Amor contra las cuerdas Capítulo 26
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Capítulo 26

K ILIAN

La tensión se palpa en el ambiente mientras me apoyo en la cuerda del cuadrilátero, y observo cómo Jackson entra al ring.

Hay algo en su manera de moverse hoy que me sugiere que este combate no durará mucho.

Sus músculos están tensos, como una cuerda a punto de romperse, y su mirada…

Esa mirada fría y decidida que he aprendido a reconocer es letal.

El árbitro da la señal y el sonido del contador resuena, pero antes de que la multitud pueda reaccionar, Jackson ya ha dado el primer paso.

Es como un depredador acechando a su presa, y su contrincante, un tipo enorme con una cicatriz que le atraviesa la ceja, ni siquiera ve venir el primer golpe.

Jackson lanza un jab rápido directo al rostro del otro, que apenas tiene tiempo de levantar los brazos en defensa.

El impacto es brutal; el sonido del golpe resuena en todo el lugar, un crujido seco que me hace apretar los dientes.

Jackson no le da tiempo a recuperarse. Se mueve como una máquina, con una precisión escalofriante.

Un gancho de izquierda impacta con las costillas del oponente, seguido de inmediato por un derechazo al mentón.

Veo cómo los ojos del otro se desorientan y su cuerpo se tambalea como si estuviera a punto de colapsar.

No hay pausa. Jackson sigue atacando; sus golpes son tan rápidos que es difícil seguirlos.

Cada puñetazo tiene la fuerza de una tormenta y la destreza de un artista.

El hombre intenta responder, lanzar un golpe desesperado, pero Jackson lo esquiva con una facilidad insultante e inclina su cuerpo hacia un lado para luego devolverle el golpe con un uppercut que lo levanta del suelo.

El tipo cae contra las cuerdas intentando aferrarse a algo, pero Jackson no se detiene.

Se lanza hacia él, una ráfaga de golpes hacen que el cuerpo de su oponente se sacuda con violencia.

Siento cómo la adrenalina me recorre, es casi como si pudiera sentir cada uno de esos golpes en mi propia piel.

Jackson está imparable, como un huracán, y su contrincante está completamente fuera de su liga.

La bestia ha vuelto.

El público grita, pero yo apenas los escucho.

Estoy absorto en la brutalidad de la escena, en la manera en la que Jackson controla cada segundo del combate.

Es una fuerza de la naturaleza, implacable, invencible.

Un último gancho de derecha conecta directamente en la mandíbula del hombre.

Lo veo caer, su cuerpo se desploma en la lona con un ruido sordo.

El árbitro se apresura a detener la pelea, pero ya es demasiado tarde.

Jackson ha ganado. El otro tipo ni siquiera intenta levantarse; está completamente derrotado, no solo en cuerpo, sino en espíritu.

Jackson respira pesadamente. Su pecho sube y baja mientras se da la vuelta y su mirada se encuentra con la mía por un instante.

Hay sangre en sus guantes, su expresión es fría, casi imperturbable.

A pesar de la brutalidad que acaba de desatar, hay algo en su gesto que me recuerda por qué está en este ring.

No es solo por la victoria, sino por algo más profundo, algo que lo impulsa a seguir luchando sin importar el coste.

La grada estalla cuando el árbitro levanta el brazo de Jackson con firmeza.

Se ha hecho con la victoria en menos de un minuto.

Los pelos se me ponen de punta en cuanto vuelve la calidez a su mirada.

Su pecho agitado por el reciente esfuerzo y los guantes que le regalé brillan por el sudor.

La luz de los focos le golpea directamente, haciendo que su piel reluzca y parezca una deidad.

El árbitro baja su brazo, y Jackson le choca el puño deportivamente a su oponente, quien se tambalea después de la brutal paliza. Se acerca al presentador y este le pone una medalla.

Efusivamente, se baja del ring y se acerca a mí. Le tiendo la toalla para secarle el sudor.

—Has estado increíble —le digo removiéndole el pelo, sin importarme ni un poco que esté empapado de sudor.

Jackson asiente y se quita el protector bucal antes de responderme. Me lo tiende y se lo guardo en su funda. Esto es lo que hace un entrenador en los torneos. Asistir a su alumno de esta manera.

Bebe un largo trago de agua.

—Espero que la oferta siga en pie… —dice fulminándome pícaramente con la mirada.

Paso un brazo por su hombro y lo atraigo hacia mí antes de susurrarle al oído para que nadie nos oiga:

—Siempre cumplo mis promesas, Blake .

Andamos hacia el vestuario mientras los flashes nos ciegan. Sigo apretándolo contra mí con el brazo y, por la adrenalina del momento, le doy un beso en la coronilla.

Porque me apetece y punto.

Jackson pone los ojos en blanco y me aparta de un empujón juguetonamente.

Cuando entramos al vestuario, los contrincantes nos miran extrañados, pero nos da completamente igual.

Le ayudo a deshacerse de los guantes y los guardo en su mochila mientras se quita las vendas.

—Anda, dúchate, que tenemos planes hoy.

—¿Nada más salir? —pregunta extrañado.

—¿En serio creías que iba a desperdiciar un minuto en Los Ángeles contigo ? —le respondo, bajando un tono la voz.

