Capítulo 25
J ACKSON
Oigo voces que gritan mi nombre y noto un fuerte dolor en la nuca. Me duele la cabeza a más no poder. Abro los párpados, todo me da vueltas.
Me encuentro con los ojos más bonitos que he visto nunca. Su gris se clava en mí con preocupación. Vuelvo a cerrar los míos y frunzo el ceño.
—Joder… —mascullo, intentando levantarme. Tras un impulso, lo consigo. Pero todo sigue dándome vueltas.
—Vámonos de aquí —dice Kilian con urgencia cuando me sostiene por los hombros para estabilizarme. Asiento sin saber muy bien qué ha pasado, pero lo puedo intuir.
Sé que no he dado la talla en el ring. Me bajo de este con los hombros hundidos y, joder, noto un fuerte dolor en el derecho. No puedo evitar hacer una mueca. Si Kilian se percata, no dice nada.
Ambos desaparecemos del estadio a toda prisa. Recogemos las cosas del vestuario y nos subimos a su coche. Ya volveré a por la moto. No tengo fuerzas para conducir.
Cuando me siento, el asiento parece abrazarme.
Cierro los ojos; el hombro me palpita de dolor como si tuviera el corazón ahí mismo.
Me llevo una mano e intento masajeármelo.
En cuanto lo toco, siento como si mil agujas se me clavasen en el mismo punto.
Recuesto la cabeza en el asiento y cierro los ojos frunciendo el ceño por el dolor.
Me da la sensación de que estoy viviendo un déjà vu , porque me siento exactamente igual que cuando Kilian me sacó de las peleas ilegales.
La cosa es que no es un déjà vu , porque esto ya lo he vivido.
Ya he tenido dos veces a este hombre sentado en el asiento del conductor, enfurruñado y decepcionado.
Porque seguro que lo está. Seguro que siente que le he vuelto a fallar y seguro que, para él, esto no es más que otra razón por la que debe mandarme a la mierda.
Lo dejo tirado en medio de la noche, me lío con otra persona delante de sus narices, pierdo lo único que tengo que ganar…
Si nada de lo que tenemos funciona, ¿para qué coño seguimos intentándolo?
Siento cómo una lágrima me cae desde el ojo derecho hasta el muslo. Miro por la ventanilla.
¿Qué cojones estoy haciendo con mi vida?
Antes entrenaba, trabajaba, nos iba mejor en casa… ¿Y ahora qué? Me tiro días enteros mandando currículums y viendo cómo rechazan cada solicitud. Veo todo girar a mi alrededor, pero yo estoy quieto.
No aporto. Hago daño. Y sé que eso no es lo que quiero.
Lo único que me consuela es que mi madre ha mejorado con diferencia. El día de la fiesta de Halloween pudimos hacerla porque ella se había ido el finde a Bakersfield para dar una conferencia sobre periodismo.
Gracias a Dios, está volviendo a ser quien era y eso me alegra. Pero, por otro lado, me pregunto qué pensaría mi padre de mí.
Mi padre, que me apuntó de pequeño a boxeo y me acompañaba a todos los torneos cuando apenas pesaba cincuenta kilos. ¿Estaría orgulloso de mí? Por supuesto que no.
No dejo de cagarla. No dejo de hacer daño y eso tiene que parar. Pero mi ansiedad y mis mierdas siguen en mi cabeza y, ahora que estoy mal con Kilian, todo se multiplica por mil.
Recuerdo pasar por situaciones parecidas cuando me enfadaba con Sylas.
O por lo menos me sentía de la misma manera, porque él me recogía de las peleas.
Me llevaba y traía a casa sano y salvo. Pero…
no lo decepcionaba. No se preocupaba por mis nudillos.
No me curaba las heridas ni me invitaba a cenar.
No me besaba con delicadeza. No me acariciaba…
No me apoyaba, ni mucho menos cuando estaba enfadado.
Cuando estaba enfadado…, más me valía no estar con él.
Noto un contacto suave en el muslo. Despego la vista de la ventanilla y lo miro. Es entonces cuando me doy cuenta de que veo borroso, de que estoy sollozando. No me mira de vuelta. Solo me aprieta el muslo con delicadeza.
Esta es su manera de decirme que está aquí conmigo. Pero no dice nada. Aunque mejor, porque no me lo merezco. Solo me haría sentir más culpable.
Pone la música, pero esta vez no suena ningún casete, sino la radio normal.
Suspiro para intentar liberar un poco la tensión acumulada en mi pecho. Él aprieta mi cuádriceps. Detengo el impulso de poner una mano encima de la suya y entrelazar los dedos con los suyos.
Ni siquiera sé cuándo me he quitado los guantes. A lo mejor ni siquiera lo he hecho yo. Los nudillos no me duelen. Me los observo, aunque no veo nada bajo las vendas.
Entonces, noto que el coche se detiene.
—Llamaré a alguien para que traiga tu moto mañana por la mañana —dice poniendo el freno de mano y abriendo la puerta del coche.
Miro alrededor.
—Gracias.
El torneo ha sido en Los Ángeles. No es la primera vez que vengo, pero siempre me sorprende la diferencia de humedad que hay en comparación con Las Vegas. Noto la piel un poco rasposa de más. Salgo del coche y vuelvo a sisear por el dolor del hombro.
Estamos frente a un hotel enorme. Mi mandíbula amenaza con rozar el suelo cuando veo que es uno de cinco estrellas.
