Capítulo 19
J ACKSON
Cuando me compré la moto, nunca pensé que iba a ser tan terapéutica.
Lo hice como vía de escape, para sentirme más libre.
Para poder ir a cualquier sitio sin depender de un transporte público o de mis padres.
Pero cuando me subí por primera vez, supe que se iba a convertir en un nuevo apoyo.
Recuerdo que rompí a llorar cuando aceleré por primera vez.
El viento me golpeaba el pecho lleno de ansiedad y la adrenalina rugía en mis venas mientras esquivaba los coches.
Ahí me di cuenta de que debía cambiar aquel casco por otro con una visera opaca.
Quería convertir mi moto en mi lugar seguro, y eso hice. Así que cambié el casco y conducir pasó a ser una nueva forma de desahogo.
Ya nadie me veía llorar al acelerar.
Empecé a hacer rutas por la noche. Así descubrí el mirador donde quedamos Dean, Sarah y yo.
Sin embargo…, por mucho que haya acelerado estos años, nunca he llegado a sentir esta adrenalina. Como si estuviera tirándome de un avión sin paracaídas al barajar la opción de quedarme junto a él y pasar la noche.
—Blake…, ¿cómo no voy a querer que te quedes? —me pregunta con un hilo de voz, extrañado.
Sus ojos grises me recorren la cara, como si intentaran encontrar en ella una respuesta.
—No estoy acostumbrado a esto —respondo al bajar la mirada. Sombra descansa en su cama en el rincón de la habitación.
Kilian asiente para incitarme a seguir hablando. Se levanta de su lado de la cama y saca unos pantalones de pijama del armario antes de ponérselos.
—Normalmente, tras hacer algo así, siempre esperan que me vaya.
—¿Hay algo que te haya hecho pensar que solo quería acostarme contigo? —me pregunta, pasándome una mano por la espalda.
—No.
El contacto hace que me entren ganas de volver a derretirme en sus brazos. Pero ya ha acabado el orgasmo. El ambiente se ha vuelto más frío.
Él vuelve a asentir, con una media sonrisa.
—Pues quédate. Si quieres, te invito a cenar y ponemos algo en la tele —propone con ternura—. Creo que merecemos algo de calma…
Pasan unos segundos. Suspiro, derrotado por el cansancio.
—Solo porque hoy ha sido un día difícil —accedo.
Me tumbo de nuevo. Lo miro de reojo y el brillo en sus ojos lo delata.
La tensión entre ambos vuelve a ser palpable.
—¿Puedo besarte? —vuelve a preguntarme, y mil mariposas rugen en mi estómago.
Pongo los ojos en blanco y ya lo hago yo por él.
—Entendido —dice sonriendo al separarnos, y cuando veo sus colmillos noto un cosquilleo que va directo a mi entrepierna.
Se tumba a mi lado en el colchón y se pasa las manos por la cara, exasperado.
—¿Qué te pasa? —le respondo, juguetón, ignorando lo que provoca en mí.
—Estoy absurdamente contento —confiesa. Levanta las cejas al unir nuestras miradas y me arranca una sonrisa.
—¿Y eso tiene algo que ver conmigo? —le digo apoyándome en él, como si tuviéramos toda la confianza del mundo.
—Quién sabe.
Se encoge de hombros y me pasa un brazo por debajo del cuello.
—¿Qué te apetece cenar? —pregunta, acariciándome la espalda.
Solo el hecho de pensar en comer hace que me rujan las tripas.
—Lo que sea me vale.
Kilian va a por su móvil y veo que teclea varias cosas antes de volver a tumbarse conmigo en la cama. Al final, decido quitarme los zapatos y nos ponemos cómodos. Él coge de la mesita de noche un mando y, cuando le da a un botón, en la pared de enfrente aparece una tele que ni siquiera había visto.
—Sí que te ha salido bien lo de la mafia —digo al observar todos sus lujos.
—No bromees con eso, anda —me advierte con la mirada—. Pero sí. Esta es la única parte buena.
Su mano acaricia mi espalda con movimientos dulces.
—¿No…, no te da miedo?
—¿No te da miedo a ti? —me devuelve la pregunta.
—Creo que los dos sabemos defendernos bastante bien —respondo por inercia.
—Ojalá dependiera de nosotros…, pero, bueno, ya te contaré… —desvía el tema. Con el mando empieza a hacer zapping y al final acabamos poniendo una película cualquiera antes de que venga la cena.
La vemos en silencio, aunque en realidad sé que ninguno de los dos está prestándole atención tras todo lo sucedido.
No ha sido fácil. Mis nudillos aún me laten bajo las vendas. Luchar fríamente contra desconocidos, recibir golpes y darlos sin piedad es algo a lo que nunca me acostumbraré. Mucho menos cuando todo va unido a los recuerdos grises de Sylas. Aún no me puedo creer que fuera tan ingenuo hace unos años.
Y para Kilian también ha tenido que ser algo duro si de verdad hacía tanto tiempo que no veía a su padre. Y verme a mí ahí…
Suspiro, y él se levanta a coger el pedido. Sombra va tras él.
Sin quererlo, mi mente vuelve a viajar al tema de Sylas.
Porque, si ha ido a las peleas de hoy, no lo he visto.
Y eso me tranquiliza al igual que me preocupa.
Llevo años sin saber de él. Y aunque me haya hecho todo el daño del mundo, pensar en que le haya podido pasar algo me afecta más de lo que debería.
