Amor contra las cuerdas Capítulo 21
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Capítulo 21

J ACKSON

No puedo escuchar su voz, por eso le he colgado.

El entreno de hoy ha sido una puta tortura.

Estaba todo el rato queriendo que la tierra me tragase, y en cuanto he visto a Sarah al salir, todo se ha ido a la mierda.

Va a estallar todo: mis miedos, mi pésima manera de gestionar las emociones, la ansiedad…

Una parte de mí desea que me hubiera quedado junto a él. Simplemente para ver qué hubiera sucedido.

Pero ver su mirada, su rabia al verme…, también me ha dolido. Está claro que, sea lo que sea lo que hay entre nosotros, se ha desmoronado. Se ha roto. Y ahora mismo me da igual que sea mi cumpleaños. Nunca ha sido una fecha muy destacada, porque Halloween siempre lo acaparaba todo.

Cualquier fiesta que hubiera no era mía como tal, siempre la hemos juntado con algo de este estilo: una fiesta de disfraces, un botellón en la playa…, pero nunca «la fiesta de Jackson». Y con la excusa de que llevo varios años fuera de Las Vegas, Sarah quería organizarme algo grande.

Yo pongo la casa y ella los invitados. Y parece que se lo ha tomado en serio…, porque invitar a Kilian…

El corazón me martillea en el pecho por la culpabilidad y por los nervios.

Quiero que venga, pero…, joder, es que no me lo merezco.

Ni siquiera se me ha cruzado el pensamiento de invitarle.

Siendo sincero, después de lo que hice, pensaba que se reiría de mí o que me mandaría a la mierda.

Pero no. Su expresión se relajó al enterarse. Y eso hace que esté inquieto.

Porque no tengo ni puta idea de si va a venir y estoy de los nervios. Me da un ataque cada vez que alguien llama a la puerta.

Estoy en la cocina mientras la música retumba por toda la casa. El ritmo parece estar advirtiéndome algo. Fuerte. Firme. Sensual…

Su mirada de placer mientras se la comía me viene a la mente. Y gruño cuando tiro con fuerza a la mesa una bolsa de hielos para que se separen y la vuelvo a coger.

Sarah me mira de reojo y se acerca a mí antes de quitarme la bolsa de las manos.

—Queremos tener hielos esta noche, amor.

—Estaba separándolos —le respondo girando sobre mí mismo. Apoyo la espalda baja en la encimera y me cruzo de brazos.

—Estás acojonado —observa Dean.

Esto de ser más transparente que un cristal está empezando a cansarme.

—Solo necesito emborracharme —respondo frunciendo el ceño y abriendo la nevera para prepararme un cubata.

Dean pone los ojos en blanco y me quita la botella de las manos.

—Desembucha.

Suspiro y le vuelvo a quitar la botella. Él cede porque empiezo a contarles lo que pasó. Los dos hacen muecas cuando escuchan el final.

—¡Dios, qué rabia me das! —dice Dean, frustrado—. Dime que por lo menos le has pedido perdón.

Niego con la cabeza y la expresión que pone hace que me sienta aún más culpable.

—Bueno, va, vamos a tomarnos un chupito, que va a hacer falta —propone Sarah alineando pequeños vasos de plástico. Le doy la botella que estaba usando para la copa y ella nos sirve.

Brindamos y no hago ninguna mueca cuando el alcohol me quema por la garganta. Porque siento que lo merezco. Un pequeño castigo que me he ganado por ser tan sumamente subnormal. De hecho…

Cojo de nuevo la botella y me la llevo a los labios. Sarah ni se inmuta cuando me ve tragar el alcohol.

Tras varios segundos bebiendo, con los ojos llorosos por la quemazón, aparto la botella.

—Muy bien, machote. ¿Te sientes mejor ahora? —pregunta Sarah, decepcionada.

—No, ven aquí —le respondo. La cojo del brazo y junto su cuerpo con el mío.

Veo de reojo cómo Dean sale de la cocina y se reúne con Raven en la entrada. Gracias a Dios está él recibiendo a los invitados. Ha venido disfrazado a juego con Dean, así que eso es un punto positivo.

Parece ser que vale para algo después de todo.

Sarah apoya una mano en mi pecho, reclamando mi atención.

