Capítulo 20
K ILIAN
Noté perfectamente el momento en el que se levantó de mi cama. Todo se volvió frío al instante en el que se despegó de mi cuerpo.
No iba a detenerle. No tenía sentido hacerlo. Aunque eso no quita que me doliera como mil puñetazos directos al estómago.
Después de haber abierto mi coraza delante de él, de contarle mi historia, de darme a entender que él siente lo mismo que yo…, se fue sin decirme nada. Prefirió irse andando a su casa antes que quedarse a dormir conmigo.
Joder, que, si me lo hubiera dicho, lo habría llevado sin ningún problema porque entiendo que uno se pueda arrepentir, pero dejarme tirado…
«Buah, se va a cagar en el entreno», pienso cuando cierro con enfado la puerta de mi Cadillac.
Han pasado tres días. Tres días y no se ha dignado a mandarme ni un mísero mensaje.
Con un «lo siento» me habría valido. Una mínima explicación, no sé.
Es que creo que me la merezco después de todo. ¡Que le curé las heridas y dejé a mi padre plantado por él! Niñato de los cojones…
Quinta vez que le insulto.
Tuerzo el gesto cuando me dirijo enfurruñado al gimnasio de Will. Abro la puerta y no veo a Jackson por ningún lado. Las ganas de dar hostias se acumulan en mi ser.
No me gusta el boxeo, pero con los años he aprendido que desfogarme en el saco me ayuda bastante a compensarme.
Voy derecho al vestuario. El gimnasio está cada vez más abarrotado de niños, y eso hace que en el fondo de mi ira sienta algo de orgullo hacia Will.
Me quito la chupa de cuero y la guardo en la taquilla, quedándome solo con una camiseta de tirantes negra. Acto seguido, me pongo los guantes y salgo al ring.
Tras saludar a Will sin mucha efusividad, empiezo a pegarle golpes al saco con precisión. Justo cuando noto el impacto del guante, lanzo el otro puño. Y así sucesivamente. Mi ira se apacigua en unos pocos segundos.
Pero en cuanto lo veo entrar por el rabillo del ojo, siento que todo se congela.
Los recuerdos de la última vez que lo vi me atacan como espadas, y la ira que se había empezado a ir vuelve a mí con mucha más fuerza que antes.
—Tú. Sube —le ordeno con decisión. No me va a temblar la voz. No con él.
Ni siquiera ha dejado las cosas en el vestuario, pero su mirada me dice que ha entendido que no estoy de broma, así que deja el macuto en el suelo, coge sus guantes y sube al cuadrilátero.
De pronto, percibo un leve olor a tabaco cuando se acerca a mí.
—¿Has vuelto a fumar? —pregunto lo evidente.
—Antes de entrar —confiesa desviando la mirada, algo incómodo.
—Cien flexiones —le ordeno.
Porque tengo que castigarlo de alguna manera. Tengo que desviar mi atención de él antes de que sea demasiado tarde.
Jackson no vacila y hace lo que le pido.
No se me escapa la pequeña mueca que hace al colocar las manos en el suelo del ring.
El tatuaje de la llama de fuego que va desde su codo hasta su mano se une con la costra de los nudillos, que amenaza con romperse y, por muy egoísta que suene, en este instante no me preocupa lo más mínimo.
Que se las cure él más tarde. Yo ya me desentiendo.
Me acerco al saco y le pego otra vez con todas mis fuerzas, preso de la ira y de la decepción.
¿Quiere fumar? Que lo haga. ¿Quiere irse? Que se vaya.
Pero que se atenga a las consecuencias. Porque tiene que haberlas. No puedo dejar que este niñato juegue conmigo de esta manera. Simplemente no puedo. Porque, conociéndome, sé de sobra que este tipo de relaciones me pueden hacer mucho daño y no quiero volver a entrar en un patrón así.
No con él. Porque él…
¡Pum!
Pego otro golpe mucho más fuerte y el saco se tambalea con violencia.
Suspiro y, cuando el saco vuelve hacia mí, lo paro con ambas manos.
Veo que Jackson se levanta del suelo.
—Otras veinte. Y luego quiero cuarenta sentadillas —le digo firmemente.
Me sorprende que ni siquiera se moleste en poner los ojos en blanco. Vuelve a colocarse en posición y sigue con el ejercicio sin rechistar.
«Genial».
Cojo una botella de agua del suelo y lo miro mientras lo hace. No le cuesta. Tiene fuerza de sobra.
Poco a poco, las venas de los brazos empiezan a marcársele. Desvío la mirada y empiezo a pensar las opciones que tengo.
Porque no sé qué hacer. ¿Lo pongo a pegarle al saco? ¿Le enseño combinaciones? ¿Analizamos vídeos de sus siguientes contrincantes?
Tiene el siguiente combate del torneo esta misma semana y no sé qué leches hacer. Solo sé que quiero mandarlo a la mierda por no darme lo que quiero que me dé. Y no me puedo permitir eso.
Hay muchas cosas en juego. Mi futuro, el suyo… Nuestros sentimientos, el gimnasio de Will…
¡Pum!
El sonido desgarrador de las cadenas que sujetan el saco perfora mis oídos.