Pero, muy en el fondo, una parte retorcida de mí desea que no esté del todo bien después de lo que me hizo.
Que en realidad él también tuviera que pasar un duelo al dejarme atrás.
Pero ya está. No voy a volver a verlo porque no voy a volver a los túneles. Tengo que buscar otra puta manera de salir de esta situación de mierda. Pediré ayuda a quien sea. Cualquier cosa me vale.
Pero ni de coña dejaría que mi madre pidiera un préstamo de mierda.
De pronto, percibo un olor a comida china que hace que me rujan las tripas.
Kilian aparece por la puerta con unas bolsas y saca la comida con cuidado de no derramar nada.
Comemos en silencio. Porque no hay palabras. Ambos estamos luchando en con nuestra mierda y eso está bien porque cuando terminamos de cenar y nos metemos en la cama, todo parece más tranquilo.
Inevitablemente, el nudo que apretaba a más no poder se endurece cuando sus brazos me rodean desde atrás, trayéndome recuerdos nefastos de años pasados.
Y no sé si es su olor corporal, el calor que emana su cuerpo o lo seguro que me siento con él, que de pronto siento que me ahogo. Que el puto mundo ha dejado de girar y que el único que existe soy yo y mi pecho está a punto de explotar.
Mierda… Tengo que alejarme de él. No quiero que estar así me afecte de esta manera. Nada así de íntimo debería provocarme esta sensación.
Joder…, aún no estoy preparado para esto.
Noto en la nuca su aliento profundo. Doy por hecho que está durmiendo, así que, con cuidado, decido hacerlo. Aunque eso implique irme con su ropa. Aunque tenga que irme andando hasta el centro de la ciudad porque los autobuses no pasan a esta hora.
No puedo quedarme aquí. No quiero que mi cerebro asocie algo negativo a Kilian. Despertarlo para que me lleve a casa tampoco es una opción. Si voy a ser un cabrón…, voy a serlo sin molestarlo.
Así que me levanto sigilosamente y me pongo los zapatos antes de bajar las escaleras.
Entonces oigo unas pisadas detrás de mí. Me giro y se me cae el corazón a los pies cuando veo a Sombra mirarme desde arriba de las escaleras. Baja los escalones y se sienta a mi lado, juzgándome con la mirada.
Gruño para mí mismo y paso por su lado, decidido.
Esto es por el bien de los dos.
Tres años antes
Me he pasado toda la noche convencido de que esto iba a cambiarnos. De que, después de hoy, ya no seríamos solo dos tíos compartiendo un colchón de vez en cuando en un piso de mierda, sino algo real.
Acabamos de terminar. Mi respiración todavía es errática y el corazón me late tan fuerte que juraría que Sylas puede oírlo a través de las sábanas.
Me siento extrañamente ligero, vulnerable pero feliz, como si le hubiera entregado la última pieza que me quedaba y él la hubiera aceptado.
Me giro hacia él en busca de un abrazo, un roce de dedos, cualquier gesto que confirme que estamos en el mismo bando.
Pero Sylas ya se ha levantado.
Se sienta en el borde de la cama y me da la espalda.
Ni siquiera se molesta en cubrirse. Estira el brazo hacia la mesita de noche, coge su paquete de tabaco y enciende un cigarrillo con una calma que me hiela la sangre.
El humo empieza a flotar en la habitación y lo llena todo con ese olor rancio que tanto odio.
—Sylas… —susurro, y me da vergüenza lo esperanzado que suena su nombre en mis labios. Alargo la mano para tocarle la espalda, pero él se tensa y se aparta antes de que mis dedos lleguen a rozarlo.
—Vístete, Blake —dice.
Su voz es plana. No hay rastro del hombre que hace diez minutos me susurraba que era suyo. Es la voz que usa con los tíos a los que les debe dinero: gélida, distante, profesional.
—¿Qué? —me incorporo, sintiendo cómo el frío de la habitación se me pega a la piel—. Creía que…, que nos quedaríamos un rato. Es tarde, Sylas. Podríamos dormir juntos por una vez.
Él exhala una nube de humo hacia el techo, todavía sin mirarme. Es como si yo ya no estuviera allí. Como si el espacio que ocupo en su cama fuera un error que quiere corregir cuanto antes.
—Tengo cosas que hacer. No quiero a nadie roncando a mi lado ahora mismo. —Suelta una risa corta, sin ninguna gracia—. No te flipes, Jackson. Ha estado bien, pero ya está. Lárgate a tu casa.
El «ha estado bien» me golpea más fuerte que cualquier puñetazo. Me hace sentir pequeño. Desechable. Entiendo de golpe que para él esto ha sido un trámite, una forma de soltar adrenalina antes de seguir con su vida de chusma. Mientras yo me abría por dentro, él solo estaba pasando el rato.
Me visto en silencio, con los dedos torpes y la garganta apretada. Cada prenda que me pongo pesa una tonelada. Él no se mueve del borde de la cama, sigue fumando con la mirada perdida, a la espera de que yo desaparezca.
Cuando llego a la puerta, me detengo un segundo, esperando que se gire y me diga que es broma. Que me quede. Pero solo oigo el sonido del mechero al volver a encenderse.
—Cierra al salir —dice sin mirarme.
Salgo al pasillo húmedo del edificio y la puerta se cierra a mis espaldas con un sonido definitivo. Camino por las calles vacías de vuelta a mi realidad, sintiéndome sucio por haber creído que alguien como él podía quererme.
¿Es esto el amor?