Amor contra las cuerdas Capítulo 17
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Capítulo 17

J ACKSON

Soy consciente de que Kilian puede intimidar a mucha gente. Que su altura, su cuerpo, su aura misteriosa y su duro semblante gritan peligro.

Pero todo cambia cuando eres capaz de ver a través de sus ojos grises.

Cuando te acercas a él y hueles su aroma a café.

Cuando se sonroja después de besarte como si tuviera quince años en vez de veinticinco.

El momento en el que asumes que su apariencia es solo un puto complemento a un corazón noble es cuando todo cambia.

Porque me ha pillado luchando en una puta pelea ilegal y aun así no ha dudado en ayudarme.

Ha visto mi fiereza. Mi ira en estado puro. La sangre de mis nudillos empapando las vendas, manchando el suelo gota a gota. Mi mejilla partida. Me ha visto cogiendo el dinero…

El puto dinero sucio que tanto necesito.

Porque por mucho que mi madre parezca que va mejorando, seguimos sin poder pagar las deudas que dejó mi padre.

Apenas nos da para cubrir lo básico y, por mucho que esté acostumbrado a racionar la gasolina de la moto, cada vez me cuesta más seguir adelante.

Este mes lo he cubierto con lo poco que me han dado al ganar el primer combate del torneo, pero el siguiente…

Joder, necesitaba este dinero como el aire para respirar.

La cabeza me duele como si tuviera mil taladros perforándomela. Aunque el dolor disminuye conforme pasan los minutos. Suspiro y miro por la ventanilla mientras la brisa me seca el sudor de la frente.

Aún tengo el corazón latiendo a mil, la rodilla se mueve rítmicamente en un tic incontrolable, como si me quedase algo de energía en el cuerpo. A su vez, noto cómo se me ha inflamado la mejilla y cómo la sangre de los nudillos empieza a secarse, aún con las vendas puestas.

Me aparto de la ventanilla y desabrocho el velcro de la venda de la mano derecha. Empiezo a retirarla poco a poco, primero la vuelta a la muñeca.

—Para —oigo que me pide Kilian entonces. Su tono de voz es un poco más grave de lo normal. Algo más… apagado—. Ahora te ayudo yo.

No le hago caso. Porque lo último que necesito ahora es esto. El hecho de imaginarlo quitándome las vendas remueve algo en mí. Y no lo voy a permitir.

«No».

Sigo quitándomela, pero cuando llego a la zona de los nudillos veo las estrellas por el dolor. No puedo evitar sisear y paro el movimiento, totalmente abatido. Llamo su atención sin querer. Derrotado, apoyo ambas manos en el regazo.

Cierro los ojos y frunzo el ceño. Me sigue doliendo la cabeza.

—¿Estás bien? —pregunta.

—¿De verdad te importa?

Abro los ojos para enfrentarme a él y veo que arruga la frente al oírme. Suspira antes de responderme cuando cambia de marcha.

—¿Crees que estaría aquí si no me importases, Blake? —me pregunta, tranquilo, pero con un tono de voz aún más grave. Al ver que no le respondo, vuelve a hablar, cruzando sus ojos con los míos—. Me gustaría que dejases atrás esa fachada. Por lo menos hoy… No he tenido muy buen día, ¿sabes?

Su expresión llena de cansancio, su mirada gris apagada y la desgana con la que conduce provoca algo en mí. Algo que hace que no quiera volver a escupir veneno por mi boca. Yo mismo me arrepentí hace un rato de cómo le hablé la última vez que lo vi y no, no se lo merece.

Las palabras de Dean y Sarah me vienen a la mente:

«Trátalo bien y habla las cosas con él, que al fin y al cabo es tu entrenador».

Trago saliva.

—Perdón —es lo primero que me sale, y él vuelve a fruncir el ceño como si no esperara esa respuesta.

Maniobra para aparcar el coche y finalmente se detiene.

La tensión crece entre nosotros, sube la intensidad como si de una tetera al fuego se tratase. Me late el corazón a mil por hora, nervioso por todo lo que puede pasar ahora. Por las ganas que tengo de cogerlo y hacerle miles de cosas. Por el puto miedo que eso me da.

Porque Kilian puede intimidar a cualquier otra persona, pero a mí no es eso lo que me aterra: lo que me aterra es acostumbrarme a que él esté. Que venga cuando lo necesite. Que me apoye en él y que de pronto ese apoyo desaparezca, tal y como pasó con Sylas.

Que se convierta en mi todo y ese todo pase a ser un nada.

A volverme dependiente y no tenerle.

No puedo permitírmelo. No.

Kilian se gira hacia mí. Le tiembla un poco la voz antes de hablar.

—Mira…, no quiero incomodarte. Te he traído aquí porque ha sido lo primero que se me ha pasado por la cabeza y no…, no sé qué más hacer —dice agobiado, hablando rápido—. Puedo llevarte a casa si eso es lo que quieres.

No noto ni un atisbo de enfado en su voz. Nada de resentimiento ni decepción por haberme visto en los túneles.

No esperaba que lo único que le preocupara ahora mismo fuera eso .

—¿Por qué me incomodarías? No…, no pasa nada —le respondo, esta vez midiendo mis palabras.

—Después de lo que pasó… —empieza a decir, y mi mente ata cabos al instante.

Me vuelve a dar un pinchazo en la cabeza.

«Das asco, Jackson».