—¿Quieres que me vaya? —pregunta Jackson a mi espalda. Me giro hacia él y lo encaro.
Ya está sudando un poco y con el pecho agitado. Y me escandaliza lo mucho que me gusta verlo así.
—No —respondo por acto reflejo—. Vamos a la oficina.
Él asiente y baja del ring tras de mí.
—Como no puedes ponerte los guantes, vamos a ver los vídeos de tus oponentes. Doy por hecho que los conoces ya, ¿no?
Él vuelve a asentir justo cuando entramos a la habitación.
Me siento y él se queda de pie. Niego con la cabeza, enfadado, mientras abro el portátil de Will. Me está enervando a más no poder. No voy a decirle que se siente. Que haga lo que le dé la gana. Desisto.
Pongo el primer combate y él apoya las manos en el respaldo de la silla mientras lo ve.
Su siguiente oponente sale en pantalla. Alto y delgado, como la mayoría de los boxeadores. Se mueve sin parar por todo el ring para cansar a su oponente.
Pongo los ojos en blanco, desquiciado.
—Su táctica es agotar al contrario —le digo remarcando lo obvio. Él asiente, con la mandíbula tensa.
Van pasando los combates y dejo que analice la forma de competir de su contrincante.
Tras un momento, vacila antes de sentarse en la silla. Un fuego emana en mi vientre cuando su rodilla roza la mía. Y se queda ahí. Tocándome, como si no lo notara.
Disimuladamente, separo la pierna de la suya mientras le doy Play al siguiente vídeo, pero, tras unos segundos, él abre un poco las piernas y vuelve a unirnos.
Lo miro, pero en su cara no veo ninguna expresión que me indique que sabe lo que está haciendo. Disimula a la perfección. O es que le da completamente igual…
Pasamos una hora entera comentando los vídeos y, cuando suena el pitido que indica el fin del entreno, me doy cuenta de que he sabido controlarme bastante mejor de lo que esperaba.
Y no me refiero sexualmente. Me refiero a mis emociones.
Porque que Jackson se fuera de mi casa me jodió bastante. Pero lo que más me duele es que ni siquiera me haya pedido perdón.
Me da igual que haya sido agradable, haciéndome caso en todo, dando a entender que sabe que ha hecho algo mal. Me da igual que ya me haya tocado mi lado inseguro.
Quiero escuchar una disculpa de su boca, aunque dudo que llegue.
—Eso es todo por hoy —le digo al cerrar el portátil, y me levanto de la silla.
Él agacha la cabeza y suspira, pero no me quedo a escucharle. Me marcho de la oficina y voy directo al vestuario, cojo mi chupa y salgo por la puerta principal.
De repente, me choco con alguien sin querer, pero la sujeto antes de que se caiga.
—¿Estás bien? —le pregunto. Cuando veo que está estable, le suelto los hombros.
Una chica pelirroja con los ojos claros me mira sonrojada.
—Mierda, perdona. Estaba distraída —se disculpa al mirarme. Abre los ojos como platos y, tras unos segundos, rompe a reír—. ¡Coño! ¡Si eres Kilian! Soy Sarah, la mejor amiga de Jackson —dice efusivamente.
—Encantado —le digo, dándole dos besos en las mejillas.
—Justo venía a recogerlo para llevarlo a su fiesta.
—¿Su fiesta? —le pregunto. De pronto, noto una presencia tras de mí.
—Es mi cumpleaños —dice Jackson, pasando por mi lado, saludando a Sarah con desgana—. ¿Vamos?
—Venga —responde Sarah, contenta. Yo me quedo petrificado en el sitio.
No tenía ni idea de que fuera su cumpleaños… Y he estado puteándolo a más no poder. Pero se lo merecía, ¿no?
—Pasadlo bien —digo, acercándome a mi coche.
—¿Es que no vienes? —pregunta Sarah, cogiendo el casco que le da Jackson.
Él la fulmina con la mirada y yo niego con la cabeza.
Sarah pone los ojos en blanco al comprender que no me había invitado.
—Es en su casa a las doce —informa ella antes de subirse en la moto detrás de Jackson.
Él enciende el motor y ambos desaparecen, dejándome con otro torbellino de emociones.
Me subo al coche y empiezo a conducir de camino a casa en silencio. Sin música. Escuchándome a mí mismo.
Porque, joder, que sea su cumpleaños cambia un poco las cosas. O por lo menos a mí me dan ganas de que se me quite el enfado, de hacer una tregua. De ir a comprarle un maldito regalo y celebrarlo con él, porque soy así de tonto.
Pero no puedo. Porque aún no somos nada. No somos amigos, y lo del otro día demuestra que tampoco somos nada más… Lo que nos resume en entrenador y alumno, y no puedo hacer nada para cambiarlo. Mucho menos si encima el cabrón ni siquiera me invita a su fiesta.
Sin embargo, cuando llego a casa y saco el móvil, que vibra insistente en mi bolsillo, todo cambia.
Porque me está llamando.
Su voz suena grave cuando cojo la llamada.
—Si quieres venir, no entras sin disfraz —advierte antes de colgar.
Y nada más abrir la puerta, la vuelvo a cerrar sin ni siquiera poner un pie dentro.
A ver de qué leches me disfrazo yo ahora.