Amor contra las cuerdas Capítulo 18
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Capítulo 18

K ILIAN

Al salir de la ducha, solo me pongo los pantalones de pijama. No sé si es por pereza o porque quiero ver su reacción.

Jackson aparece por la puerta de mi habitación solamente con una toalla rodeándole la cintura.

—Quédate ahí —le digo, y él se detiene. Porque si se acerca un metro más, no voy a poder detenerme. Me acerco al armario y saco unos calzoncillos junto con unos pantalones de chándal.

Se los lanzo y él los coge al vuelo.

No tiene ni un poco de reparo cuando se quita la toalla sin siquiera darse la vuelta. Retiro la vista como si mirarlo fuera algo prohibido. Inevitablemente noto cómo la sangre se me sube a las mejillas.

Me acerco de nuevo al armario y saco una camiseta negra y se la doy.

—¿Y tú qué? —me pregunta, mirándome el torso sin descaro.

Tenso la mandíbula, porque en realidad desearía poder estar con él, en mi cama, desnudos. Pero ahora tenemos otros asuntos que tratar.

—Póntela y siéntate —le ordeno, y él resopla.

Tengo que terminar de desinfectarle las heridas con agua oxigenada, otra razón por la que también quería que se duchase. Porque la mierda que hay en los túneles no es poca.

Él cede y finalmente se pone la camiseta. Cuando me siento en la cama, su mirada felina me recorre todo el torso. Veo cómo se muerde el labio al acercárseme a mí. No duda ni un segundo antes de sentarse lentamente en mi regazo, poniendo una rodilla a cada lado de mí.

—Sabías perfectamente lo que estabas haciendo al no ponerte una camiseta —me dice con una mano en el lateral de mi cuello.

Exhalo torciendo el gesto, advirtiéndole con la mirada.

«Contrólate, Kilian» . Me digo, porque aún tenemos que hablar y…

Noto cómo deja un cálido beso en mi hombro y todos mis pensamientos se esfuman.

«Ha vuelto a besarme» .

Mis manos, que estaban apoyadas en el colchón, viajan instantáneamente a él, como si necesitase su contacto. Los dedos se enredan en el pelo de su nuca porque no quiero que pare, pero…

Noto cómo me muerde con delicadeza y esa presión provoca un calambre que va directo a mi entrepierna.

Cojo aire y busco por la cama el bote de agua oxigenada junto con algunos algodones. Noto que su cuerpo se tensa encima de mí, porque sabe lo que se viene y que lo que voy a hacer a continuación le va a escocer como nunca, pero es lo correcto.

—No pares —le gruño, claramente excitado.

Que mantenga la mente en otro lado va a ayudarle a no centrarse en el dolor. Qué casualidad que ese otro lado sea yo, y que el cuello que está mordiendo sea el mío. Gajes del oficio, supongo.

Jackson termina por ceder y deja caer su peso en mi regazo, cruzando las piernas tras mi espalda baja, juntando nuestros cuerpos al completo.

Me acaricia la espalda con la mano izquierda, poniéndome los pelos de punta mientras vierto el agua oxigenada en el algodón, detrás de él, abrazándolo en consecuencia.

Ignoro lo que provoca su cercanía en mí cuando dejo el bote a un lado y cojo su mano derecha con cuidado, dejándola entre nosotros. Separándolo unos centímetros de mí.

Presiono con prudencia el algodón en sus nudillos y él sisea por el dolor, clavándome las uñas de la mano izquierda en la espalda, despertando al instante a mi entrepierna.

—Empecé en las peleas ilegales a los dieciséis años —comienzo a explicarle, intentando centrarme en la historia en vez de en sus glúteos rozando mi paquete.

Jackson contrae los músculos cuando me escucha.

—Nunca…, nunca me gustó el boxeo, ¿sabes?

Siempre he odiado pelear, pero mi padre descubrió lo bien que se me daba y empezó a usarme para ganar dinero en apuestas.

—Dejo el algodón al lado y empiezo a vendarle la herida—.

Todo esto fue a más cuando mi madre murió.

Mi padre dejó de tener escrúpulos conmigo y empezó a introducirme en el mundo ilegal.

Él me acaricia la espalda con la mano izquierda con cuidado, antes de que yo acabe de atarle la venda en la derecha.

—No hace falta que me cuentes… —dice tendiéndome la mano por curar, a la que mira inseguro.

—No, no hace falta, pero quiero que lo sepas.

Exhala cuando vuelvo a aplicarle los algodones y le presiono la herida.

—El caso es que mi padre empezó a deber dinero a mucha gente muy importante.

Cuando vio que conmigo no solo podía cubrir esas deudas, sino que también empezaba a ganar miles y miles de dólares, decidió intentar convertirse en el dueño de las peleas ilegales.

Comenzó a codearse con los mafiosos más peligrosos de Las Vegas y con su ayuda desbancaron a quien estaba a la cabeza de las apuestas.

»Se abrió paso gastándose todo el dinero que ganaba conmigo, año tras año.

Y, cuando se aburrió, amplió horizontes y se convirtió en un mafioso más.

Trafica con armas, drogas y muchas más cosas en las que ni siquiera soy capaz de pensar.

Por eso… quiero que lo sepas. Porque es un tío sin alma muy caprichoso.

Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no hay nada que hacer, y…

no me gustaría que te metieras en ese infierno tú también.

