Amor contra las cuerdas Capítulo 15
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Capítulo 15

J ACKSON

Las luces de neón parpadean iluminando las calles de Las Vegas. Parecen advertirme de que no haga lo que estoy a punto de hacer.

Miro a los lados. Las sombras de los callejones amenazan con comerse el aspecto glamuroso de la ciudad. Porque, en realidad, Las Vegas es eso: una ciudad llena de sombras encubiertas por las luces de neón, los brillos y el dinero.

De lo que nadie te habla es de los vicios. De cómo estos han acabado con la vida de miles de personas y que la policía se esfuerza constantemente por esconder, tratando mal a la gente sin hogar, quitándola de la vista de los turistas a las malas.

Lo sé porque lo he vivido. He visto dónde viven. He paseado por aquellos túneles y, aunque no quiera, aunque sea lo último que me apetece hacer ahora mismo, no me queda otra. Tengo que entrar de nuevo en ellos si quiero ganar algo.

Lo que diferencia esta vez de las demás es que voy completamente solo.

Hace unos años, cuando empecé con las peleas ilegales por culpa de Sylas, él me acompañaba a todo esto. Él me guiaba, me abría paso entre la podredumbre de la ciudad. Me seguía, y el muy imbécil de mí creía de verdad que me estaba protegiendo, cuando en realidad solo estaba bailando con el diablo.

Suspiro con la intención de tranquilizarme. Mi corazón martillea mi pecho rápidamente cuando salgo del Strip, cerca del Caesars Palace, y me desvío de la calle principal.

Las farolas quedan atrás y el asfalto pasa a ser gravilla que cruje con cada paso firme que doy.

No llevo el móvil encima. No puedo ni poner la linterna ni escuchar música.

Somos el mundo y yo. Y ahora… también los túneles.

Los túneles de Las Vegas, que se consideran el tercer lugar más peligroso de Estados Unidos, se crearon para evitar que la ciudad se inundara con las lluvias.

Esto solucionó el problema, pero a su vez se convirtió en hogar de indigentes cuyas vidas habían caído en desgracia por la falta de papeles, la drogadicción o el delito.

La primera vez que me enteré de la existencia de estos túneles, mi vida era muy distinta.

«Y estabas en una relación de maltrato».

Desvío ese pensamiento de inmediato.

Me parece increíble cómo el estar enamorado puede cambiar tu manera de ver el mundo entero. Ver la entrada de esto hace unos años era lo mismo que ver mi salvación, y ahora siento como si me estuviera metiendo en un agujero negro.

Avanzo lentamente, pero mis pasos no vacilan.

Tres túneles se abren ante mí. Sus sombras abrazan la poca luz que queda en la calle principal. Aún me sorprende que esta peligrosa zona esté tan a la vista de todos y tan cerca del lujo.

—¡QUIETO AHÍ!

Una voz femenina me detiene desde el interior de uno de los túneles. Mi cuerpo se tensa al instante. Sé perfectamente que, si ellos no me dejan pasar, no habría forma de hacerlo. Así que me preparo para convencerla.

Levanto las manos a modo de defensa.

—El infierno es el único lugar en el que el diablo no se quema —digo pausadamente. Por muchos años que pasen, nunca olvidaré el código que usó Sylas la primera vez.

Tras unos segundos que me hacen dudar de absolutamente todo, vuelvo a oír la voz rasposa:

—Interesante… Acércate.

Oigo unos pasos que vienen del túnel y que se acercan a mí. Intento disimular mi nerviosismo cuando hago lo que me pide. A unos metros, la mendiga enciende una linterna y me apunta con ella, cegándome por completo.

—Ven conmigo —dice, tras examinarme un momento.

Ando hacia ella cuando veo que gira sobre sí misma y se adentra en el túnel, dándome la espalda.

Me tiembla el cuerpo entero. De pronto, un frío me invade y un hedor a humedad y a basura me golpea como si fuera una pared. La oscuridad me abraza con unos brazos gélidos.

—Víctor, va a entrar un chaval que va a las peleas. No sé si vas drogado, pero tápate si hace falta —advierte—. Víctor es mi marido —me aclara.

—S-soy Jackson —me presento.

—Emily —responde sin muchas ganas—. Hace muchos años que nadie venía por este túnel para las peleas.

—Es el único que conozco.

Ella niega con la cabeza mientras dejamos atrás varios colchones mugrientos y mesas llenas de jeringuillas usadas y cosas podridas.

Los pelos se me ponen de punta y se me revuelve el estómago. Acelero el paso.

Emily suspira y agacho la cabeza porque el techo cada vez es más bajo.

—Sigue recto y en menos de un kilómetro ya deberías escuchar el barullo de gente. Suelen molestarnos mucho —explica al detener su paso.

—Gracias… —consigo decir con un suspiro.

Ella se gira y me deja completamente solo, y tras un momento oigo que añade:

—Puedes pasar por aquí si lo necesitas. Solo vivimos mi familia y yo. Es…, es más seguro que los otros.