—En ningún momento hiciste nada que me incomodase —le dejo claro—. Fui…, fui un imbécil.

Veo que su expresión se relaja un poco. Asiente para sí mismo, como si estuviera deconstruyendo algo en su mente. Suspira y una pequeña sonrisa de alivio aparece en su rostro.

—Entonces… ¿Quieres…, quieres pasar? —pregunta desviando la mirada a sus manos, que se acaricia nervioso—. Puedo ayudarte con las heridas y luego te llevo a casa.

Miro por la ventana y veo que nos rodean varios chalets. La música sigue sonando irónicamente.

—Aparte…, tenemos que hablar de lo de hoy.

—Está bien —le respondo.

No me queda otra. No si no quiero asustar a mi madre y que me bombardee a preguntas. Prefiero ahorrarle el disgusto.

Kilian asiente y el semblante vuelve a ponérsele serio antes de salir del coche. Intento abrir la puerta y lo consigo sin emplear los nudillos. Él me ayuda y termina de abrir la puerta por mí.

—¿Puedes andar? —pregunta tendiéndome una mano. Miro hacia arriba y me fijo en la camiseta de compresión que lleva, negra. Esconde sus tatuajes mientras le remarca los músculos. Tuerzo el gesto ante esa imagen y me muerdo la mejilla interior para evitar soltar una barbaridad.

—Déjame intentarlo —le pido, y él da un paso atrás, retirando la mano para darme espacio.

En cuanto pongo un pie en el asfalto de la carretera, todo me da vueltas.

Suelto un quejido cuando noto un pinchazo en el costado. Le hago un gesto insistente para que me ayude porque parece que mi cuerpo vuelve a notar todas las heridas abiertas a la vez y sé que, si doy un paso más, me caeré al suelo.

Kilian se coloca con cuidado tras de mí y su cercanía me pone los pelos de punta. Se agacha un poco y coloca mi brazo por encima de sus hombros. Con la mano izquierda me estabiliza por la cadera. Mi cuerpo nota ese contacto como si fuera un bálsamo.

Lentamente, avanzamos hacia su casa e ignoro el hecho de que estemos entrando en un chalet enorme. Cuando bajo la mirada, me doy cuenta de que Kilian me ha metido el dinero en los bolsillos.

Con cuidado, Kilian abre la puerta sin soltarme. Como si no le costase nada llevarme prácticamente a su espalda.

Me viene a la mente el recuerdo borroso de él cogiéndome en el túnel sin pensárselo dos veces.

Y antes de que pueda reparar en él, escucho varios ladridos provenientes del interior de la casa y en unos segundos veo una pequeña bola negra correr entre nosotros. Nos salta en las piernas mientras caminamos para llamar nuestra atención.

—Espera, Sombra…, que hoy tenemos un invitado —le dice a la perra, pero esta sigue saltando entre nosotros efusivamente.

Tras subir con cuidado unas escaleras de cristal, llegamos a la planta de arriba y a la que intuyo es la habitación de Kilian. Tiene unas sábanas negras en la cama y un baño propio conectado. Esto es lo único que me da tiempo a ver antes de que me lleve a la cama y me siente en ella con cuidado.

—Voy a por las cosas —me explica antes de desaparecer por la puerta, dejándome solo con su perra en la habitación.

Esta sube a la cama y me olfatea sin parar.

—Hola —le digo. ¿Qué coño debería hacer con ella? Nunca en mi vida he tenido perro ni amigos que tuvieran uno.

Intento acariciarla con cuidado, pero no puedo por lo rápida que es. Se cuela por debajo de mi brazo y se sube a mi regazo. Me lame la barbilla y me arranca una sonrisa. Me limpio la baba.

—¡Oye! —le recrimino, pero ella sigue moviendo la cola, contenta.

Alzo la mirada cuando oigo unos pasos en la puerta. Kilian se acerca a nosotros.

—Parece que le has gustado —dice, y posa a los pies de la cama un cuenco con agua.

Aparta a la perra y la deja en el suelo. Esta se dirige hacia el rincón de la habitación, donde tiene una cama redonda. Da varias vueltas sobre sí misma y se sienta, expectante.

—Es muy bonita —le digo.

—Gracias —responde, y se sienta a mi lado.

Suspiro porque ya sé lo que se viene. Curar y desinfectar heridas en carne viva duele como el diablo.

Kilian me coge con cuidado del antebrazo derecho para examinarlo.

—Dios…, te has destrozado los nudillos… —dice con… ¿preocupación?

—Podrían estar peor después de cuatro combates… —respondo, encogiéndome de hombros.

Su agarre se tensa y abre los ojos como platos.

—¡¿Cuatro combates?! —pregunta alterado—. ¿Te has vuelto loco?

—Necesitaba la pasta —me explico.

Él suaviza el agarre y me desabrocha la venda.

—¿Tan…, tan mal estáis en casa? —me pregunta con un tono de voz más suave.

No le respondo. No quiero su tristeza ni su compasión. Odio dar pena a la gente.

La tensión puede cortarse con un cuchillo cuando reduce la distancia entre nosotros para curarme. No insiste. Deja que la pregunta flote entre nosotros y desaparezca.

—Si te hago más daño de lo normal…, avísame —me pide—. Es lo último que quiero.

Noto un calor en el pecho cuando oigo sus palabras, muy distintas a lo que estaba acostumbrado.