Capítulo 24
K ILIAN
Jackson no ha intentado hablar conmigo después de lo que pasó.
En cierto sentido lo agradezco, porque llevo deprimido en casa todo el rato.
De la cama a la cocina y de la cocina a la cama.
Esta mañana me ha costado la vida salir de ella, pero nada que no cure algo de música y una buena ducha.
Ahora mismo voy en el coche, en completo silencio.
No me permito darle Play a la cinta. Y aunque parezca fácil cambiarla, no lo es.
Porque sacarla y guardarla de nuevo en la guantera parece un indicio de que todo ha acabado.
Y aunque creo que estoy haciendo lo correcto alejándome de él, también siento que estoy siendo un poco duro.
Sin embargo, aún no lo conozco, o por lo menos no lo suficiente como para saber por qué actúa de esa manera. Me gustaría por lo menos entenderlo. Aprender por qué su mente funciona así.
Tras una hora de trayecto, aparco el coche como siempre, detrás del recinto. Esta vez hay varios guardias de seguridad que me guían hacia la puerta trasera.
Y lo veo. Veo las ojeras que decoran su rostro y un contraste de emociones revolotea por mi cuerpo. Porque una parte de mí se alegra de que no le haya sido indiferente mi distancia. Pero otra se siente de lo más culpable.
¿Por qué leches puedo dejar que todos sean unos capullos conmigo y yo no puedo serlo con ellos?
—Hola —le digo secamente. Los guardias nos rodean mientras nos guían hacia el interior del estadio. Porque sí, este torneo es bastante más grande que el anterior y, a su vez, más importante.
—Hola.
Que no hayamos entrenado no me preocupa demasiado. Jackson es buen luchador. Lo único que me jode es que tenga los nudillos destrozados por ser un impulsivo.
Anda delante de mí, con un macuto hecho polvo colgándole del hombro.
¿Le habrá gustado el regalo?
Llegamos al vestuario y Jackson se sienta en un banquillo. Yo me pongo enfrente de él sin decirle ni una palabra. Veo cómo abre la bolsa y saca las vendas. Tiene los nudillos bastante mejor que la última vez, pero siguen sin cicatrizar del todo.
—Ponte algo que te los cubra —le digo. Él me mira desde abajo. Cansado, como si tuviera un remolino dentro y no pudiera emplear más energía en lo de fuera.
Cojo unos papeles para secarse las manos del dispensador y hago una especie de rectángulo.
—Cuando te pongas las vendas, entrelázalas con esto en los nudillos para suavizar aún más el impacto.
—Vale.
Suspiro y me siento a su lado.
—Vas a estar bien, y yo voy a estar ahí. Ya has visto los vídeos, así que céntrate en sus debilidades —le aconsejo, y él asiente, no muy convencido.
Pasan unos minutos que parecen horas. Los dos con el móvil, sin hablar. ¿Cómo vamos a hacerlo? Si estar a su lado conteniéndome las lágrimas ya está siendo un reto enorme. No podría entablar una conversación con él aunque quisiera.
Él se pone las vendas y me hace caso en lo que le he dicho.
Se coloca el papel con fuerza entre los nudillos.
Acto seguido, saca los guantes que le regalé y mi corazón se salta un latido cuando veo que le quedan de maravilla.
Tras un largo momento, nos llaman. Jackson alza la cabeza, pero veo sus hombros bajos y me dan ganas de besarle aquí en medio y decirle que todo está bien entre nosotros.
Aunque no lo esté y sea solo para que salga tranquilo al combate.
Pero no. Ni una palabra sale de mi boca. Ni un beso le doy. Ni siquiera lo rozo cuando pasa por mi lado y se abre camino entre los demás contrincantes.
Lo sigo y oímos cómo la gente grita su nombre. Hasta para mí es un shock la buena bienvenida que tiene. Él se gira para mirarme y yo asiento, dándole ánimos como puedo después de lo que pasó.
Subimos ambos al ring, y oigo que algunas personas también me llaman. Saludo a la grada y atiendo a mi alumno. Porque eso tenía que haber sido desde el principio. Entreno, torneo, entreno, torneo.
Ni besos ni mierdas.
Lo escaneo con la mirada. Está increíble con la equipación negra y con los nuevos guantes reluciendo en las manos…
Cojo el bucal del bolsillo. Lo saco de la funda y lo mojo con la botella de agua antes. Él abre la boca y se lo pongo.
—Recuerda, no te dejes llevar por la ira.
Asiente de nuevo, porque con el bucal no puede hablar.
