Amor contra las cuerdas Capítulo 30
59%

Capítulo 30

K ILIAN

Cuando salgo del coche, no creo lo que veo. Dos camiones de bomberos aparcados en frente del pabellón. Agua, humo y fuego batallando entre ellos para ver quién es más fuerte. Aunque está claro quién ha ganado. El fuego se lo ha llevado todo…

Un nudo me aprieta el corazón cuando avanzo un paso. Luego otro. Un policía me para y me dice que no puedo estar ahí, que la calle está cortada, pero no lo escucho. Ni siquiera me percato de que ya no ando hacia el gimnasio, sino que el policía me está apartando de allí.

—P-perdone —logro decir mientras sigo mirando el caos desde lejos.

Mi mirada se distorsiona. Y cuando ya no veo nada es cuando me percato de que estoy llorando.

Poco a poco, dejo que todo salga. Mi cuerpo tiembla. Me sacude el miedo. Me domina la ansiedad cuando, sin darme cuenta, me siento en el suelo y me abrazo las piernas.

Soy consciente de lo tonto que he sido. Ahora Will…

«Todo lo que va a pasar es culpa tuya».

En unos segundos, oigo el rugido del motor de una moto y mi cuerpo se tensa aún más. Pero levanto la mirada y, cuando veo que es él, todo cambia.

Consigo coger aire profundamente.

Se acerca a mí sin siquiera quitarse el casco. Me escanea con la mirada antes de arrodillarse para estar a mi altura. Me pone una mano en el hombro y sus ojos marrones se clavan en los míos.

—Ya estoy aquí… —me susurra.

Y lo escucho. Joder que si lo escucho.

¿Hace cuanto que no tengo a alguien que de verdad esté? Ann es mi representante. Will es mi entrenador. Dawn me quiere por mi fama. Mi padre, por la pasta.

Pongo la mano sobre la suya y me levanto con las pocas fuerzas que tengo.

—G-gracias por venir —consigo decirle, y él se quita el casco.

—¿Cómo no iba a venir, imbécil? —pregunta abrazándome fuerte. Espera varios segundos antes de separarse de mí.

—¿Sabes qué? —le pregunto, porque eso me ha recordado a una cosa del pasado.

—Dime —dice Jackson con el rostro algo aliviado tras ver que he dejado de llorar.

—Una vez me prometí que nunca iba a ser yo quien rompiera los abrazos que me diesen.

Jackson sonríe de lado y, con discreción, me acaricia la palma de la mano.

—Nunca sabemos cuándo puede ser el último, ¿sabes? —continúo.

—Eso es muy bonito.

—Triste, más bien —le rebato.

—No. Porque eso significa que entonces puedo tener abrazos infinitos —dice él y, tras darse cuenta de lo que ha dicho, desvía la mirada y se pasa una mano por el pelo.

—¿Acabas de…?

—Cállate —dice advirtiéndome con la mirada, pero cuando vuelve a mirarme, suaviza la expresión—. ¿Cómo estás?

Niego con la cabeza.

—En shock —confieso—. Literalmente he pasado más horas aquí que en mi propia casa… Tengo miles de recuerdos de este lugar junto a Will, y verlo destruido… He hablado con él antes de llamarte a ti y no podía creérmelo.

Tras lo que pasó en las peleas ilegales, este lugar me dio la luz que necesitaba en aquel momento.

Me hacía sentir tan bien que prefería pasar los días allí con Will que solo en mi casa.

El proceso de adoptar a Sombra me ayudó a despegarme un poco de aquel pabellón, tras acudir allí durante dos años prácticamente todos los días.

Pero que ahora haya desaparecido…

Jackson me abraza y yo le paso una mano por la espalda para acercarlo a mí.

—¿Quieres que vayamos a verlo? —me pregunta.

—¿Con lo mal que te cae?

—Está en el hospital, joder… Y es muy especial para ti.

Mi cerebro ata cabos y me pregunto por qué leches estoy aquí y no en el hospital.

—Tienes razón —digo secamente—. Vente en mi coche, que te quiero conmigo. Luego…, luego volvemos a por la moto.

—Vale —responde guardando el casco. Cuando subimos al coche, me pregunta con cuidado—: ¿Crees que ha sido él?

Aprieto la mandíbula antes de asentir.

—Por supuesto. Aunque el pabellón estaba en malas condiciones, puede que digan que ha explotado una caldera o algo así. Mi padre no es tonto, así que hasta que los bomberos no acaben con el fuego, no se podrá investigar la causa…

Jackson suspira.

—Menuda mierda…

Arranco el coche y me dirijo hacia el hospital.

—Pues sí, menuda mierda…

Tras unos minutos conduciendo en silencio, esta vez es Jackson quien pone su mano en la mía, sobre la palanca de cambios. Agradezco el contacto y le acaricio la palma con el pulgar. Cambio de marcha con su mano debajo de la mía.

Finalmente, llegamos al hospital.

