Capítulo 14
K ILIAN
Los flashes me ciegan. Es como si cayera un rayo frente a mí. Fuerte, amenazador, letal…
Entrecierro los ojos mientras salgo del taxi con la venenosa mano de Dawn bien sujeta a mi brazo, formal, simple y poco pasional. Veo las dos filas de paparazis agrupados tras las vallas de seguridad y me vienen a la cabeza las palabras de Ann:
«Tienes que volver a hacer que te quieran, recuperar la confianza del público, que vuelvan a empatizar contigo».
Suspiro y doy unos pasos al frente. Varios gritan mi nombre, otros el de Dawn. La diferencia es que ella, en cuanto oye que la llaman, corre hacia ellos para contentar a fans o a periodistas.
Normalmente, suelo quedarme aguardando detrás, pero esta vez decido hacer caso a Ann y me acerco a la barandilla del otro lado.
Vuelven a bombardearme los flashes e intento sacar una de mis mejores sonrisas, aunque sea lo último que me apetezca ahora mismo.
Esto forma parte de mi trabajo y llevo ya muchos años en él como para no haberme acostumbrado aún.
Así que tengo que esforzarme hasta que todo vuelva a la normalidad.
—¡Por favor, Kilian! —grita una chica con un micrófono en la mano. Me acerco a ella con una seguridad que disimula mis nervios.
—Buenas noches. ¿Cómo te llamas? —le pregunto cortésmente.
Cada vez que hablo con algún periodista o seguidor me gusta generar una sensación de cercanía preguntándole su nombre.
Ella se sorprende y me sonríe aún más.
—Clara. Señor Fierce, ¿podría hacerle algunas preguntas rápidas? —inquiere mientras una cámara enorme apunta en mi dirección.
—Por supuesto, pero llámame Kilian por favor, ¡que aún no soy un señor!
Además, no quiero que me llamen por su apellido.
—Claro, Kilian. Ahí va la primera: sabemos que le partiste la nariz a Jackson Blake, uno de tus últimos contrincantes en este último mes…
—Tenso la mandíbula al escuchar su nombre.
Debería de haberlo esperado—. Hace unos días, él subió una historia contigo cantando una canción y se os vio juntos en el torneo local.
¿Qué relación tienes con él? Está claro que os habéis reconciliado…
No tardo ni un momento en pensarme la respuesta porque mi cerebro responde por instinto cuando Clara me pone el micrófono delante de la boca.
—¡Pues lo estoy entrenando! —confieso sonriente—. Tras la descalificación, decidí hacer algo bueno y ayudarlo tras el amistoso.
Ella asiente, satisfecha con la respuesta.
—¿Y cómo está siendo el proceso?
Suspiro, aún sonriente, para que no se note lo mucho que me está costando hablar de él sin recordar lo que me dijo hace unos días.
—¿Sinceramente? Es difícil. Blake es un luchador de diez, pero es una de las personas más cabezotas que he conocido, así que quitarle manías que tiene dentro del ring está siendo duro, pero verlo luego luchar…
—Mi mente viaja al día del combate y en cómo ganó tras nuestro beso, dejando a su contrincante KO.
Algo se remueve dentro de mi pecho y frunzo el ceño.
—¿Todo bien? —pregunta nerviosa la periodista, pero en menos de un segundo vuelvo a recomponerme y le sonrío.
—Sí, perdona. Simplemente eso, que aunque sea difícil, todo tiene sus cosas buenas, y verlo luchar da un gusto indescriptible.
—¡Genial! Eso seguro que se debe a que eres tan buen entrenador como luchador —me regala el oído.
—Sin duda, pero él también está trabajando muy duro. —Inevitablemente, me sale una sonrisa triste.
Llevo sin saber nada de él desde que se piró en su moto. No me ha respondido a ninguno de los mensajes. Ni siquiera al que le escribí para preguntarle cuándo retomaríamos los entrenos y, la verdad…, me irrita bastante.
—Muchas gracias, Clara —le digo para finalizar la conversación.
—¡A ti por ser tan amable! —responde efusiva, y me giro para volver a reunirme con Dawn, que también ha terminado de dar una entrevista. Le pongo una mano en la espalda baja y nos dirigimos a la entrada.
Escaneo la sala con la mirada y mi mundo se derrumba en cuanto distingo una melena rosa chicle.
Ruby.
No. No puede ser…
Las cámaras siguen fotografiándonos sin piedad. Parece ser que seguimos siendo su pareja perfecta.
Miro el reloj. Las ocho y media. El evento está a punto de comenzar, así que decido entrar al local e ignorarla, rezando porque no nos haya visto.
Pero en cuanto pasamos por su lado, se da la vuelta para mirarnos.
Ahí es cuando me doy cuenta de que, efectivamente, ha venido por mí. O, mejor dicho, por mi padre.
—Cuánto tiempo —dice acercándose. Bajo la mano noto cómo Dawn se tensa a mi lado. Yo miro hacia los lados, buscando cualquier tipo de ayuda, aterrado.
Ella nos hace una seña con la cabeza para que entremos al edificio y no nos oiga nadie. No nos queda más remedio que seguirla. Porque en el juego de mi padre todos somos marionetas, y él es el mejor titiritero que existe.
Ruby forma parte de la mafia que dirige mi padre.
Me ha visto crecer y yo he visto de lo que es capaz.
Ha sido sicaria, camella, portadora, secuestradora…
Nunca le ha dicho que no a nada. Siempre ha servido a mi padre fielmente.
Su pelo rosa engaña, es dura de pelar y adora su trabajo y el sentimiento de poder que este le da.