Me despido y le doy las gracias al universo por haberme puesto delante a una persona tan amable y no a un asesino. Aunque también estaba la posibilidad de que ella fuera una asesina y que simplemente no tuviera ganas de matarme a mí.

Un escalofrío viaja por todo mi cuerpo, así que para acortar el malestar decido echar a correr, esquivando todo tipo de piedras y utensilios oxidados.

Solo se oyen mis pisadas en el túnel, pero el eco hace que de vez en cuando dude de si estoy solo.

Seguramente no sea el caso.

Elimino ese pensamiento de mi mente y sigo corriendo con la ansiedad devorándome. Quiero ver luz, salir de la oscuridad y no sentir que en cualquier momento alguien con sed de sangre pueda aparecérseme.

Siento unos nervios parecidos a los que sentí antes del primer torneo y, en el fondo de mi mente, sé que me gustaría poder escribir a Kilian.

Porque me siento culpable.

Sé que no debería de estar haciendo esto.

No debería estar aquí ni mucho menos arriesgar mi vida de esta manera.

Porque las peleas ilegales no se hacen con guantes.

Apenas se hacen con vendas. Son a puño limpio.

Puño contra piel. Lo que las hace mucho más letales que cualquier combate de boxeo.

Pero, si una ceja rota me da quinientos dólares, habrá valido la pena.

Aunque para eso tengo que ganar.

Aprieto los puños y los siento fuertes, listos para el combate, cuando por fin veo la luz al final del túnel, literalmente.

Mi corazón se salta un latido y de pronto todo lo oscuro se convierte en luz, el silencio en gritos y el miedo en adrenalina.

Y eso en mí es muy peligroso.

Porque, cuando cojo las riendas, las cosas solo pueden ir de una manera, y hoy, ahora mismo, en la ciudad sin reglas, seré yo quien las dicte.

Muchas personas forman un corro alrededor de lo que supongo que es una pelea. En la plaza no parece caber más gente.

Veo a personas en traje, otras con pasamontañas, otras con gafas de sol…, pero no dejo que me intimiden.

«Voy a ganar los combates cueste lo que cueste», me digo antes de entrar en el meollo.

Ya solo me queda esperar a que griten el pseudónimo que les he dado. Y eso sucede bastante antes de lo que esperaba.

Cuatro años antes

El sabor de la sangre en mi boca es lo más real que he sentido en toda mi vida.

Estamos en un callejón, detrás de la licorería donde Sylas suele comprar tabaco.

El aire aquí huele a basura mojada, a orina y a ese miedo metálico que se te pega a la piel cuando sabes que las cosas se van a poner feas.

Sylas está contra la pared, con su chaqueta de cuero barata rota y un hilo de sangre bajándole por la comisura de los labios.

Hay tres tipos frente a él. Son más grandes, huelen a alcohol de garrafón y en su rostro destaca esa mirada vacía de los que no tienen nada que perder y disfrutan rompiendo cosas.

Sylas no se mueve. No grita. Incluso ahora, acorralado y superado en número, mantiene esa barbilla alta, esa elegancia de rey de los suburbios que me vuelve loco. Pero sus manos, escondidas tras la espalda, están temblando. Yo lo veo. Yo siempre lo veo.

—Solo es dinero, ¿sabes? —dice uno de los tipos, el que tiene una cicatriz que le cruza la ceja—. Tu chico nos debe una pasta por lo de la semana pasada. Y si no hay pasta, habrá dientes.

Sylas intenta soltar una de sus risas secas, pero se convierte en una mueca de dolor cuando el tipo de la cicatriz le agarra por la solapa.

—No tengo el dinero ahora —responde Sylas, y su voz, aunque forzada, sigue siendo ese susurro aterciopelado que me hace querer salvarlo de cualquier cosa—. Pero podemos llegar a un acuerdo.

El tipo levanta el puño. No lo piensa. No hay advertencia.

Y entonces algo dentro de mí hace clic.

Odio luchar fuera de un ring. Odio los conflictos, odio los gritos y odio ver cómo la gente se hace daño sin seguridad.

Pero ver ese puño dirigiéndose a la cara de Sylas es como si me inyectaran fuego líquido en las venas.

Antes de que pueda procesarlo, me muevo.

Mi cuerpo reacciona por instinto, con una velocidad que ni yo mismo sabía que tenía.

Me interpongo entre ellos. Siento el impacto del primer golpe en el hombro, un dolor sordo que me recorre el brazo, pero no me quito. Empujo al tipo de la cicatriz con toda la fuerza de mi desesperación. Se tambalea, sorprendido de que el «chico callado» de Sylas haya saltado al ruedo.

—Déjalo en paz —mi voz suena ronca, extraña para mis propios oídos—. Vete de aquí.

Los tres se ríen. Es un sonido feo.

—Mira qué tierno —dice otro, acercándose—. El perrito tiene colmillos.

