lo que quiero es acortar la distancia entre nosotros.
—Me pones nervioso, joder —admito, mis palabras salen más rudas de lo que pretendía.
Kilian sonríe, una sonrisa que dice más de lo que cualquier palabra podría expresar. Se retira un poco, pero sus ojos nunca dejan de mirarme.
—Bueno, eso es parte del entrenamiento —dice con un tono más suave—. Tienes que aprender a mantener la concentración bajo presión.
Asiento, tomo aire profundamente y me preparo para continuar.
Le pego más fuerte esta vez, pero vuelve a esquivarme con facilidad.
Ahora le esquivo yo y consigo asestarle un golpe en el abdomen.
De repente, Kilian se mueve hacia delante y su cuerpo choca con el mío, llevándome contra la pared del gimnasio.
Su respiración es pesada. Su rostro está tan cerca del mío que puedo apreciar cada detalle de sus ojos grises.
No sé si es el calor del momento o la intensidad de su mirada, pero me siento completamente vulnerable y expuesto.
—¿Qué pasa, Blake? —susurra, con sus labios casi rozando los míos—. ¿Te rindes?
La provocación en su voz es inconfundible.
Respiro su aliento por lo cerca que está.
No quiero rendirme, no ante él. Siento una oleada de determinación y algo más, algo que arde en mi interior. Sin pensar, recorto la distancia que hay entre nosotros y le lamo los labios entreabiertos.
Kilian gruñe y acerca aún más, si es posible, sus labios a los míos.
—Ríndete —me pide con la voz más que ronca.
—Nunca —digo antes de forcejear, y él emplea más fuerza para inmovilizarme contra la pared.
Un quejido se me escapa y la mirada de Kilian se ensombrece por completo.
Espera un segundo.
Dos.
Tuerce el gesto.
Tres.
Y me besa.
Pero logro esquivar sus labios. Paso la cabeza por debajo de su hombro y, con el brazo firme, logro presionarle la espalda para dejarle aprisionado cara a la pared.
—Yo no me rindo, Kilian —digo, mirándolo a los ojos—. Nunca me rindo.
Noto cómo le empieza a costar respirar bajo mi brazo, y lo suelto.
Nos separamos, ambos respiramos con dificultad, pero con una nueva comprensión entre nosotros. Esto no es solo boxeo, no es un simple entrenamiento. Es algo mucho más profundo, algo que compartimos y que define nuestra relación.
—O dejas de mirarme así, o te follo ahora mismo, Blake —dice sin tapujo alguno.
No le quito la mirada de encima mientras ando lentamente alrededor del saco de boxeo.
—¿No querías que la primera vez fuera romántica? —le respondo, tanteando el terreno.
¿Quiere follarme aquí? Que lo haga. A ver si se atreve.
—¿No te parece romántico hacerlo donde luchamos por primera vez? —pregunta.
Se me escapa una pequeña sonrisa.
Ahí está mi Kilian. Veo perfectamente cómo está luchando su lado sexual con el romántico.
Me acerco a él de nuevo y apoyo las manos en las tiras de tela del ring, acorralándolo de nuevo contra las cuerdas.
—Tiene su punto, sí —admito.
—Sigues mirándome así… —me advierte.
Lo que ha empezado en broma empieza a ponerse serio.
—Blake… —susurra—, ¿de verdad te apetece? —pregunta con cuidado, suavizando la mirada.
Y me pregunto qué coño he hecho yo para merecer que alguien me mire así.
Quito las manos de la banda de tela lentamente y se las tiendo.
Mis movimientos son precisos y cuidadosos. Él cambia su mirada de mis ojos a mis manos vendadas, y entiende perfectamente lo que le pido.
La tensión puede cortarse con un cuchillo cuando acuna una de mis manos entre las suyas. Y me transmite su calor. Me acaricia desde la punta de los dedos hasta el antebrazo, poniéndome la piel de gallina.
Me desabrocha el velcro de la venda y, con paciencia, la desenrolla. Cuando quita los entrelazados de los dedos, deja caer mi mano lentamente antes de cogerme la otra y hacer exactamente lo mismo.
Mi pantalón de deporte no esconde lo mucho que quiero que este hombre me haga suyo.
Cuando ambas vendas están a punto de caerse, Kilian coge lo que aún queda de ambas en mis muñecas y tira de ellas con fuerza para luego lanzarlas al suelo, lo que emite un sonido similar al de un látigo.
Todo mi cuerpo se estremece.
Un quejido sale de mi boca y él tuerce el gesto.
Sus labios enrojecidos se curvan en una sonrisa maliciosa.
Da un paso hacia mí y, por instinto, yo retrocedo.
Sin apartar su mirada de la mía, él asiente, como si estuviera seguro de lo que está haciendo.
Da otro paso más y yo vuelvo a retroceder.
Otra vez.
Y otra.
Cuando, de pronto, mi espalda baja roza con algo que no sé qué es hasta que oigo el sonido de las cadenas.
El saco.
Cuando Kilian ve que me he dado cuenta de que me ha acorralado aquí a propósito, sonríe con picardía antes de cogerme por la nuca. La otra mano la usa para sujetar fuertemente las cadenas del saco e inmovilizarlo por completo.
—Que empiece el combate —susurra antes de acercar su rostro al mío con cautela y juntar nuestros labios.
Sus labios húmedos caen sobre los míos con una caricia de lo más sensual.
Entreabro los míos tras su cálido contacto, pero no sube la intensidad del beso.
Todo lo contrario: deja mi boca a un lado para sembrar besos suaves por mi rostro y provocar en mí un placer que nunca antes había experimentado.
Me besa la mejilla, la mandíbula, el cuello…
—Joder… —gimo y cierro los ojos, echando la cabeza hacia atrás.
Mi abdomen se contrae cuando coge el dobladillo de mi camiseta y me acaricia la piel con los nudillos.
De repente siento a Kilian por todos lados. Él deja de agarrar el saco para cogerme a mí al pasar un brazo por mi espalda baja. El saco de boxeo empieza a perder su estabilidad. Las cadenas tintinean.
—¿Confías en mí? —me pregunta mirándome a los ojos.
Yo asiento, porque está claro que lo hago.
—Déjate caer —me pide.
Poco a poco, voy dejando el peso de mi torso a su merced, y con sus fuertes brazos consigue acostarme sobre el suelo semiacolchado del ring.
Arqueo la espalda con impaciencia en busca de su contacto, pero no tarda en llegar.
Kilian se acuesta sobre mí y apoya su peso en una semiflexión para luego detenerse a mirarme por un momento. Alzo las manos hacia él y le acaricio los brazos y la espalda.
—¿Por qué leches no me estás besando? —le pregunto. Mis labios me hormiguean. Me piden más de él.
—¿Te he dicho alguna vez lo precioso que estás debajo de mí? —pregunta esbozando una provocadora sonrisa.