Capítulo 28
K ILIAN
No quiero salir de la cama. No. No puedo. No me siento con fuerzas.
Tengo una nube tronando pensamientos dentro de mi cabeza mientras Jackson me acaricia la nuca.
—Tenemos que salir ya… —oigo que me susurra, pero mi mente está en otro lado.
«Tu padre quiere verte».
Es un hecho. Mucho ha tardado en aparecer y demasiado ha esperado.
Siempre he evitado retar a mi padre. Me acojona saber de lo que es capaz. En especial porque tengo claro que puede hacer absolutamente cualquier cosa cuando quiere algo. Chantaje emocional sobre todo. Y por una vez que estoy feliz…, siento que todo se va a ir a traste.
Suspiro intentando coger fuerzas.
—¿Vas a ir bien en la moto? —le pregunto con la voz ronca, aún con mi cuerpo encima del suyo. Le he pagado una cantidad indecente de dinero a la recepción del hotel de Los Ángeles para que la trajeran, pero me arrepiento. Ojalá seguir unos últimos minutos con él antes del caos.
La luz del cálido sol de Las Vegas atraviesa el ventanal del motel.
—Sí, no te preocupes…
Ojalá quedarme aquí todo el puto día.
Me incorporo un poco sobre los brazos y le beso suavemente.
—Vamos —le digo en contra de mi voluntad, quitándome de encima.
Él gruñe mientras se despereza antes de salir de la cama.
Todo sucede en silencio.
Oigo cómo cierra su bolsa de deporte. Cómo deja los zapatos en el suelo. Cómo se echa desodorante. Y no es incómodo. Me da paz saber que no estoy solo por primera vez en mi vida.
Me pongo una camisa de manga corta.
—Voy a acompañarte —dice por lo bajo.
Me giro hacia él mientras me la abotono.
—Pillo otra mesa o espero fuera. Lo que sea, pero voy a estar ahí por si acaso —continúa sin ningún tipo de duda.
Asiento despacio con la cabeza, sin creérmelo.
—Genial, Blake. Pero prefiero que te quedes fuera o en el parque de en frente. No quiero que te vea, no vaya a ser que se le vaya la cabeza…
—Gracias —dice levantándose y colocándome correctamente el cuello de la camisa.
—¿Por dejar que me cuides? —le pregunto mientras apoyo las manos en su cintura.
—Por lo que sea —responde juntando sus labios con los míos.
Al principio se tocan suavemente, como si ambos estuviéramos tanteando las aguas. La suavidad de su boca contra la mía contrasta con todo lo que él representa: fuerza, resistencia, lucha. Pero en este momento todo eso se desvanece y solo somos dos personas compartiendo un momento de vulnerabilidad.
Cuando presiono más fuerte, la calidez de su boca me envuelve y un fuego comienza a arder en mi pecho.
Siento su mano en la nuca, tirando con delicadeza de mí hacia él, como si tuviera miedo de que me apartara.
Mis dedos se hunden en su pelo como si fuera un ancla en esta tormenta de emociones.
Su sabor es una combinación perfecta de determinación y dulzura que me deja sin aliento.
Como si fuera un baile con un ritmo sin palabras, un lenguaje propio que solo nosotros entendemos.
El mundo a nuestro alrededor se desvanece y solo queda el calor de nuestros cuerpos y la necesidad palpable de más.
Siento el latido de su corazón contra mi pecho y sé que él siente el mío también, cada pulso sincronizado en una danza perfecta.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estamos respirando con dificultad.
Nuestras frentes se tocan mientras intentamos recuperar el aliento.
Mis labios hormiguean por el contacto, y un deseo ardiente se enciende en mí.
Estoy seguro de que el hecho de que venga me calma más que me enerva. Tenerlo a él allí, aunque sea para verlo al salir, me relaja. Él no me quita la mirada de encima y la tensión aún no resuelta amenaza con matarme.
—Déjame llevar tu chupa —me pide con un susurro.
—Hecho —le respondo tendiéndosela y echando un último vistazo a la habitación, asegurándome de que no nos dejamos nada atrás.
Jackson se enfunda la chupa y se mira en el espejo con una sonrisa. Y en ese momento sé que esa chaqueta siempre le pertenecerá a él.
Mi corazón se salta un latido antes de coger la llave de la habitación y echarme la bolsa al hombro. Abro la puerta y le doy un azote en el culo a Jackson al salir.
—Venga, va, que sea lo que Dios quiera —digo mientras recorremos el pasillo.
El camino hacia el coche se me hace eterno. Sonrío al ver que el botones ha dejado su moto al lado de mi coche después de haberle pagado una cantidad enorme de dinero.
Cojo a Jackson por las solapas de la chaqueta y lo atraigo hacia mí. Él me abraza y hunde su cabeza en mi hombro.
