Amor contra las cuerdas Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Bueno, pero te suena de haberlo visto en alguna peli o algo —repongo.

—El muelle ese con atracciones me suena, sí.

Él saca el móvil del bolsillo y echa una foto.

—Hoy quiero toda tu atención en mí —le digo al quitarle el móvil de la mano. Jackson ni siquiera se opone, simplemente se encoge de hombros—. Sígueme.

—A sus órdenes, entrenador — dice en tono de burla.

Lo fulmino con la mirada. Me jode tener que reprimir el impulso de callarle con un beso debido a la cantidad de gente que tenemos alrededor. Cuando sus ojos se unen con los míos, veo en su brillo que él piensa lo mismo. Se pone a mi lado y empiezo a guiarle hacia el sitio al que tengo pensado ir.

Al andar, nuestras manos se rozan de vez en cuando muy sutilmente. Y con cada roce siento como si un rayo cayese en el centro de mi pecho. Si Jackson se siente igual, lo disimula increíblemente bien. En el siguiente roce, deja de andar. Lo miro y veo cómo suspira.

—¿Estás bien? —le pregunto, preocupado al verle fruncir el ceño.

Da un paso hacia mí, acaparando toda mi atención. Los latidos de mi corazón inundan mis oídos.

—Joder… —dice tras mirarme un instante—. Te juro que o te beso ahora mismo o me da algo.

Un fuego me quema por dentro. Cierro los ojos, no sé si para dejar de ver la intensidad con la que me mira o para volver a frenarme para no besarle y acabar con el sufrimiento de ambos.

De pronto, noto un mínimo roce en la mano y abro los ojos.

Jackson me acaricia el dorso con los nudillos, ya prácticamente curados, y conecta su mirada con la mía.

—Llévame a un sitio donde pueda besarte —me pide con un tono de voz más grave de lo normal.

Respiro una vez. Dos veces. Incluso tres antes de asumir que no puedo hacerlo ahora mismo.

Le cojo de la muñeca con firmeza y aceleramos el paso hacia uno de los muelles de pesca.

Tras unos minutos andando, llegamos al dichoso muelle y, gracias a Dios, no hay nadie. Me percato de que mi mano sigue cogiendo su muñeca y la suelto. Bajamos una pequeña cuesta de arena y, tras sortear alguna que otra piedra, conseguimos hacernos un hueco debajo del muelle.

—No creo que nadie venga aquí —le digo, y él no hace otra cosa que atraerme hacia su cuerpo y juntar mis labios con los suyos.

La ansiedad en mi vientre explota un segundo antes de calmarse en cuanto mi boca se entreabre y lo deja entrar.

Se me cae la mochila al suelo y sufro por un milisegundo por las botellas de vino que hay dentro de ella, pero se me olvida en el instante en el que Jackson atrapa mi labio inferior entre sus dientes.

Se me escapa un gruñido de excitación. Se separa de mí con una sonrisa que promete hacerme más de mil y una maravillas.

Con la respiración agitada, Jackson se acerca a la mochila con curiosidad.

—Eh, eh, ni se te ocurra —le digo quitándosela de las manos—. Todo a su debido tiempo.

Abro la mochila y saco de ella un gran mantel para que podamos sentarnos en la arena. Me aseguro de que las botellas están bien. Seguramente la tela haya parado el golpe.

—¿Me ayudas? —le pido, y él coge las otras dos esquinas para ponerlo adecuadamente.

Nos sentamos y suspiro.

—Menos mal que has ganado, si no, tendría que tirar toda esta comida… —digo al sacar dos ensaladas césar, uvas, queso y jamón.

—Tenía una buena motivación —confiesa sin mirarme, como si le diera vergüenza admitirlo.

Pero su comentario hace que una onda de felicidad me recorra el corazón.

—Estoy muy orgulloso de ti, Jackson… —le digo, y él me mira con una sonrisa ladeada.

—Deberías de haberte visto la cara cuando el árbitro me ha levantado el brazo.

—Ah, ¿sí? ¿Qué le pasaba a mi cara? —le pregunto.

—Nada. Hacía mucho tiempo que nadie me miraba así, solo eso —dice sonriendo. Acto seguido, coge una de las ensaladas que hay entre nosotros y empieza a abrirla, como si estuviera inquieto y tuviera que prestarle atención a otra cosa.

Decido hacer lo mismo que él y me preparo la ensalada.

—Era mi padre quien solía mirarme así —dice con un deje triste.

Le acaricio la espalda para mostrarle mi apoyo.

—¿Así cómo…? —le pregunto.

Se toma unos segundos antes de mirarme y responder:

—Como si fuera lo mejor que le ha pasado en la vida —dice como si nada con una media sonrisa.

—Joder… —gruño antes de pillarle desprevenido al besarlo.

—No voy a decir ninguna mierda así en mucho tiempo. No quiero que te acostumbres —dice al separarse de mí. Vuelve a centrar su atención en la ensalada.

—No necesito que me digas cosas bonitas para quedarme a tu lado.

Jackson niega con la cabeza a la vez que sonríe.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—No sé, tío. No me acostumbro aún a… esto —dice señalándonos a ambos.

—No tienes que forzar nada, tú solo déjate llevar. Créeme, yo también estoy nervioso.

Jackson asiente y suspira. Aprovecho el momento y saco el vino de la mochila.

—Mira…, no he podido conseguir copas para brindar, pero sí dos botellas.