Suspiro, porque no está siendo fácil contarle esto. He omitido varios detalles, pero creo que me ha entendido.

Le anudo la otra mano y la dejo caer entre ambos.

—Hace seis años que no nos cruzamos y temía verlo hoy después de tanto tiempo, pero al final…

Jackson coloca una mano en mi mejilla y me doy cuenta de que estoy llorando cuando me seca una lágrima con el pulgar.

—Ya está… —susurra—. No te preocupes. No vamos a volver allí.

Ojalá no volver, pero él no sabe que mi padre me está esperando.

Niego con la cabeza y desvío la mirada, porque hacía siglos que no lloraba delante de alguien, pero Jackson no me da tiempo a sentirme incómodo. Justo en ese momento me alza el mentón con decisión y me besa, lo que borra a mi padre de mi mente de un soplido.

Recibo sus labios con suavidad, sin embargo, no puedo evitar que me tiemblen las manos al subirlas por su espalda y rodearlo con los brazos, acercándonos lentamente.

Su mano se mueve hacia mi nuca y enreda el inicio de sus dedos en mi pelo, atrayéndome hacia él como si yo fuera su fuente de energía.

En este instante, todo se esfuma de mi cabeza. Desaparecen Dawn, Ann, el boxeo y mi padre. Todo queda olvidado cuando Jackson pasa la lengua lentamente por mi labio inferior, creando una especie de burbuja inquebrantable para ambos, separándonos del mundo.

Esta vez no me cohíbo y gruño de placer cuando me muerde con cuidado el labio inferior.

—¿Te gusta? —pregunta, mirándome con deseo. Tuerzo el gesto.

—¿A ti qué te parece? —le pregunto alzando las caderas para que note mi evidente erección.

—Joder… —maldice, sonrojado.

Se pasa una mano por el pelo antes de volver a besarme sin prisa, lentamente, como si este fuera nuestro primer beso de verdad. Cada caricia de sus labios amenaza con volverme completamente loco.

Toda la tensión acumulada de este mes al verlo entrenar, las miradas que me echaba cada vez que entraba a ducharse al vestuario, las erecciones que sabía que me generaba con cada mínimo gesto…

No sé cuántas veces he pensado en Jackson mientras me masturbaba. Mi cuerpo, sin yo poder evitarlo, lo anhela a él, y tenerlo aquí entre mis brazos, con su culo presionándome el pantalón, hace que me pregunte si en realidad estoy teniendo un sueño lúcido.

—¿Qué pasa? —me pregunta cuando se separa de mí. Me escanea con la mirada y mis mejillas se estiran en una gran sonrisa.

—Estoy feliz, Blake —confieso—. No sabes cuánto llevo esperando esto.

Jackson se muerde el labio y niega con la cabeza.

—No te he dado permiso para ser romántico —dice, empujándome el pecho. Cedo y me acuesto, apoyándome sobre los codos.

—Ah, ¿no? Entonces ¿qué quieres que sea? —le pregunto cuando él se agacha y acorta de nuevo la distancia entre nosotros.

—Mío —responde sin pensárselo dos veces.

Pasa una mano por mi cuello, acariciando mi clavícula sin torpeza.

Se me ponen los pelos de punta cuando noto su aliento en mi oreja—.

No quiero que nadie más te toque —susurra.

Su mano viaja más allá, pasa por mis abdominales y se detiene en el dobladillo de mis pantalones de chándal, ahora apretadísimos.

No puedo evitar echar la cabeza hacia atrás—.

Quiero que tus orgasmos me pertenezcan y que solo yo sea el culpable de esto —dice al cogerme la erección con firmeza.

Tuerzo el gesto, porque el rabo me palpita en su mano como si lo reconociera de otra vida. Creo que nunca la he tenido tan dura. Pero no voy a quedarme atrás, no voy a darle lo que quiere tan rápido.

Con agilidad, me incorporo, rodeo su cuerpo con los brazos y le doy la vuelta, colocándolo debajo de mí con cuidado. Me apoyo en las manos para acorralarlo.

Sus ojos marrones parecen negros por la luz tenue, y el deseo que veo en ellos hace que mi pecho arda de placer.

—Soy tuyo desde que me besaste en aquel garito hace unos meses —confieso besándole el cuello con desesperación—.

Desde que vi tu mirada llena de celos cuando me viste con Dawn en el amistoso.

—Le muerdo sin piedad y este suelta un gemido entrecortado—.

Desde que te vi entrar en mi puto pabellón, desde que te llevé a la puta victoria, desde que te vi subido en tu moto por primera vez…

Entre frase y frase voy intercambiando besos y mordiscos por todo su cuello.

Se incorpora un poco cuando hago el amago de quitarle la camiseta. Él termina el trabajo, y sentirlo piel con piel hace que mi polla vuelva a latir, impaciente por ser liberada.

—Soy tuyo desde que poco a poco has ido dejando de oler a tabaco. Desde que has dicho que mi música te gusta, desde que me has cogido el rabo sin saber las consecuencias de ello, Blake .

Jackson alza una mano para volver a tocarme, pero no le dejo. Le agarro por las muñecas para inmovilizarlo. Él suspira.

—Déjame tocarte —me pide impaciente, con la voz ronca, arrancándome una sonrisa de satisfacción.

—Mi cama, mis reglas —le susurro antes de besarlo con fiereza.