—Necesito que pilles fuerza de donde sea —me pide—. Va a estar todo bien…
—Tranquilo… Solamente estoy pensando en las ganas que tengo de que todo acabe.
—Pronto —me asegura—. Y si tengo que hacer que termine a la fuerza, créeme que lo haré.
—Nos hemos juntado las personas más cabezotas del planeta, ¿eh? —digo removiéndole el pelo.
—Puede ser —responde tras reírse. Su expresión se tensa en unos segundos—. Acabemos con esto.
Jackson se separa de mí y saca la llave de su moto del pantalón.
—Te sigo —me dice mientras coge el casco del compartimento y se monta.
—Perfecto —respondo subiéndome al coche y colocándome las gafas de sol.
Veo cómo me guiña un ojo antes de ponerse el casco y sonrío.
Menudo idiota me he buscado…
Arranco y comienzo el trayecto, el cual se me pasa sorprendentemente rápido.
Al llegar, aparco frente al lujoso Caesars Palace y, por un momento, me siento pequeño e insignificante.
Las enormes columnas de mármol y las luces doradas que iluminan la entrada me recuerdan lo lejos que estoy de la vida normal que deseo.
Miro a Jackson, que frena a mi lado con una expresión seria y protectora a través del cristal del casco de la moto.
Sabe cuánto odio esto, pero también sabe que no puedo evitarlo.
—¿Seguro que quieres entrar solo? —me pregunta tras quitarse el casco.
—Sí, es mejor así. No quiero que te vea y se enfade más de lo que ya lo estará. —Intento sonreír, pero el gesto no llega a mis ojos.
Jackson asiente, aunque no parece convencido.
—Te espero en ese banco. Si necesitas algo, llámame —dice bajando de la moto y dirigiéndose al parque.
Salgo del coche y camino hacia las enormes puertas sintiendo la mirada de Jackson clavada en mi espalda.
El portero me reconoce al instante y me abre sin decir ni una palabra.
El interior del Palace es aún más opulento: enormes candelabros, alfombras rojas y paredes decoradas con obras de arte que valen más de lo que podré ganar en toda mi vida.
Llego al comedor privado. Aún no hay señal de mi padre. El móvil me vibra en el bolsillo.
Lo saco y veo que he llegado siete minutos antes de la hora. En la parte baja de la pantalla, aparece un mensaje de Jackson.
¿Puedo fumar?
¿Me estás pidiendo permiso?
Sí.
¿Hace cuanto que no fumas?
Desde que me dijiste que lo dejara.
Joder. Pues no, no recaigas por esto. Prometo no tardar mucho.
👍
Guardo el móvil en el bolsillo.
Las cúpulas doradas y el mármol reluciente del Caesars Palace me producen náuseas. Todo este lujo me recuerda a la cárcel de cristal en la que me crie: un lugar donde la comida siempre está a la temperatura perfecta, pero el aire está envenenado.
Camino por el pasillo hacia el reservado del restaurante.
Llevo la espalda recta y las manos metidas en los bolsillos, ocultando el temblor que me recorre los dedos.
Entro en el reservado. Arthur ya está allí.
Sentado frente a una mesa impecable, corta un filete con una precisión que me hiela la sangre. No levanta la vista cuando me ve.
—Llegas un minuto tarde, Kilian —dice con esa voz gélida que me hace apretar la mandíbula hasta que me duelen los dientes.
—Déjate de mierdas, Arthur. Di lo que quieres y acabemos con esto.
Él deja los cubiertos sobre el mantel blanco con una lentitud exasperante. Por fin me mira. Sus ojos grises son un espejo de los míos, pero sin rastro de humanidad. Saca una carpeta de cuero de su maletín y la desliza sobre la mesa hacia mí.
—Es el contrato para tu regreso —explica, como si estuviéramos hablando de una inversión en bolsa—. Seis peleas en el circuito clandestino de Las Vegas. Tú vuelves al ring, yo recupero mi dinero y limpio tu nombre en las ligas legales cuando pase el ruido. Una solución elegante para todos.
Abro la carpeta. Mis ojos escanean las páginas llenas de lenguaje legal y cifras con demasiados ceros. Estoy dispuesto a hacerlo. Estoy dispuesto a que me rompan la cara y a romper las de otros con tal de que deje a Will en paz y se olvide de nosotros. Pero entonces llego a la tercera página.
Cláusula de Gestión y Propiedad de Terceros.
Me quedo helado. Leo las líneas una, dos, tres veces, esperando haber entendido mal. Pero mi padre no comete errores.
—¿Qué cojones es esto? —Mi voz sale como un rugido contenido.
Arthur ni siquiera parpadea. Toma un sorbo de vino tinto y me observa por encima del borde de la copa.