—Ve al grano —le pido. Mi cuerpo amenaza con romperse.
—Vas a luchar esta noche —me informa—. Quiere que luches con esto y te pires —dice sacando del bolso un pasamontañas negro y dorado.
A la velocidad del rayo, me lo guardo en el bolsillo interno de la chaqueta del esmoquin, preocupado porque nadie lo haya visto.
—Si hago esto, ¿me dejará en paz de una vez? —le pregunto.
Ella suspira.
—Tú mejor que nadie sabes cómo funciona.
Hazle caso y no lo provoques. No me gustaría tener que joderte la vida, Kilian —amenaza, haciendo el amago de darse la vuelta e irse, pero se detiene un segundo, señala a Dawn y añade—: Y a ti…
como se te ocurra intervenir…, tengo permiso para montar un escándalo si debo, aquí y ahora.
Dawn traga saliva y da un paso atrás, claramente asustada, y a mí se me revuelve el estómago. Me controlo lo justo para no girarme y vomitar aquí en medio mientras veo cómo la melena rosa se zarandea de un lado a otro con cada paso firme que da hacia la salida.
Dawn me aprieta el costado en un intento de consuelo, pero el pecho se me cierra por el terror y me impide respirar.
—¿Estás bien? —pregunta. Aunque oír su voz me quita algo de miedo, me giro hacia ella y la señalo con un dedo acusador.
—T-tú… lo sabías. Sabías que vendría y no me has avisado —le digo con la voz entrecortada, ahogado.
—Ven —dice, y me coge del brazo—. ¡Perdone! ¿Los baños? —oigo que grita a una organizadora mientras me palpitan los oídos por la ansiedad.
Me está dando un ataque. Y por mucho que me esté esforzando…
«No me gustaría tener que joderte la vida».
Ando sin rumbo. Esquivo a gente detrás de Dawn, que me guía de la mano. Abre la puerta del baño femenino con brusquedad y me sienta en los lavabos.
—Mírame —me pide. No. Me ordena—. Respira conmigo —dice cuando conecto los ojos con los suyos.
Las lágrimas empiezan a nublarme la vista.
—Tú lo sabías, Dawn. No puedo volver ahí… No puedo…
La puerta se abre de pronto y una chica entra a un cubículo tras fulminarnos con la mirada.
Dawn niega con la cabeza.
—No sabía nada. Yo… ¿Cómo iba a saber que vendría aquí? ¡También me ha amenazado, ¿sabes?! —En cuanto ve que lo que dice no ayuda, relaja el semblante y el tono—. Pero, rey, céntrate en respirar.
—¡No me digas lo que tengo que hacer! Lo estoy intentando… —le respondo, agobiado.
Odio que en pleno ataque de ansiedad se me diga o aconseje qué tengo que hacer. Soy yo quien la padece, soy quien la tiene que gestionar. Me sé la teoría. Gracias.
Ella saca unos papeles del dispensador y me seca el sudor. Hace el amago de quitarme la chaqueta y, en cuanto nota el bulto del pasamontañas, me mira a los ojos con mirada inquisitiva.
Lo saco un poco para que lo vea y advierto por su expresión que lo reconoce al instante. Da un paso atrás, como si le hubiera dado un golpe en el estómago.
Es el pasamontañas de Killer. La prueba de mi pasado.
—No… —dice con un hilo de voz.
—Sabes que no me queda otra —le respondo susurrando, aún con el corazón golpeándome el pecho. La cabeza empieza a dolerme.
—Kilian… —empieza a intentar decir algo, o incluso consolarme, pero no puede. Nada de lo que diga puede sacarme de esta situación—. Dime que no vas a…
Me bajo del lavabo y, tras guardar el pasamontañas, me abrocho la chaqueta.
—Tengo que irme —le digo—. Y esto… Esta tapadera acaba aquí, Dawn. Espero que lo entiendas.
—¡Espera! —grita a mi espalda mientras salgo del baño y me encuentro con la multitud—. ¡No puedes volver a pasar por eso! Kilian, ¡te va a matar! —grita, preocupada, derrumbando la fachada que ha ido construyendo todos estos años.
Me adelanta y me corta el paso.
—Prométeme que no vas a ir —me pide, como si de verdad estuviera preocupada.
—No puedo —susurro, aunque lo único que quiero hacer es gritar.
Me seco la lágrima que me cae por la mejilla y veo en su mirada que de verdad esto la ha dejado afectada.
—Lo siento muchísimo —dice antes de abrazarme—. Por todo, joder. Lo siento.
La aparto de mí con cuidado, intentando relajarla aunque yo esté a punto de no poder respirar.
—No…, no pasa nada. Hiciste lo que tenías que hacer. Pero no te interpongas. No quiero que te salpique a ti también. Nos vemos, Dawn —digo girándome para dirigirme al parking, donde he dejado el coche.
Ella no responde. Solo asiente. Sabe que voy en serio. Sabe que toda esta fachada ha terminado. Sabe que sus privilegios se acaban y que su carrera va a tomar un giro brusco.
—Te ayudaré si lo necesitas. En cualquier aspecto —le prometo.
—Gracias… —logra susurrar Dawn antes de retirarse las lágrimas que brotan de sus ojos con cuidado de no estropear su maquillaje.
Decido irme antes de que me arrepienta. Veo que se queda fija en el sitio cuando decido echar una última mirada.
Y algo en mí se remueve aún más, por elegirme a mí mismo por primera vez en mi vida.
«No vomites», me digo antes de llegar al coche y ponerme en marcha hacia la boca del lobo, donde todo cambió por completo.
Donde perdí la inocencia.
Donde maté a un chaval a puño limpio.