Capítulo 16
K ILIAN
El pasamontañas hace que me cueste respirar. El hedor del túnel me revuelve las tripas junto con los nervios y solo puedo desear que todo acabe pronto, aunque sé de sobra que no lo va a hacer.
Las peleas ilegales siempre funcionan de la misma manera.
Combate tras combate, golpe tras golpe, hasta que llega la policía y todos huyen para no ser detenidos.
Porque en Las Vegas la policía siempre intenta limpiar la ciudad de este tipo de cosas, pero no lo consigue.
Sigue siendo una ciudad gris llena de mierda por recoger.
El corazón me late en el pecho como si fuera una bomba de relojería a punto de estallar.
Pero en realidad no tengo miedo. Miedo no es la palabra. Porque ganar a cualquier idiota no es un reto.
El reto es hacer esto. Volver aquí. Volver al lugar donde todo empezó. A mis pesadillas.
A mi lado oscuro.
Veo el círculo de gente al final del túnel y la bilis me sube por la garganta, pero me la trago.
No quiero vomitar. No ahora. Tuerzo el gesto, reúno fuerzas como puedo y me adentro entre la multitud.
Noto cómo todos los demonios que he estado intentando cerrar bajo llave estos años vuelven a salir.
Cómo mi pecho se cierra y mi pulso se dispara con cada paso que doy, codeándome con gente que no reconozco.
Me hago hueco y alzo la cabeza para ver la pelea que está teniendo lugar en este momento.
Y no me creo lo que veo.
No me creo que, entre toda la gente que podría haber aquí ahora mismo, esté justamente él .
Su pelo castaño se le pega a la frente. El sudor llega a sus ojos cansados, tristes, vacíos.
Me estremezco cuando el puño del contrincante le golpea en la mejilla, y Jackson da varios pasos atrás, aturdido, mientras esta plaga de monos empieza a gritar, animada.
Me llevo una mano al estómago, como si eso fuera a estabilizarme. Pero no. Siento que me mareo. Siento que, si no hago algo, esto podría acabar fatal.
Pero Jackson vuelve en sí muy rápido y, por cómo se tensa su cuerpo, sé exactamente lo que va a pasar a continuación.
Este mes observándolo, estudiándolo, ha hecho que conozca a la perfección su manera de luchar.
Y el simple gesto que marcan sus hombros solo significa una cosa: va a liberar a la bestia.
Aunque no quiero, sonrío cuando le acierta el primer golpe en el estómago. El oponente se agacha para cubrirse, y Jackson aprovecha para darle otro en la cara. En la nariz.
Una persona motivada de más me golpea por atrás y doy un traspié hacia delante. Miro por encima del hombro y lo fulmino con los ojos, pero no quiero perderme el combate de Jackson. Quiero estar pendiente por si necesita…
Ignoro el pensamiento al segundo.
«No. No puedes sentirte así».
De pronto, el contrincante de Jackson cae al suelo tras una tanda de golpes y alguien pita tres veces con un silbato.
Él no sonríe. Lo fulmina con la mirada mientras sus fosas nasales se abren y se cierran al tiempo que el pecho le sube y baja a gran velocidad.
Varias personas que están detrás de él empiezan a darle palmadas en la espalda, y solo me entran ganas de gritarles que paren.
Él, perdido por la adrenalina, no reacciona. De sus nudillos caen gotas de sangre, que manchan un suelo que conoce la violencia más salvaje desde hace años.
De pronto, la gente se aparta a toda prisa para dejar pasar a quien parece ser la que está al mando.
Ruby entra en escena con un buen fajo de billetes en la mano.
Sabía que estaría aquí. Ha movido cielo y tierra para hacerme competir. Verlo exactamente igual que la última vez, en el mismo sitio, como si nada hubiera pasado en estos seis años, me deja muy afectado.
Y aunque apenas pueda respirar, aunque apenas pueda pensar en cualquier cosa y solo quiera desaparecer de la faz de la Tierra, tengo algo muy claro: tengo que sacar a Jackson de aquí YA.
Ruby le pone el fajo de billetes en la mano y, en cuanto él lo coge, hunde los hombros con tristeza.
Se gira e intenta desaparecer abriéndose paso entre la gente.
Como una bala, voy tras él mientras aparto a los demás a empujones.
Mi cuerpo entero se centra en alcanzarle como sea y, en cuanto lo cojo por la muñeca, noto que algo de aire consigue entrar en mis pulmones y que los músculos se me destensan un poco.
Me da igual que Ruby me vea. Me da igual que esto tenga consecuencias.
Él se gira rudamente y levanta un brazo para pegarme, pero le esquivo. Tiro de su muñeca y consigo sacarlo de la multitud.
Jackson se retuerce y aleja de mí el fajo de billetes. En su mirada veo el miedo, pero no me teme a mí, sino a la posibilidad de perder el dinero. Lo suelto por impulso y me alejo dos pasos.
—¿Qué cojones quieres, imbécil? —pregunta, y pasa cojeando por mi lado para entrar de nuevo en el túnel de salida.
No me ha reconocido.
Lo sigo y, en cuanto creo que la oscuridad es la suficiente para que nadie nos vea, lo acorralo y lo empujo contra la pared. Su espalda desnuda choca contra ella. Me arrepiento al instante de haber usado tanta fuerza porque no quiero hacerle daño…
Él se retuerce bajo mi agarre.