—Jackson Blake tiene talento, Kilian. Pero tú eres… impredecible. El contrato estipula que, como garantía de tu cumplimiento, la gestión y el contrato de entrenamiento de Blake pasan a ser propiedad de Fierce Enterprises.
—Ni te atrevas —suelto, sintiendo cómo la sangre me ruge en los oídos.
—Si tú no peleas, o si decides que no te apetece ganar, Jackson Blake pasará a mi circuito ilegal. Yo decidiré cuándo, dónde y contra quién se sube al ring. Básicamente, su carrera me pertenece. Es un seguro de vida, Kilian. Nada personal.
El mundo se detiene. La rabia me nubla la vista convirtiendo el comedor de lujo en un campo de batalla.
No solo quiere que yo vuelva a ser su perro de presa; quiere que le entregue a Jackson en bandeja de plata.
Quiere poseerlo, usarlo como moneda de cambio, convertirlo en otro juguete roto de su imperio.
—No voy a firmar esta mierda. —Cierro la carpeta con un golpe que hace vibrar las copas de cristal—. Nunca.
—Piénsalo bien, Kilian. —Arthur se inclina hacia delante, su mirada se vuelve afilada—. Si no firmas, todo lo que pase será culpa tuya. Y, créeme, Jackson Blake será mucho más fácil de localizar de lo que piensas.
Me levanto de la silla tan rápido que esta cae hacia atrás y golpea el suelo con un estruendo que hace que los camareros se detengan en la entrada. Me apoyo en la mesa invadiendo su espacio mientras noto cómo Killer toma el control absoluto de mis nervios.
—Escúchame bien, Arthur —escupo su nombre como si fuera veneno—.
Puedes quedarte con tu dinero y con tus apuestas.
Pero si vuelves a poner el nombre de Jackson Blake en uno de tus contratos, si te acercas a él o si intentas controlarlo, te juro que lo último que verás será mi cara antes de que te mande al puto infierno.
—Te arrepentirás de esto antes de que anochezca —dice él, que vuelve a coger los cubiertos con una calma aterradora.
—Pruébame.
Me doy la vuelta y salgo del reservado a zancadas.
El aire acondicionado del Caesars ya no me parece frío; me quema.
Camino por el casino ignorando las luces, el ruido de las máquinas tragaperras y a los turistas que se apartan al ver mi cara.
Mi mente va a mil por hora. He rechazado el trato.
He declarado la guerra. Cruzo las puertas automáticas y el calor asfixiante de Las Vegas me golpea, pero no es nada comparado con la furia que llevo dentro.
Atravieso la calle a toda prisa y esquivo los coches hasta que llego al parque.
Allí está él.
Jackson está sentado en un banco, bajo la sombra de un árbol raquítico, jugando con los dedos.
Se ve tan pequeño frente a la inmensidad de los hoteles, tan ajeno a la suciedad que mi padre acaba de intentar volcar sobre él.
En cuanto me ve, se pone de pie de un salto.
Su mirada busca la mía, analizando cada centímetro de mi rostro.
—¿Joder, ya? ¿Qué ha pasado? —pregunta, acercándose a toda prisa.
Le agarro por los hombros. Mis manos tiemblan de rabia y de una necesidad animal de protegerlo.
—Nos vamos, Jackson. Ahora mismo.
—¿Has firmado? ¿Qué te ha dicho?
—Ha intentado comprarte —suelto, y la voz me sale rota—. Ha intentado meterte en el contrato como si fueras de su propiedad.
Jackson palidece. Sus ojos se abren como platos, reflejando el mismo miedo que yo sentí hace un momento. Lo atraigo hacia mí abrazándolo con una fuerza que probablemente le duela, pero necesito sentir que sigue aquí, que no es un activo en una carpeta de cuero.
—Tienes que ir a casa —le digo al oído—. Arthur no va a parar, y el hecho de que no haya venido a por mí… significa que ha empezado la guerra. Necesito que estés a salvo.
Jackson, nervioso, me da un pequeño beso en los labios y asiente.
—Tienes que prometerme una cosa —me pide angustiado mientras lo acompaño hacia su moto y asiento—. Debes tenerme al tanto de todo.
—Cuenta con ello —le digo con determinación. Él se sube a la moto tras despedirse de mí.
No miro atrás, pero noto los ojos de mi padre clavados en mi nuca desde alguna ventana del hotel. He rechazado el contrato, pero lo conozco. Sé que el silencio de Arthur no es una rendición, es la mecha de algo mucho peor.
Arranco el coche y salgo de allí derrapando. Mientras nos alejamos del Strip, un presentimiento me oprime el pecho. Arthur ha perdido su inversión y, en su mundo, cuando no puedes ganar dinero con algo, prefieres verlo morir.