Amor contra las cuerdas Capítulo 27
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Capítulo 27

J ACKSON

El silencio que inunda el aparcamiento es mucho más violento que cualquier ruido.

Me quedo mirando fijamente el cartel de salida.

La mandíbula me late al ritmo del corazón y entrelazo los dedos con tanta fuerza que los nudillos han perdido todo el color.

A mi lado, Kilian no se mueve. Sus manos temblorosas buscan en su cartera las llaves de nuestra habitación del hotel.

Al mirarme, sus ojos grises, que frente a su padre eran dos trozos de hielo, se suavizan con una urgencia que me corta la respiración.

—Tenemos que subir —dice al fin, separándose apenas unos centímetros—. Cogemos las cosas y nos largamos de Los Ángeles. Ahora mismo.

Subimos a la habitación del hotel en una especie de trance. El ascensor parece ir más lento que nunca, y cada planta que dejamos atrás es un recordatorio de que el tiempo se nos está acabando. Al entrar, el caos se apodera de nosotros de una forma metódica.

Kilian saca las maletas de debajo de la cama mientras yo empiezo a vaciar los cajones con movimientos torpes. Él no deja de vigilarme. Cada vez que nos cruzamos, me roza el brazo o me busca la nuca. Es como si necesitara un contacto constante para no perder los nervios.

Entonces, se aleja hacia la pequeña terraza. Necesita hacer la llamada que lleva postergando desde que salimos del parking.

Yo me quedo junto a la maleta, doblando una de sus sudaderas, pero el silencio de la noche es tan absoluto que su voz se filtra por el cristal con una nitidez que duele.

—¿Will? Sí, soy yo… —dice con la voz entrecortada—.

Necesito que me escuches… Mi padre… ha aparecido.

—Me quedo paralizado con la ropa entre las manos—.

No sé cómo, pero nos ha encontrado. —La voz de Kilian sube de tono, cargada de una rabia impotente—.

Dice que como ya no puede apostar por mí en el circuito legal, quiere que vuelva a las sombras mañana mismo.

Ha amenazado con hacerte algo, Will. No ha sido directo, pero lo conozco.

Sabe que eres lo único que me queda parecido a una familia de verdad.

Hay una pausa. Me acerco un poco más a la puerta de cristal, conteniendo el aliento.

—¡No me hables de la policía! —estalla Kilian—. Sabes que él no deja huellas. Escucha…, voy a ir a esa comida mañana en el Caesars. ¿Cómo quieres que me relaje? No. Voy a hacer lo que pida porque no tengo otra opción.

Kilian empieza a caminar de un lado a otro de la terraza. Sus pasos son pesados, rítmicos.

—Lo hago por ti, Will. Pero también… por Jackson.

Mi corazón se salta un latido. Kilian deja de hablar para escuchar a Will.

—No es solo eso… Es… Tienes que prometerme que, independientemente de lo que te diga, no vas a desaparecer. —Su voz se quiebra por primera vez. De pronto, a través del cristal, veo cómo abre los ojos como platos.

—Joder, ¿desde cuándo lo intuías? Sí, es eso…

Lo quiero tanto que no puedo ni pensar. No es solo el chico al que entreno.

Es… la primera persona que me ha hecho sentir que no tengo que ser un monstruo para que alguien me acepte.

No voy a dejar que mi padre le ponga una mano encima.

Ni a él ni a ti. Prefiero volver a cualquier agujero infecto antes que os pase algo. Mantente a salvo, Will. Te quiero.

Kilian cuelga. Se queda fuera, apoyado en la barandilla mirando las luces de la ciudad.

Yo me quedo ahí, de pie, sintiendo cómo ese «te quiero» se hinca en mi pecho como algo nuevo y aterrador.

Inevitablemente, mi mente me viaja hacia tiempos remotos. Hacia los días grises de mi adolescencia.

En esos recuerdos, Sylas también dice que me quiere.

Lo dice después de haberme dejado la cara marcada en un entrenamiento.

Lo dice después de haberme echado de su casa a patadas porque necesita su espacio tras haberme usado.

Para Sylas, el amor es una transacción. Es una correa corta.

Sus «te quiero» son la forma de recodarme que soy su propiedad, su activo, su perro de presa.

Él usa el amor para que yo acepte el dolor como algo normal, para que le dé las gracias por sus migajas de afecto.

Pero Kilian…

Kilian acaba de usar esa palabra para explicar por qué está dispuesto a sacrificarse. Para él, el amor no es una jaula, es un escudo.

Me doy cuenta de que llevo toda la vida con la guardia alta, esperando que el golpe venga disfrazado de cariño.

Y resulta que Kilian es el único que ha bajado las manos frente a mí.

Me quiere y, por eso, quiere que yo esté a salvo, incluso si eso significa que él tiene que volver a estar contra las cuerdas.

Kilian entra de nuevo en la habitación. Me ve ahí, quieto, y sabe que lo he oído todo. Se acerca, me quita la ropa de las manos y me rodea con los brazos, hundiendo su rostro en mi cuello.

—Vámonos, Jackson Blake —susurra—. Tenemos cuatro horas de carretera por delante.

El viaje hacia Las Vegas es un descenso lento hacia la oscuridad.

Las cuatro horas por la Interestatal 15 se me antojan una eternidad.

Kilian conduce con una mano firme en el volante y la otra aferrada a la mía sobre la palanca de cambios.

Sus dedos se entrelazan con los míos con una fuerza constante.

Como si temiera que, si me suelta un solo segundo, el desierto pudiera tragarme.

No hablamos. No hace falta. El silencio entre nosotros es la calma tensa de dos soldados que se dirigen a una emboscada. Observo su perfil bajo la luz tenue del cuadro de mandos y me pregunto cómo hemos llegado a este punto de no retorno.

Alcanzamos la ciudad cuando el sol empieza a asomar, tiñendo el cielo de un violeta sucio sobre el neón del Strip.

Las Vegas nos recibe con su falsa promesa de oro, pero para nosotros solo es el escenario de un juicio final.

Ambos llegamos a la conclusión de que no es buena idea volver a donde estaríamos normalmente.

En su casa no estaríamos seguros, y en la mía me arriesgaría a poner a mi madre en peligro, por lo que nos registramos en un motel discreto, lejos del lujo del Caesars Palace.

Necesitamos un rincón donde escondernos antes de que el reloj marque las dos y media.

En la habitación, el aire acondicionado zumba de forma irritante. Nos tumbamos en la cama con la ropa puesta, demasiado agotados para movernos. Kilian me abraza por la espalda, pegando su pecho a mi columna. Finalmente se rinde al cansancio, aunque su sueño no es una tregua.

Tiene que ir a esa comida solo. Tendría que enfrentarse al diablo para salvarnos a Will y a mí.

Y mientras me abraza con esa fuerza desesperada, entiendo que yo ya no tengo miedo de las sombras de mi pasado. Ahora sé que el amor de Kilian no es lo que me quita el aire, sino lo que me ayuda a seguir respirando. Y, por desgracia, finalmente entiendo cuánto peligro alberga eso.