Jackson, algo sonrojado, me lanza la toalla de sudor a la cara y coge su neceser antes de meterse a la ducha.

Me siento en un banquillo a esperarle con una sonrisa. Suspiro antes de encender el móvil. Menos mal que hay gente alrededor, porque, si no, no saldríamos de esa ducha en toda la tarde.

Sabía que Jackson iba a ganar, así que puede ser que haya organizado alguna que otra cosa.

Me meto en Twitter y veo que las fotos de los paparazis ya están moviéndose con títulos como: «Del odio a la amistad», «¡Kilian Fierce no es tan frío como parece!». Me salgo de la aplicación con el humor por el suelo. ¿Cómo pueden ser tan tontos?

Entro en Instagram y, por mera curiosidad, me meto en el perfil de Jackson.

Ya cuenta con ochenta y cinco mil seguidores.

Le doy a los tres puntitos de arriba y le envío el perfil a Ann, a ver si puede conseguirle algo de trabajo.

Tras responder varios mensajes y ver algún que otro vídeo, alzo la mirada.

Jackson aparece entre la gente con una toalla rodeándole la cintura sin mucho esmero.

Se le marca absolutamente todo. Desvío la mirada por inercia, como si estuviera prohibido mirarlo. Aunque, pensándolo mejor, en los deportes masculinos todos tienen mucho contacto físico, ¿no? Nadie podría leer en mi cara que en realidad es mucho más que mi alumno.

Mantengo el semblante frío cuando vuelvo a levantar la vista. Sigue teniendo el pelo mojado y algunas gotas hacen que su torso reluzca con la tenue luz de los vestuarios. Se acerca a su bolsa y no tiene ninguna vergüenza al quitarse la toalla y exponer su cuerpo desnudo.

Miro alrededor, pero nadie parece prestarle atención.

Suspiro antes de que se ponga los bóxers. Ninguno de los dos dice nada, porque, cuando me mira, tengo claro que sabe perfectamente lo que me está pasando por la cabeza.

Una media sonrisa aparece en su rostro mientras acaba de vestirse.

—Venga, va —le digo cogiendo la bolsa mientras él se ata los cordones.

Jackson se levanta en cuanto acaba.

—¿Adónde vamos? —me pregunta andando a mi lado mientras salimos del estadio.

—Deja que te sorprenda.

Los últimos rayos del sol crepuscular nos golpean de lleno al abrir la puerta.

Jackson se pone una mano en la frente para taparlo y yo me pongo las gafas de sol, aunque sean las ocho y pico de la noche.

—No me gustan las sorpresas —confiesa, cogiéndome el ritmo.

—Pues ve acostumbrándote a alguna de vez en cuando; la incertidumbre le da sabor a la vida —le digo al abrir la puerta de mi coche—. ¿Te has traído abrigo?

Le doy al botón que abre la capota del coche.

—Pero si hace calor… —responde.

Me giro y cojo mi chupa de cuero del asiento de atrás para dársela.

—Más tarde te hará falta.

Sinceramente, esperaba que Jackson se negara, o que por lo menos se quejase un poco, pero no lo hace. Se desliza la chaqueta por los hombros y, cuando veo lo bien que le queda, me dan ganas de quitársela y comérmelo entero aquí mismo.

Maniobro con el coche para salir del aparcamiento del estadio. Jackson aprovecha y abre la guantera. Coge varias cintas y las mira una a una hasta que se decide.

—¿Puedo? —pregunta mostrándome una que hace siglos que no pongo.

«No Guidance», de Chris Brown, empieza a sonar tras un momento en el que la cinta traquetea en el reproductor.

Y empiezo a cantar con una euforia que no me cabe en el cuerpo. No sé si viene del viento dándome en la cara, del sol escondiéndose, de la victoria de Jackson, de que mi chaqueta favorita le quede como un puto guante…

Él no se inmuta cuando voy alternando la mano de la palanca de marchas a su muslo. De hecho, veo como su cabeza se mueve al ritmo de la música y sus labios murmuran la letra.

Y, para ser sincero, esto me parece más que suficiente. Poco a poco se está abriendo y, joder, de lo mal que estábamos hace unos días a esto… Pagaría miles por poder quedarnos en este momento.

—¿Qué vamos a…? —intenta decir cuando aparco el coche.

Lo callo con un beso y él alza las cejas, sorprendido.

—Tira —le digo haciéndole un movimiento con la barbilla para que salga del coche. Vuelvo a presionar el botón para cerrar la capota y salgo tras él.

Voy a la parte de atrás, abro el maletero y saco una mochila. Él se gira hacia mí y frunce el ceño.

—Déjate llevar… —insisto poniéndome a su lado.

Delante de nosotros se extiende la playa de Santa Mónica. El sol comienza a bajar y tiñe todo el cielo de colores preciosos mientras varios turistas andan sin rumbo por el paseo. Algunos skaters patinan por el paseo marítimo, y el parque de atracciones le da una luminosidad única a la playa.

—¿Dónde estamos? —pregunta Jackson a mi lado, aún enfundado en mi chupa de cuero.

—¿Nunca has estado en Santa Mónica? —le pregunto, estupefacto.

Él niega con la cabeza.

—Nunca había salido de Las Vegas antes de irnos a Londres.