—¿Como en los viejos tiempos? —me pregunta con una entonación sensual que hace que se me ponga un poco dura en los pantalones.

Ni siquiera me lo pienso dos veces. La cojo de la nuca con fiereza y le beso la boca entreabierta.

Ella me acoge con ganas, nuestros cuerpos se reconocen.

Un gemido sale de su boca y va directa a mi entrepierna.

La separo para pegarle un trago al cubata y el alcohol aún no llegado a mi estómago cuando ella vuelve a por mí.

Su mano viaja por mi torso desnudo, difuminando las manchas de sangre falsa que me ha echado hace media hora.

Se supone que voy disfrazado de zombi, pero la verdad es que no tenía ninguna gana de hacerlo.

Sin embargo, Sarah va de ángel caído. Lleva unas gigantescas alas negras en la espalda y un corsé de encaje que le resalta las tetas de una manera espectacular.

Suspiro cuando bajo la mano de su nuca a su clavícula.

Dibujo el contorno de sus pechos y ella suelta un gemido entrecortado.

Rodeo su cuello con la mano y ella me mira con aún más deseo, asintiendo.

Quiere que la domine, ya sabe que no tengo ningún problema con eso.

Se me viene a la mente la pregunta de cómo follará Kilian.

Ese pensamiento me la pone mucho más dura y, si no fuera porque hay gente delante, le subiría el tutú a Sarah y me la follaría aquí en medio contra la encimera.

Ella sigue besándome y, aunque yo le corresponda con ganas, mi mente ya no está con ella.

«Quédate», retumba su voz en mi mente.

La culpabilidad vuelve a mí y muerdo con fuerza a Sarah en el cuello. Ella gime de placer.

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero mi mano ya no está en su cuello. Está en su culo, por debajo del tutú. Lleva unas mallas cortas debajo, lo noto a la perfección. Lo blando que es, lo bien puesto que está, cómo me llena la mano entera…

Abro los ojos, extasiado de placer. Mi mundo se paraliza en cuanto lo veo.

Sus ojos grises apagados me fulminan detrás de una máscara de encaje negro. Su cuerpo va enfundado en un traje también negro. La chaqueta da pie a una camisa blanca entreabierta, cubierta de sangre. Sus manos agarran con fuerza una pistola de plástico.

No aparta la mirada de mí. Sarah me mira, preguntándose por qué he dejado de comerle la boca. Hago el amago de volver a besarla, pero veo cómo Kilian se despega de la pared desde la que me miraba apoyado y viene hacia aquí.

—Ha venido —le susurro a Sarah para que me entienda. Noto cómo se tensa sobre mi cuerpo y me empuja el pecho con las manos para separarse.

Veo la decepción en sus ojos cuando los conecta con los míos. Sarah se queda petrificada cuando ve que Kilian me coge de la muñeca y me saca de la habitación.

—¡¿Para eso querías que viniera?! —me grita.

Yo enmudezco.

—No sabía que ibas a venir —espeto.

—Pero ¿cómo no iba a venir? —pregunta, alterado—. ¡Es tu cumpleaños, Jackson!

Me doy cuenta de que la gente empieza a mirarnos y empiezo a sentirme incómodo.

La música, el alcohol y la intensidad con la que me mira hacen que me sienta mareado.

—Vamos a mi habitación —le pido, y él se calla. Me sigue desde la pista de baile, apartando a todo el mundo como si de una bola de demolición se tratase. Está rabioso. Y tiene motivos para estarlo.

Cierro la puerta y él empieza a dar vueltas por ella, intentando organizar sus pensamientos.

—¿Querías que viniera para verte así? —me pregunta con un hilo de voz—. Sabías que me iba a joder. Sabías que ya estaba jodido por lo del otro día y coges y, aun sabiendo que era probable que viniera, decides liarte con tu mejor amiga delante de todo el mundo.

—Necesitaba distraerme —vuelvo a intentar justificarme, aunque sé que no puedo.

Sé que la he cagado cuando él levanta el brazo, frustrado. Y también sé que se contiene de decir todo lo que está pensando.

—Mira, Jackson —dice tras unos segundos—, puedo aguantar ver cómo te pegan en un ring, puedo intentar no matar a cualquier imbécil que te toque más de lo necesario en un combate, ¿me oyes?