—¿A qué esperas? —pregunta Kilian tras coger las bolsas de ambos.
Lo sigo hacia la entrada.
—¿Cómo cojones has pagado todo esto? —le pregunto con un susurro, y él sonríe.
—Como dijiste el otro día…, lo de la mafia tiene una mínima parte buena —me murmura al oído.
Su cercanía me provoca escalofríos y vuelvo a insultarme mentalmente por haber sido tan gilipollas y haberla cagado. Porque quiero besarle ahora mismo, pero no puedo, y no sé si volveré a poder.
—Hola. La habitación para Kilian Fierce —dice a la chica del mostrador. Esta se muerde el labio coqueta y se enrosca un mechón de pelo en el dedo.
—Por supuesto, señor Fierce. ¿Le acompaño?
La sangre me hierve en las venas.
—Corta el rollo, ya — le escupo a ella.
Kilian me mira y enarca una ceja. Veo en sus ojos que, pese a la mierda que estamos pasando, la situación le ha hecho gracia.
La rubia parece reparar en mí por primera vez. Se le cambia la mirada por completo al verme la cara de pocos amigos.
Teclea algo en el ordenador con el ceño fruncido y ni siquiera nos pide la acreditación por no pasar el mal trago.
—Aquí tenéis —dice en un tono completamente distinto.
Cojo las tarjetas y le sonrío falsamente.
—Gracias, señorita… —leo la tarjeta que lleva en un pin de su asquerosamente apretada blusa— Romero.
Noto la presencia de Kilian tras de mí mientras caminamos hacia el ascensor. Solo se oyen nuestros pasos en todo el pasillo.
Llamo al ascensor.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta, mirándome divertido.
—Casi le arranco la cabeza —confieso, y él ríe.
Entramos en el ascensor, y él se cruza de brazos y se apoya en la pared de cristal.
Niega con la cabeza y clava los ojos en mí.
—No hace falta que te lo diga, ¿no? —me dice, y yo niego como él.
Suspiro. Acabo de recibir mi propia medicina.
Suena la campana del ascensor y, al tensarme, noto otra vez el dolor del hombro. Salimos del ascensor y entramos en la habitación en silencio. Lo primero que veo es una cama. Una sola cama…, y mis nervios vuelven a aparecer. ¿El cabrón ha cogido una habitación así a propósito?
El resto del espacio es de un lujo moderno con grandes ventanales que ofrecen una vista panorámica de Los Ángeles.
Las paredes están decoradas con cuadros, y los muebles son de diseño minimalista, con líneas limpias y acabados en tonos neutros.
En un rincón, hay un área de descanso con un sofá de cuero suave y una mesa de mármol con una bandeja de cortesía que incluye una botella de vino y fruta fresca.
El baño es un oasis de mármol con una ducha negra y una bañera profunda, iluminado por una suave luz dorada que resalta los detalles en bronce.
Todo el espacio emana una sensación de calma que contrasta con lo rápido que late mi corazón.
—Voy a ducharme —le informo. Ni de coña voy a perder un segundo en un sitio así.
Abro el grifo de la bañera y dejo que empiece a calentarse el agua antes de sentarme en el retrete, completamente agotado.
Empiezo a quitarme las vendas y las dejo en el lavabo antes de meterme en la bañera con la esperanza de que el agua caliente me relaje un poco.
Pero no lo hace, sigue doliéndome como el diablo.
Después de quedarme un rato intentando relajarme, desisto y salgo de la bañera. Me seco con la toalla.
—Mierda… —siseo cuando intento secarme la espalda y noto un pinchazo en el hombro. Me enrollo la toalla a la cintura y salgo.
Respiro hondo cuando lo veo. Está sin camiseta y en la cama. Lleva unas gafas de pasta negra y sujeta un libro que, en sus manos, parece pequeño.
En cuanto me ve, lo deja en su regazo. Se supone que tengo que dormir a su lado…
—¿No tendrás alguna crema o algo…? Me duele el hombro una puta barbaridad —le digo acercándome a mi bolsa para ponerme el pijama.
—Mira a ver en mi bolsa.
Noto sus ojos clavados en mi espalda mientras me visto. No paso por alto el resoplido que suelta cuando me pongo los pantalones.
Acto seguido, abro su bolsa de marca y, al hacerlo, me sorprende la calidad. Me avergüenzo al instante. La mía de piel sintética está que se cae a pedazos…
Rebusco entre su ropa y abro un neceser, donde por fin encuentro una crema antiinflamatoria.
Suspiro antes de sentarme en el lado contrario de la cama. Kilian continúa leyendo.
La tensión entre ambos después de todo lo que ha pasado está más que presente y amenaza con asfixiarme.
Me echo un poco de crema en la mano izquierda e intento extenderla por el hombro derecho, pero se me encaja como nunca. Siseo por el dolor.
—Trae, anda —dice él dejando el libro aparte.
—Tranquilo. Yo puedo —le respondo. Intento fingir sin éxito que no me duele.
Kilian suspira y se incorpora, dejando ver que no lleva nada más que unos slips negros. Me quita la crema de las manos y me presiona con cuidado el hombro. El contacto hace que se me erice el cuerpo entero.
—¿Es ahí? —me pregunta.
—Kilian…
—Que si es ahí —insiste, hundiendo el pulgar en mi hombro.