—Para, joder… —susurro, y al escuchar mi voz me obedece de inmediato.
Lo suelto. Sus ojos brillan cuando me quito el pasamontañas.
Su cuerpo se relaja y suspira, apoyándose en la pared, totalmente derrotado—.
No quería asustarte, pero… —digo sin saber muy bien qué añadir, pero antes de que acabe la frase se desploma hacia delante.
Lo rodeo con los brazos antes de que se caiga—. Jackson… —lo llamo en voz baja.
Consigo que se estabilice, pero tiene la mirada perdida. No me mira. No…, no se sostiene por sí solo.
Deja caer el dinero al suelo, y el agobio amenaza con superarme.
Suspiro para ordenar mis pensamientos. Tengo que darme prisa antes de que alguien nos reconozca. Menos mal que en las ilegales de los túneles prohíben los móviles. También las hay más lujosas en las que sí permiten que los espectadores graben, a saber para qué fines.
—Mierda… —consigue decir con un hilo de voz mientras intenta agacharse para recoger los billetes.
—Siéntate —le ordeno, pero no lo hace.
Da un traspié y solo consigue poner una mano antes de caerse por completo. Me obligo a cogerlo y lo siento suavemente en el suelo. Él frunce el ceño y cierra los ojos. Aprovecho para juntar los billetes de nuevo y me los meto en los bolsillos del pantalón rápidamente.
—Quién leches te mandaba estar aquí… —digo más para mí que para él.
Jackson levanta una mano antes de balbucear algo que no entiendo, y decido que ya es suficiente. No podemos quedarnos aquí como si nada, y en este estado él no va a poder conducir su moto…
Reconozco lo que le pasa. Lo he visto otras veces, sobre todo en los boxeadores que han recibido un golpe en la cabeza. Ha empleado más energía de la cuenta y su cerebro está aturdido. Por eso no me vuelvo loco.
—A la mierda… —le digo antes de cogerlo con cuidado. Le paso un brazo por debajo del hombro y otro por las rodillas.
—K-Kilian… —me llama con un hilo de voz, intentando levantar el cuello para mirarme—, lo… s-sien…
—Descansa y cállate —lo corto mientras avanzo rápidamente por el túnel con él en brazos.
No es el momento.
Jackson cierra los ojos y apoya la mejilla en mi pecho, totalmente abatido. Veo que… me huele y su gesto se relaja al instante, como si me reconociera. Como si supiera que está a salvo. Que todo ha pasado. Inevitablemente, se me contagia un poco de esa calma. ¿En qué estará pensando?
Se me pone la piel de gallina en cuanto escucho un ruido a mi espalda, así que aprieto el agarre y echo a correr lo que me queda de túnel, esquivando charcos de agua, basura, mesas y colchones.
Varias personas sin techo que estaban descansando me gritan, pero los ignoro.
Tras un momento, llego a la salida y el aire nocturno nos golpea.
Miro alrededor e intento ubicarme mientras mis ojos se acostumbran a la poca luz que hay.
Me acerco al Strip central y me alegro de haber aparcado cerca.
Los neones lo iluminan todo y bajo la mirada hacia Jackson.
No puedo evitar pensar en lo bien que le sientan las luces de colores en el rostro. Su piercing brilla y sus labios…
Suspiro intentando borrar ese pensamiento antes de volver a mirarlo.
Sigue descansando. Tranquilo, como si solo quisiera dormir.
Como si confiase plenamente en mí. Y aunque sé que no debo, me permito disfrutar por un instante de esa sensación de calidez en el pecho antes de dejarlo con cuidado en el asiento del copiloto de mi coche.
Entro en el vehículo y nos abrocho los cinturones antes de arrancar.
Ignoro el hecho de que mi padre me va a matar y de que con él todo tiene consecuencias. Porque no puedo dejar a Jackson así. No puedo dejarlo en el coche, darme la vuelta y pelear como si nada. Algo muy dentro de mí necesita saber que él está bien.
Además, no puedo luchar si no estoy tranquilo…
Sería cavar mi propia tumba.
Los neones van quedando atrás hasta que paro en un semáforo justo cuando me doy cuenta de que Jackson está intentando darle al botón para activar la música. Levanta el brazo, pero no logra acertar.
—¿Qué quieres escuchar? —le pregunto. Porque, aunque lograse darle al botón, no hay ninguna cinta puesta.
Suspira y frunce el ceño. Se apoya en la ventanilla y el semáforo se pone en verde justo cuando dice agotado:
—La del otro día estaría bien…
Un calor inunda mi pecho cuando entiendo que se refiere a Taylor Swift, como si el hecho de que le gustase significase algo. Le hago caso, saco la cinta de la guantera y la pongo.
Empiezan a sonar los primeros acordes de una de mis canciones favoritas y se me ponen los pelos de punta.
¿Qué me está pasando? Necesito frenar y enterrar estos sentimientos. Pero es que no lo consigo. Es inevitable. Como si sintiera todo cinco veces más cuando tengo a este idiota a mi lado y no pudiera hacer nada al respecto.
—¿Adónde vamos? —pregunta con la voz un poco más clara.
Noto su mirada clavada en mí y aprieto con más fuerza el volante.
—A mi casa, Jackson —le digo antes de cambiar de marcha y acelerar.
«Mi padre puede esperar», me miento.