El presentador nos pide amablemente a los ayudantes que nos bajemos del ring.
—En la esquina roja: ¡Mario Cooper! —La gente vitorea y, tras un momento, el presentador sigue.
—Y en la esquina azul…: ¡Jackson Blake!
En cuanto el presentador se baja del ring, sube el árbitro y, tras la campana, arranca el combate.
Desde el primer campanazo, Jackson y su oponente se mueven con rapidez, estudiándose mutuamente.
El aire en el cuadrilátero es denso, cargado de tensión mientras los dos boxeadores comienzan a medir distancias.
Jackson avanza primero, lanzando un jab rápido que el otro apenas esquiva.
Su oponente, un tipo robusto con un estilo agresivo, responde con una serie de golpes rápidos que Jackson bloquea con su guardia.
Cada golpe que intercambian resuena en el ring como el eco de un trueno.
Jackson esquiva un gancho y contrarresta con un directo al cuerpo, haciéndolo retroceder.
Pero algo no está bien. Lo noto en cómo mueve los pies, un ligero desliz en su postura, y en cómo respira más rápido de lo normal. No está sacando su bestia.
La preocupación empieza a asentarse en mi pecho, pero me obligo a mantener la calma. Este no es el momento de dudar.
El primer asalto es reñido. Jackson consigue conectar algunos buenos golpes, pero su oponente no es fácil de derribar.
El tipo tiene resistencia y, aunque Jackson lo domina en técnica, está claro que va a ser una pelea larga.
Cuando suena la campana para el final del asalto, ambos regresan a sus esquinas, empapados en sudor y con la mirada fija en la próxima ronda.
Jackson se sienta en el banco mientras el árbitro le habla, dándole instrucciones que sé que conoce de memoria. Me subo al ring y le atiendo rápidamente limpiándole el sudor y proporcionándole agua mientras él escucha al árbitro.
Pero no puedo evitar fijarme en cómo su pecho sube y baja con más fuerza de lo habitual, como si estuviera luchando por mantener el control de la respiración. Sus ojos se encuentran con los míos por un segundo, y trato de decirle sin palabras que estoy aquí y que tiene que seguir adelante.
Me bajo del ring. El segundo asalto empieza y Jackson sale con determinación.
Su guardia está alta, sus movimientos más calculados.
Lanza una combinación de golpes —un jab, un uppercut seguido de un gancho de izquierda— que su oponente apenas bloquea a tiempo.
Pero la respuesta es brutal. El contrincante lanza un gancho de derecha que golpea a Jackson en el costado, justo debajo de las costillas.
Veo el dolor atravesar su rostro por un instante antes de que lo enmascare.
El impacto es tan fuerte que me hace contener el aliento.
Jackson retrocede e intenta recomponerse, pero el otro boxeador no le da tiempo para recuperarse.
Empieza a lanzar una serie de golpes rápidos, presionándolo contra las cuerdas.
Jackson bloquea la mayoría, pero algunos logran colarse entre su defensa y conectan con su cuerpo y cabeza.
El sonido de los guantes chocando contra su piel me golpea como una bofetada. Quiero gritarle que se mueva, que salga de allí, pero sé que no puedo interferir. Esto es algo que debe manejar por su cuenta, aunque verlo sufrir así me está destrozando.
Con un esfuerzo titánico, Jackson consigue salir de las cuerdas y lanza un gancho a las costillas de su oponente que lo hace retroceder. El tipo jadea, claramente dolorido, pero se mantiene en pie. Ambos se miran; el odio y la determinación brillan en sus ojos.
El tercer asalto comienza y la fatiga es evidente en Jackson. Cada movimiento parece costarle el doble de esfuerzo. Su guardia empieza a bajar y, aunque sigue lanzando golpes, su precisión también disminuye. Es como si, con cada segundo, el peso del mundo cayera más sobre sus hombros.
De repente, Jackson intenta un gancho de izquierda, pero su oponente lo esquiva con facilidad y lanza un contragolpe.
Uno de derecha directo a la sien.
El impacto es brutal, y todo parece ralentizarse mientras Jackson se tambalea.
Sus ojos se nublan y, en un instante, su cuerpo colapsa. Cae al suelo con un ruido sordo; la lona vibra bajo su peso.
El árbitro comienza a contar, pero todo lo que oigo es el latido ensordecedor de mi propio corazón. Me lanzo hacia el borde del ring con ganas de cruzar esas cuerdas y llegar hasta él, pero me obligo a quedarme donde estoy.
Los segundos pasan como una eternidad mientras Jackson yace inmóvil.
Fin del combate.