Amor contra las cuerdas Capítulo 26 #4
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Capítulo 26 #4

—Deberías tener cuidado, Kilian. Te has vuelto un sentimental con ese gimnasio. Es un lugar viejo, lleno de madera seca y recuerdos inútiles. Es casi un milagro que siga en pie. Sería una pena que tenga que recordarte por las malas quién es tu padre de verdad, ¿no crees?

«Will».

El corazón se me para un segundo. Es una frase lanzada al aire, casi casual, pero el tono me eriza el vello de la nuca.

—Mañana, a las dos y media, almorzaremos en el Caesars —continúa, recuperando su postura recta—. Si no te presentas listo para firmar tu regreso, entenderé que ya no te importa lo que le pase a tu santuario ni a la gente que vive en él.

Arthur no necesita decir nada más. Se da la vuelta y camina hacia la salida con la seguridad de quien sabe que ya ha ganado. Su coche negro lo recoge en la sombra y desaparece sin hacer ruido.

Me quedo paralizado. El miedo real no te deja moverte, te deja hueco. Saco las manos sudorosas de los bolsillos y veo que están temblando de una forma que no puedo controlar.

Jackson me toca el brazo. Su contacto es lo único que me impide desmoronarme por completo.

—Kilian… —susurra.

Me giro hacia él. Hay una urgencia desesperada, una certeza de que la guerra ha empezado y de que Jackson es lo único que me mantiene cuerdo. Le cojo el rostro con las manos. Mis dedos buscan su piel como si fuera un ancla.

—No voy a dejar que nos destruya —le digo, y mi voz es un hilo de acero—. Me da igual lo que tenga que hacer. Me da igual si tengo que volver a ser el monstruo que él quiere que sea en el ring para que nos deje en paz.

Lo beso. No es un beso romántico, es un pacto de supervivencia. Es amargo, sabe a miedo y a rabia, pero también a una verdad que me quema por dentro: Jackson Blake me ha dado una razón para luchar que no tiene nada que ver con el dinero de mi padre.

Él me hace querer ser mejor, pero, por él, estoy dispuesto a ser el Killer más letal que Las Vegas haya visto jamás. Si Arthur quiere sangre para cobrar sus apuestas, se la voy a dar. Pero no será la nuestra.

—Vamos arriba —le pido, intentando que mis piernas obedezcan—. Tengo que llamar a Will.

Porque Jackson y yo nos merecemos salir de este infierno, y si para eso tengo que volver a las sombras de las que intenté escapar, lo haré. Me llamo Kilian Fierce, y esta vez no voy a pelear por obediencia. Voy a pelear por nosotros. Por todo lo que quiero.

Nueve años antes

Hay un olor que mi mente asocia con la derrota, pero también con el amor más puro que he conocido: una mezcla de antiséptico, sábanas demasiado limpias y el perfume de vainilla que ella insistía en usar, incluso cuando ya casi no tenía fuerzas para levantarse.

Entro en su habitación de puntitas intentando que mis botas no hagan ruido sobre el parqué.

La luz del atardecer se filtra por las cortinas y lo baña todo de un dorado triste.

Está ahí, hundida entre los cojines, parece más pequeña de lo que recordaba.

El cáncer le ha robado el peso y el color, pero, cuando abre los ojos y me ve, en ellos brilla algo que mi padre nunca ha podido tocar.

—Ven aquí, Kilian —susurra. Su voz es un hilo de seda, pero tiene la fuerza de un huracán.

Me siento en el borde de la cama con cuidado de no romperla. Mis manos ya son grandes, nudosas, marcadas por el entrenamiento salvaje al que Arthur me somete cada tarde. Me avergüenzo de ellas frente a su fragilidad.

—He terminado una nueva —dice, señalando la grabadora que tiene sobre la mesita de noche.

Hay una cinta de casete fuera de su caja. Con dedos temblorosos, escribe con un rotulador permanente en la etiqueta: «Para cuando el ruido sea demasiado fuerte».

—No quiero que escuches a tu padre, Kilian —me dice, buscándome la mano. Sus dedos están fríos, pero su agarre es firme—. Él cree que te está enseñando a ser un hombre, pero solo te está enseñando a ser un muro. Y los muros terminan por agrietarse.

Me acaricia los nudillos heridos uno a uno, con una devoción que me parte el alma. Sé que le duele verme así, sé que odia en lo que Arthur me está convirtiendo, pero también sé que se está quedando sin tiempo para luchar por mí.

—Mamá, no hables de él. Descansa.

—No —niega ella, y una chispa de rebeldía cruza sus ojos—. Escúchame. Cuando sientas que te pierdes, cuando creas que solo eres lo que él dice que eres…, pon estas cintas. La música no miente, Kilian. Te recordará que tienes un ritmo propio, que no le perteneces a nadie más que a ti mismo.

Tose, un sonido seco que me encoge el estómago, pero no me suelta. Me obliga a mirarla.

—Prométeme una cosa —dice, y sus ojos se llenan de una urgencia dolorosa—.

Prométeme que, cuando encuentres a alguien que haga que tu corazón suene más fuerte que el ruido de los golpes, no te alejarás por miedo.

Prométeme que dejarás que esa persona vea al niño que escucha música conmigo, no al monstruo que tu padre intenta crear.

Lloro. No como un boxeador, no como un Fierce. Lloro como el niño que tiene miedo de quedarse a oscuras. Ella me atrae hacia su pecho y me abraza, y por un momento el olor a enfermedad desaparece y deja lugar al calor de su amor incondicional.

—Te quiero, Kilian. Pase lo que pase, recuerda que ya eres un campeón. No por los trofeos de tu padre, sino porque tu corazón todavía sabe sentir.

Cierro los ojos en el presente y todavía siento el roce de su mano en mi pelo.

Ella se fue semanas después, pero me dejó esas cintas.

Y ahora, mientras miro a Jackson a través de la penumbra de la habitación, entiendo que él es la melodía que ella me pidió que no dejara escapar. Es el momento de cumplir mi promesa.