Lo que sigue es un caos de sombras y dolor.

Recibo un golpe en la mandíbula que me hace ver las estrellas, pero devuelvo el ataque.

Demuestro todos los años que llevo entrenando.

Golpeo con los nudillos, con los codos, con la rabia de todos los días que he pasado viendo cómo este mundo intenta aplastarnos.

Noto cómo mi puño impacta en algo blando —una nariz, quizá—, y el crujido me revuelve el estómago, pero no me detengo.

Me dan una patada en las costillas que me deja sin aire, pero me agarro a uno de ellos y lo estrello contra un contenedor de metal.

El estruendo resuena en el callejón. Están confundidos.

No esperaban una resistencia tan salvaje de alguien como yo.

Al final, entre mis gritos y la ferocidad con la que los ataco, deciden que no vale la pena seguir por unos pocos dólares.

Se van escupiendo insultos, dejándome allí, jadeando, con la ropa sucia y el corazón martilleándome las costillas como si quisiera escapar.

Me giro hacia Sylas. Él se está limpiando la sangre de la boca con el dorso de la mano, mirándome como si me estuviera viendo por primera vez. No hay gratitud en su mirada, al menos no una gratitud pura. Hay algo más. Un cálculo.

—Blake… —dice mi apellido con esa lentitud que siempre me eriza la piel. Se acerca a mí, ignorando su propio dolor, y me toma la cara entre las manos. Sus dedos están fríos, pero su contacto me quema—. No sabía que tenías eso dentro de ti.

Apenas se esfuerza en conocerme. Llevo la mitad de mi vida boxeando y quien dice ser mi novio ni siquiera lo sabe…

—Me han dado un buen golpe —consigo decir, intentando recuperar el aliento. Me duele todo. Siento que me voy a desplomar en cualquier momento.

—Has estado increíble —susurra, y me besa.

El beso sabe a sangre y a tabaco, pero es el beso más intenso que me ha dado nunca.

Es una recompensa. Me rodea con los brazos y, por un momento, en este callejón de mierda, me siento como un héroe—.

Tienes un don, Jackson. Un don que no podemos desperdiciar en un trabajo de camarero de mierda.

Me separo un poco, confundido. El dolor en las costillas empieza a ser insoportable.

«De mierda».

—¿De qué hablas, Sylas? Necesitamos el dinero del restaurante.

Él me sonríe. Es esa sonrisa suya, la que usa para convencerme de que el cielo es verde si él lo dice. Me acaricia el pelo con una ternura que me desarma.

—He estado hablando con unos tipos. Gente que organiza eventos en sótanos, lejos de las miradas de los puritanos. Pagan bien, Jackson. Muy bien. Solo por pelear. Solo por hacer lo que acabas de hacer ahí mismo.

Siento que el frío de los muelles vuelve a entrar en mis pulmones.

—No voy a pelear así, Sylas. No quiero ensuciar de esta manera algo que me encanta. Mi padre me mataría…

—Lo sé, nene, lo sé —dice, volviendo a acercarse a mi oído.

Su voz es una caricia seductora, una trampa de terciopelo—.

Pero mírame. Mira cómo nos tratan esos matones.

Con ese dinero… podríamos salir de Las Vegas.

Podríamos ser felices. Solo unas pocas peleas.

Tú tienes la fuerza y yo tengo los contactos.

Es un trabajo nuevo para nosotros, Blake.

Un trabajo que nos va a dar la vida que te mereces fuera de esta ciudad de mierda.

«Pero yo tengo todo aquí…», pienso en decirle. Mi casa, mi familia, mis amigos… No quiero irme. Pero él…, a él Las Vegas lo consume día a día.

Me mira con esos ojos oscuros, llenos de una necesidad que yo confundo con amor.

Sé que lo que me está pidiendo es que me venda al diablo, que convierta este miedo que siento en un negocio.

Pero él me mira como si fuera su salvador, como si yo fuera la única salida a nuestra miseria.

Y yo, que daría la vida porque él dejara de temblar en los callejones, asiento.

—Solo unas pocas veces —susurro con miedo, entregándome a él una vez más.

Sylas sonríe y me besa la frente. Su elegancia vuelve a cubrirlo todo, ocultando la suciedad de la propuesta que me acaba de hacer.

—Ese es mi chico —dice, y me abraza con una fuerza que me hace daño en las costillas—. Mañana empezamos. Te voy a cuidar, Jackson. Te lo prometo.

Mientras caminamos de vuelta a nuestro apartamento húmedo, cojeando y abrazados, me doy cuenta de que el precio de protegerlo ha sido entregarle mi alma.

Y lo peor es que, mientras noto su brazo alrededor de mis hombros, siento que volvería a hacerlo mil veces más solo por esa mirada de orgullo que brilla en sus ojos.

He entrado en el infierno por él, y lo más aterrador es que Sylas es quien sostiene la puerta abierta.

A partir de ese día, oscurecí mi vida de una manera de lo más peligrosa.