Tardo unos segundos en abrir ambas, pero él me ayuda sujetándolas.

—¿En serio? —dice riéndose al tiempo que coge la botella que le tiendo.

—Y tanto que en serio —respondo chocando mi botella con la suya—. ¡Por el ganador del combate!

Jackson pone los ojos en blanco de nuevo.

—Y por nosotros, gilipollas —dice llevándose la botella a los labios.

Tras este momento, Jackson y yo empezamos a cenar en silencio.

Noto cómo se come despacio la ensalada. Tras un combate, es normal tener molestias por los golpes.

El romper de las olas en la orilla y el sonido de conversaciones triviales del muelle de arriba crean la atmósfera perfecta.

Sin embargo, lo que ninguno de los dos decimos es lo que más me aterra.

Cuando terminamos de cenar, los últimos rayos del sol se abren paso entre las rocas del muelle.

Me giro hacia él y nuestras miradas se encuentran; sus ojos marrones parecen negros por la falta de luz y me quedo sin aliento.

—¿En qué piensas? —pregunto. Noto cómo aprieta los dientes.

—¿Qué pasaría si tu padre nos encuentra aquí? —dice nervioso, y siento que mi corazón se me cae a los pies.

Dejo la botella de vino a un lado, enterrando la parte baja de esta en la arena para que no se caiga.

—Es algo que no deja de rondarme la cabeza, pero necesito esto, Jackson. Necesito un segundo de calma.

Él se acerca a mí lentamente, inseguro pero confiado. Siento su respiración acelerarse y sincronizarse con la mía. Sus ojos se cierran y los míos hacen lo mismo mientras nuestros labios se encuentran en un beso suave al principio, explorándonos con algo de nerviosismo por lo que será de nosotros.

Noto un leve sabor a vino tinto que contrasta con el sabor del vino blanco que estaba tomando yo.

Rápidamente, la necesidad de sentirlo más cerca toma el control.

El beso se vuelve más profundo, más apasionado.

Mis manos encuentran su rostro y acarician suavemente su mandíbula mientras sus brazos me rodean, atrayéndome hacia él con una intensidad que nunca había experimentado.

Gruño en sus labios y acerco su rostro al mío con el deseo de estar aún más cerca, como si eso fuera posible.

—Eres bueno haciéndome olvidar mis problemas…

Jackson me coge del brazo y me tira encima de él. Apoyo con cuidado mi torso sobre el suyo, explorando su cuerpo con las manos sin dejar de besarlo.

El mundo a nuestro alrededor desaparece; solo existimos él y yo compartiendo este momento de conexión pura. Sus labios son cálidos y seguros, se mueven con una mezcla perfecta de ternura y deseo. Siento su corazón latiendo contra mi pecho, su cuerpo firme y fuerte contra el mío.

Nuestros alientos se entrelazan y crean una sinfonía de suspiros. Siento sus manos deslizarse por mi espalda dejando un rastro de fuego donde me toca. La pasión se convierte en una fuerza casi palpable, y me pierdo en la sensación de tenerlo tan cerca, de ser completamente suyo en este instante.

Finalmente, nos separamos, pero nuestras frentes permanecen unidas respirando el mismo aire. Abro los ojos y lo veo sonriendo, una sonrisa que ilumina todo su rostro y que sé que refleja la mía.

—Esta noche voy a hacer que olvides hasta tu propio nombre —me promete, y yo me río—. Me toca a mí tomar el control —dice, y baja una mano desde mi espalda baja hacia mis glúteos.

—Lo que tú quieras. Ya me da igual —confieso, tumbándome a su lado.

Jackson se incorpora apoyándose sobre el codo y me mira alzando una ceja.

—Ah, ¿sí?

Me encojo de hombros.

—Lo preguntas como si la idea de tenerte dentro de mí no me gustase.

—Joder…, pensé que… —Frunce el ceño—. ¿En serio eres versátil? —me pregunta con las mejillas algo encendidas y con una mirada llena de lujuria.

—Por ti yo soy lo que tú quieras —le susurro en los labios.

Jackson sonríe y sus ojos brillan con una luz especial. Nos quedamos en silencio un momento más, disfrutando de un beso de lo más sensual. Lento, cálido y húmedo. Luego, al separarnos, Jackson añade con una sonrisa traviesa:

—Y pensar que al principio te odiaba…

Me río, recordando nuestros primeros enfrentamientos y la tensión que había entre nosotros.

—Créeme, era mutuo. Pero míranos ahora.

Nos miramos, y hay tanto que no necesita ser dicho… Mi corazón late con fuerza y siento que necesito tenerlo más cerca, tocarlo, sentirlo.

Lentamente, me inclino hacia él y nuestras miradas se encuentran de nuevo.

Esta vez, no hay ternura en nuestro beso.

Es urgente y apasionado, como si ambos supiéramos que este momento es demasiado precioso para desperdiciarlo.

Mis manos se enredan en su cabello, y siento sus dedos firmes en mi cintura atrayéndome más cerca.

El beso se vuelve más profundo, más desesperado.

Siento el sabor dulce de sus labios mientras mis manos exploran su espalda, rozando cada músculo, cada curva, cada tatuaje.

Sus manos hacen lo mismo, y cada toque desata una corriente eléctrica por mi piel, provoca que quiera hacerlo mío, o viceversa, aquí mismo.