—Perdone, ¿sabe en qué habitación está William Blake? —le pregunto al recepcionista, y este nos dice el número.

El hospital huele a desinfectante y miedo.

Cada paso que damos parece retumbar en el silencio.

Jackson anda a mi lado; soy consciente de que su presencia es lo único que me mantiene en pie ahora mismo.

Mi padre ha llevado esto demasiado lejos.

El gimnasio, mi segundo hogar, reducido a cenizas.

Y William atrapado en el fuego… Todo por mi culpa.

Llegamos a la puerta de la habitación y me detengo. Tomo aire antes de entrar. Jackson me mira con preocupación.

—Te espero aquí —dice, decidido, y yo asiento.

Inspiro con la intención de calmar el pulso, pero no lo consigo. Abro la puerta lentamente y veo a William en la cama, cubierto de vendajes. Su rostro está pálido, pero sus ojos se iluminan cuando me ve.

—Hola… —dice con una voz débil pero firme.

Me acerco a la cama con un nudo en la garganta. No puedo abrazarlo porque está lleno de vendajes.

—Mierda, William… —digo acercándome a él—. Esto…, esto es culpa mía —murmuro. Apenas soy capaz de mirarlo a los ojos.

William niega con la cabeza.

—No, Kilian. Esto no es culpa tuya. Tu padre es responsable de sus propias acciones. Es consciente de lo que hace.

—Necesito saber que estás bien… ¿Qué ha pasado?—le pregunto preocupado.

William sonríe débilmente.

—Voy a estarlo. Tengo algunas quemaduras, pero nada que no pueda superar.

Y respecto al incendio, tuve suerte de que no fue de golpe.

Me dio tiempo a sacar a todos los chavales de ahí.

Solo que antes de salir me tropecé y me quemé la parte delantera del cuerpo.

Pero está bien, Kilian, no son quemaduras graves.

Mi ansiedad se dispara cuando me siento en la silla, al lado de su camilla. Si tuviera conectado el aparato que mide las pulsaciones que tiene Will, estaría pitando demasiado rápido.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunto, sintiendo cómo crece la desesperación dentro de mí.

Él suspira. Mira al techo por un momento antes de devolver su atención hacia mí.

—No te voy a pedir que lo hagas, Kilian. Pero tú estás más que capacitado para dar las clases. Si encuentras un gimnasio donde hacerlo, y solo si quieres, podrías darlas tú… —propone antes de toser.

Por los niños haría lo que fuera. No puedo dejar que la comunidad del gimnasio de Will muera. Nunca. Puede ser que esa hora que tienen de boxeo al día sea su salvación, como lo fue para mí. Asiento y aprieto la mandíbula con determinación. El corazón amenaza con emocionarme.

—Méteme en el grupo de padres y lo organizo yo, William. No voy a dejar que mi padre afecte a más gente.

—Gracias, hijo —dice con la voz carrasposa—. Te veo pronto, ¿vale?

No puedo irme aún, no sin antes pedirle consejo.

—Espera… Esta mañana hablé con él. Me dijo que tenía que volver a las ilegales y dejar a Jackson bajo a su nombre o sino…, pues haría cosas como estas… Y, joder, no tengo ni idea de qué hacer, Will, me siento literalmente igual que el primer día que te conocí.

Will suspira.

—Menudo sádico de mierda… Vale, vamos por partes, Kilian, primero tienes que poner a Jackson a salvo y luego a ti mismo. Tú sabes a qué y a quién te enfrentas, pero él…

—Tienes razón.

—Luego tenemos que hacer un plan, pero no es el momento —dice entre toses—. Déjame descansar. Se me ocurrirá algo estos días.

—Por supuesto. Por favor, mejórate —le pido, apretándole la mano suavemente.

—Y vosotros cuidaos. No soy yo quien está ahí fuera. Y ya sabemos de qué es capaz tu padre.

—Eso intentaremos…

—Saluda a Jackson de mi parte. El combate que ganó fue una pasada.

—Se lo diré —le digo, orgulloso por Jackson—. Descansa, Will.

Él asiente y salgo de la habitación mientras mi mente gira en un torbellino de emociones.

Jackson y yo tenemos que encontrar un nuevo lugar para entrenar.

A él y a los niños. Pero, más que eso, tenemos que enfrentarnos a mi padre y a todo lo que representa.

Y sé que no puedo hacerlo solo. Miro a Jackson y siento una mezcla entre cariño, gratitud y valentía.

—¿Cómo está? —pregunta Jackson algo nervioso.

—Ha tenido días mejores, pero te manda saludos.

Jackson asiente.

—Tenemos que encontrar un nuevo gimnasio pronto —digo, con una firmeza que no sabía que tenía—. No podemos dejar que mi padre nos destruya.

—Por supuesto.

—Déjame hacer un par de llamadas y vamos a por tu moto, ¿vale? —le digo con un amago de sonrisa.

Seguro que alguien puede ayudarme. Al fin y al cabo, soy Kilian, tanto para lo malo como para lo bueno, ¿no?