Amor contra las cuerdas Capítulo 29
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Capítulo 29

J ACKSON

Al entrar en mi casa, el aire me recibe con su familiar aroma a madera y lavanda, cortesía del ambientador que mi madre ha comprado desde que recuerdo.

La luz de la cocina está encendida, lo que significa que ella está despierta.

La encuentro sentada a la mesa, con una taza de té entre las manos y la mirada en el ordenador. Su rostro se ilumina cuando me ve.

—Hola, mamá —digo, intentando sonreír, aunque el cansancio me pesa. Ella se levanta y me abraza. Mis músculos se destensan con su contacto y le devuelvo el abrazo.

—¿Cómo te ha ido en el torneo? —me pregunta con una sonrisa tierna, se sienta de nuevo en la silla y cierra el portátil—. Cuéntame.

Joder, está mucho mejor.

Me siento frente a ella y dejo escapar un suspiro. No sé por dónde empezar. La pelea, Kilian, su padre… Todo parece demasiado.

—Digamos que ha sido un finde largo —respondo finalmente, cogiendo el café que me tiende—. La primera pelea la perdí porque no era un buen día, pero en la segunda reventé al contrincante. Pero, bueno, eso no es lo que me raya, la verdad.

Ella se inclina hacia delante.

—¿Qué pasa, hijo? Es Kilian, ¿no?

Asiento lentamente. Ella siempre ha tenido un sexto sentido para estas cosas.

—Sí. Justo cuando todo empezaba a tener una base, su padre amenaza con jodernos la vida. Quiere controlar a Kilian como si fuera una puta marioneta solo para ganar algo de dinero.

Digo «algo» por no alarmarla. Ella me observa en silencio durante un momento, como si estuviera sopesando cada palabra.

—Jackson, sabes que siempre he querido lo mejor para ti. Y, por lo que parece, Kilian te hace bien, pero también sé lo que es vivir con miedo, con la sombra de alguien controlando tu vida. No…, no quiero que os pase eso…

Siento un nudo en la garganta. Mi madre ha pasado por mucho, y sus palabras siempre llevan el peso de la experiencia. Mi abuelo no le dejaba ver a mi padre cuando eran jóvenes, y al final ella acabó revelándose con tal de ver al chico al que amaba.

—Sé que tengo que ayudarlo, mamá. Pero no sé cómo. Me ha dicho que me quiere y… ni siquiera supe qué responder. Nunca nadie me lo había dicho de verdad antes. No así…, y…

Ella aprieta mi mano con una mirada llena de comprensión.

—Jackson…, el amor es complicado, especialmente cuando llevas tanto dolor dentro. Pero debes ser honesto con él y contigo mismo. No puedes cargar con todo esto solo.

Miro hacia otro lado para tratar de mantener la compostura. Pero las lágrimas amenazan con salir.

—Es difícil. Quiero protegerlo, pero también tengo mi propia mierda y a veces siento que no soy suficiente, que no puedo ser el hombre que necesita.

Mi madre se levanta y rodea la mesa para abrazarme de nuevo. Su abrazo es cálido y reconfortante, y, por un momento, me permito desmoronarme.

—Eres mucho más fuerte de lo que crees, hijo. Y el hecho de que te preocupes tanto por Kilian ya dice mucho. Ambos tenéis vuestras luchas, pero juntos podéis encontrar la manera de superarlas. No te rindas.

Me aferro a ella, sintiendo que sus palabras me dan la fuerza que necesito.

—¿Él sabe tu historia? —me pregunta, y yo asiento mientras me seco—. ¿Y te entiende?

—Claro, mamá —digo con la voz entrecortada.

—Pues ya está, amor… Deja que fluya todo y no te anticipes, que no sabes si va a pasar nada aún.

Cojo aire y aprieto un poco el abrazo.

—Joder, gracias…

Ella se aparta ligeramente y me mira a los ojos.

—Sé que he estado unos meses perdida, pero siempre estaré aquí para ti, Jackson. Y estoy segura de que encontrarás la manera de ayudar a Kilian. Nos merecemos ser felices de una vez.

—Y que lo digas… —le respondo, y apoyo la espalda baja en la encimera de la cocina. Como puedo, logro dar un sorbo al café.

Mi madre vuelve a sentarse y abre el ordenador.

—Bueno…, pues yo tengo una buena noticia —dice girando el portátil hacia mí.

Hay un correo electrónico abierto.

—Han vuelto a aceptarme en el instituto —anuncia, y mi mirada viaja, incrédula, de la pantalla del ordenador a ella.

—Cómo me alegro, joder —digo apartando el ordenador y abrazándola.

—Madre mía, ¿qué te han hecho que ahora abrazas tanto? —pregunta riéndose.

—Cállate —le pido riéndome con ella.

Porque ni yo mismo lo sé. ¿Significará que las heridas están empezando a cerrarse?

El sol de la mañana siguiente me golpea en la cara cuando me quito el casco de la moto.

Me paso la mano por el pelo para peinarme y me bajo.

El mirador sigue exactamente igual que siempre.

Pero con el calor que hace no sé por qué se me ha ocurrido quedar con ellos aquí.

Dean y Sarah me esperan sentados en el banco de madera.

—Siempre llegando tarde, Jacky —dice Sarah acercándose para darme dos besos.

—Buenas, buenas —saluda Dean antes de darme un corto abrazo.

—¿Qué tal estáis? —les pregunto.

Dean se encoge de hombros.

—Ahí voy.

—Pues yo de puta madre —dice Sarah.

—A ti no te acaban de poner los cuernos —responde él, y ella le pasa un brazo por los hombros.

—Por la simple razón de que no me relaciono con hombres.

Enarco una ceja.

—Al menos no sentimentalmente —rectifica.

—¿Y tú? —pregunta Dean recolocándose la gorra hacia atrás—. El otro día, Kilian y tú disteis un buen espectáculo.

—Está claro que Halloween no fue mi día… Pero… tengo algo más importante que contaros —digo pasándome una mano por el pelo.

Suspiro y les cuento prácticamente todo. Desde el dinero que he empezado a ganar por el boxeo hasta lo de Kilian. Me intento concentrar en la historia mientras Sarah pega chillidos y Dean hace expresiones muy graciosas.

—Vamos, que básicamente fuiste listo y te quedaste con un tío rico de dos metros que está como el pan —resume Sarah, y pongo los ojos en blanco.

—Lo importante es su padre, Sarah —señala Dean—. ¿Qué tenéis pensado hacer?

—Anda que menudas piezas te tocan… —dice Sarah cuando, de pronto, noto cómo me vibra el móvil en el bolsillo antes de poder responder a Dean.

Lo saco y veo el nombre de Kilian en la pantalla.

—Dadme un segundo —les pido girándome y cogiendo la llamada.

—¿Estás bien? —le pregunto en cuanto descuelgo.

—Will está en el hospital —dice, agobiado, como si estuviera a punto de llorar.

Todo se detiene.

Escucho su respiración rápida y entrecortada a través del altavoz. No sé qué responderle.

—Ha habido una explosión en el pabellón mientras había gente dentro y…, y creo que…

—¿Dónde estás? —le corto.

Oigo que coge aire dos veces.

—Llegando al pabellón.

—Voy para allá. Espérame.

Cuelgo la llamada y me giro hacia mis amigos, que me piden una explicación con la mirada.

Me guardo el móvil en el bolsillo y ordeno mis pensamientos antes de hablar:

—Kilian me necesita.