Yo asiento.

—Puedo intentar no besarte delante de todo el puto mundo. Puedo lidiar con que me abandones en medio de la noche. —Tuerce el gesto—. Pero esto… Esto no puedo aguantarlo, Blake.

Se me acerca y bajo la vista. Me avergüenza mirarle.

—Sé que no somos nada, pero el otro día… —intenta decir bajando el tono. Se le rompe la voz.

—Lo sé —lo corto—. Y lo siento.

Tuerce el gesto, como si fueran esas palabras las que llevaba esperando escuchar durante todo el día.

Me coge del cuello con delicadeza y yo alzo el mentón.

—¿Qué ha sido de eso de ser solo mío? —me pregunta con la voz ronca.

Le quito la máscara con delicadeza y su mirada me escanea el rostro, como si desease hallar en él la respuesta que no le doy. No encuentra nada.

Gruñe antes de besarme. No es un beso cálido, aunque quema. Sus labios arden en los míos. Me arranca el aliento de cuajo y se lleva consigo todo mi ser.

—Oblígame a que lo sea —le pido, excitado.

Porque quiero pasar todos los putos límites con él, quiero que me haga suyo.

Ahora mismo quiero que me folle hasta que se me olvide mi nombre y quiero borrarle esa mirada de tristeza que lleva todo el día.

Quiero dejar de decepcionarlo, así que bajo una mano a su entrepierna y gruño de placer cuando la noto bien dura.

Quiero complacerle. Siento que se lo debo.

—No te equivoques conmigo —dice él con un tono de voz más grave antes de empujarme.

Caigo en mi cama y no sé si es la mirada de depredador con la que me mira o el alcohol, pero siento que me voy a volver completamente loco.

Se coloca encima de mí como si de una pantera se tratase. Coloca una mano en mi mentón y me besa con ansia.

—Prepárate…, yo tengo algo que ella no tiene —me susurra al oído, y todo mi cuerpo se estremece.

Entonces, me coge de las caderas y, con decisión, gira mi cuerpo.

Quedo de espaldas a él. Noto cómo me muerde el hombro y cómo emana de él un calor que me pone los pelos de punta.

Muerde suavemente mi omoplato, intercambiando los dientes con la lengua y los labios, haciendo que arquee la espalda, rozándome el culo con su entrepierna más que dura.

—Quieto —ordena, presionándome la espalda baja con el antebrazo, inmovilizándome por completo.

Joder… Estar a su merced me está poniendo a mil.

—Kilian…

—Cállate —me ladra.

Echo la mirada hacia atrás y verlo con el traje ajustado hace que me haga mil preguntas que no tienen respuesta.

Con ambas manos, me rodea la cintura y noto que me desabrocha el cinturón. No tarda ni un segundo en arrancarme los pantalones junto con los bóxers blancos que llevo. Me deja completamente expuesto a él.

Gimo en cuanto hunde su lengua en mí. Mil relámpagos truenan en mi vientre. Noto cómo escupe en mi entrada tras estar un rato comiéndomela como si fuera un puto manjar.

Quiero gritar cuando coge mi erección, que ya está más que lubricada. Empieza a masturbarme mientras se acerca a mi oído y me susurra:

—Cuando alguien te haga sentir la mitad que yo, te dejaré en paz.

Jadeo cuando me lame el lóbulo de la oreja suavemente. Arqueo más la espalda si es posible y noto la enorme erección que esconde bajo los pantalones.

Sin embargo, un repentino frío me inunda cuando noto que se levanta de la cama.

—Ahora vete con Sarah si tienes huevos.

Sonrojado, me giro sobre mí mismo y lo veo recolocándose la erección. Coge una bolsa del suelo.

Entiendo lo que está pasando y asiento.

Es su manera de vengarse.

Me subo los pantalones y me levanto de la cama. Y agradezco a los dioses haberlo hecho, porque, de pronto, se abre la puerta.

Todo el maquillaje de Dean se ha corrido debido a sus lágrimas.

Me incorporo de inmediato.

—Jackson… —me llama aliviado entrando en la estancia. Se sienta en mi cama y, en cuanto me mira, se derrumba—. T-tenías razón, joder…

«Raven».

Tuerzo el gesto.

—¿Dónde está ese hijo de puta?